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Se erosionan los derechos de las mujeres en AL

Por Laura Carlsen

Por todo el continente hay una ofensiva contra los derechos de las mujeres. La letanía de pérdidas o de avances menores de lo que se esperaba anunciadas el Día Internacional de la Mujer solamente comprobó lo que las mujeres de toda América Latina ya sabían.

La mayoría de las legislaciones no reconoce el término “derechos sexuales” y la derecha religiosa ha estado trabajando duro para eliminar también el término “derechos reproductivos”. Un esfuerzo coordinado para rescindir partes del Acuerdo de Cairo -si no en la ley, al menos en la práctica- ha afectado seriamente el ejercicio de derechos que costó mucho ganar.

En muchos países, los legisladores han introducido cambios al código penal para castigar las “lesiones a los no natos.” Estas leyes abren una Caja de Pandora de interpretaciones posibles que entrarían en conflicto directo con los derechos de la mujer ya establecidos.

El aborto sigue siendo ilegal en la mayoría de los países, excepto bajo circunstancias muy específicas. En lugares como la Ciudad de México, donde se han aprobado reformas para permitir abortos bajo una gama más amplia de condiciones, la falta de respuesta del sistema de salud pública deja a las mujeres pobres, en muchas ocasiones, sin esta opción.

Un estudio reciente en México muestra que sólo la mitad de las adolescentes sexualmente activas se protege contra enfermedades de transmisión sexual. El Centro Latinoamericano para la Salud de la Mujer anunció que en toda América Latina sólo una de cada diez adolescentes solteras y sexualmente activas usa anticonceptivos.

El número de pacientes con VIH-sida ha aumentado en forma constante a pesar de que no todos los casos se reportan, y el porcentaje de mujeres va también al alza. Otro resultado es un aumento en los embarazos adolescentes, medio millón el año pasado en México.

Además de suponer un riesgo sanitario más alto tanto para la madre como para el bebé, en la mayoría de los casos las estructuras sociales y económicas necesarias para mantener al niño no existen o son insuficientes. Y el impacto sobre el desarrollo humano de la joven madre puede ser devastador, convirtiendo los sueños en servidumbre.

Los cambios en la economía global también han tenido efectos negativos sobre las mujeres latinoamericanas. Un viaje por el campo mexicano basta para notar su profundo impacto en la vida de las mujeres rurales.

La emigración masculina ha dejado a miles con el doble trabajo de la granja y la familia, al tiempo que el número de hogares encabezados por mujeres, tanto rurales como urbanos, se ha duplicado en apenas una década.

La globalización ha transformado el trabajo de las mujeres y muy seguido para peor. Miles de mujeres y niños trabajan en condiciones subhumanas en los campos de los productos de exportación.

Un estudio reciente sigue los tomates transnacionales conforme pasan de manos de mujeres a manos de mujeres: de las migrantes indígenas que los pizcan, a las mestizas que los empaquetan en la fábrica, a las mujeres inmigrantes que los sirven en restaurantes de comida rápida. Cada sector contrata predominantemente mujeres porque puede pagarles menos y explotarlas más. Las mujeres latinoamericanas y caribeñas ganan apenas 68 centavos contra cada dólar que gana un hombre.

Buena parte del mundo ha escuchado sobre las violaciones y asesinatos de mujeres jóvenes en Ciudad Juárez, pero muy pocos saben que es un doble crimen que se comete en esta ciudad fronteriza mexicana. Siguen apareciendo cuerpos medio enterrados en el polvo del desierto y enterrada con ellos está la verdad de lo que les pasó.

Una larga lista de gobiernos–locales, estatales y federales–ha decidido que la muerte de las chicas de las fábricas es un precio pequeño a pagar por la inversión extranjera en las maquiladoras que mantiene a la economía local. Además, hay evidencia creíble de encubrimientos.

Quizá nunca sepamos qué siniestras y misóginas fuerzas están detrás de los asesinatos, porque la misoginia está también detrás de las agencias de procuración de justicia a cargo de los casos.

Crímenes similares han sido denunciados en Guatemala, donde las estadísticas muestran un marcado aumento en los asesinatos -mil 300 desde 2001- y las organizaciones no gubernamentales estiman que el número real triplica el oficial. Entretanto, la unidad policial especial asignada para investigar los asesinatos de mujeres fue reducida de veintidós a cinco oficiales.

La violencia doméstica se lleva la vida de catorce mujeres mexicanas cada día, pero la ley en ocho estados no considera la violencia doméstica un crimen y doce no penalizan la violación en el matrimonio.

En muchas ocasiones es costumbre considerar cerrado y resuelto un caso de violación, si el violador ofrece casarse con la víctima. Como si esa forma de sujeción para toda la vida no fuera suficiente, de acuerdo con el representante de Naciones Unidas para la violencia contra las mujeres, mil dólares bastan para comprar una niña en la frontera sureña de Chiapas.

Bajo la segunda administración Bush, las organizaciones que luchan por los derechos de las mujeres por todo el mundo pueden esperar un adversario todavía más convencido.

Durante la conferencia de “Beijing +10”, la delegación del gobierno estadounidense se opuso al uso del término “derechos sexuales”, protestó contra cualquier referencia al “derecho al aborto” y pidió una enmienda que afirmara que el acuerdo no crea “ningún nuevo derecho humano internacional.” El gobierno de Bush ya recortó financiamiento internacional de salud a los servicios que incluyan abortos.

En demasiadas ocasiones, las organizaciones de mujeres combaten contra una marea reaccionaria, mientras las fuerzas progresivas se comprometen con sus demandas sólo de palabra. Apoyar los derechos de las mujeres no es una cuestión de corrección política o de expresar solidaridad. Es parte integral de cualquier definición de justicia y desarrollo.

Tristemente, las tendencias arriba mencionadas van al alza, no a la baja. Los intentos para echar para atrás los derechos sexuales y reproductivos, la degradación del trabajo de las mujeres y la creciente violencia contra ellas son característica del siglo XXI. Muchas de nosotras esperábamos que para ahora habría un futuro mejor para nuestras hijas, pero hoy tan sólo revertir estas tendencias requerirá de todo nuestro esfuerzo y también del de ellas.

Laura Carlsen dirige el Programa de las Américas del Centro de Relaciones Internacionales (IRC, en línea en www.irc-online.org)

2005/LC/SJ

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