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Sedena, responsable de la explosión que dejó más viudas: Vera

Por Soledad Jarquín Edgar/enviada

Domitila Maltos y Dolores Ibarra no se conocen, pero están unidas por la misma tragedia, la explosión de 25 toneladas de nitrato de amonio (anfo regulado) que se transportaba la tarde noche del pasado domingo por la carretera 30, kilómetro 35, en el tramo entre Cuatrociénegas y Monclova, frente a Celedonia y otros ejidos.

Un choque entre una camioneta y el trailer con la sustancia química empezó la tragedia que dejó más viudas en Coahuila, dos mujeres muertas entre otros 29 muertos ?según la cuenta oficial-, pero también dejó muchas otras mujeres mutiladas, como Ernestina Farias.

Domitila y Dolores quizá no se encuentren nunca, pero ambas perdieron a sus esposos a la misma hora, en el mismo lugar, ahí donde a media semana, camineros habían concluido la tarea de cerrar “la herida” que la explosión le había dejado a la vieja carretera, un hoyanco de cuatro metros de profundidad y más de metros de anchura y otros tantos de largo.

De la casa de Tina Farias, nada quedó. Sus amigas recuerdan que esa casa “era como un oasis en el desierto de la zona centro de Coahuila”, Tina y su esposo, quien también murió aplastado por su propia casa, habían escogido ese lugar para “vivir tranquilamente”, lejos de la ciudad.

Ernestina ahora perdió a su esposo, su casa y también uno de sus brazos. Ella fue trasladada a una clínica para su atención fuera de Coahuila, informó el propio gobernador Humberto Moreira.

Las historias son muchas y muy diversas. Dolores está desconsolada. En la escuela Telesecundaria del ejido Las Flores, a unos cien metros de la tragedia, el gobierno instaló una agencia del Ministerio Público entre vidrios rotos y ventanas retorcidas. Ahí está Dolores, sentada, parece que las fuerzas se le han ido.

Un funcionario le entrega una televisión. Ella llora. Aquella noche de domingo quedó viuda, el techo de su casa se vino abajo, salió corriendo con su familia y se refugió en el Huizache, un poco más lejos. Cuando volvió ?al día siguiente- descubrió que le habían robado sus cosas: una televisión, la lavadora, unas joyas, dinero, ropa y un celular. Se indigna y se duele.

Juan Antonio Acosta Hernández, tractorista de 47 años era su esposo. Su casa está a unos 200 metros de lugar donde ocurrió el accidente. Por eso Juan salió a ayudar pero no volvió a saber de él sino hasta el lunes, cuando finalmente le dijeron que había muerto. Ya no lo vio, le entregaron la caja sellada pero supo que tenía una cortada en el cuello.

La mujer apenas se mueve, seca sus lágrimas con un pedazo de papel que como ella parece estar agotado. Como sea -sostiene que va a salir adelante-, tiene que hacer frente a su hogar y acabar de sacar adelante a sus hijos de 22, 19 y la niña que apenas va a cumplir 15.

Como sea, repite, quizá me repongan todo, mi casa, los muebles, eso dice la gente del profesor (Humberto Moreira) pero lo que yo quisiera es tener a Juan Antonio, nunca me hubiera imaginado que pasaría algo así, nunca.

LA ÚLTIMA NOTA

David Herrera, abogado de profesión y reportero de la sección policíaca desde hace más de 20 años, le había dicho a Domitila Maltos Villastrigo que era la madre apropiada para sus hijos, que si faltaba un día, estaría tranquilo. La noche del domingo pasado Domi entendió el mensaje. David no volvería, cubriendo la nota había muerto tras la explosión.

En su casa, aún en obra negra, de la colonia 21 de Marzo, Domi tiene una nueva encomienda en la vida, sacar adelante a Diana Carolina de cinco años y Antonio de 12, el encargo que una y otra vez le había hecho David, el fotógrafo del periódico Zócalo, quien inexplicablemente “parece que sabía lo que iba a pasar un día”.

Se me fue mi respaldo, mi apoyo, explica Domi, quien siente vulnerada su seguridad personal, la cual quiere recobrar pronto para salir adelante, dar la batalla, mientras la resignación le quita el dolor que ahora siente.

La esposa del periodista no quiere encontrar explicaciones a lo que ha sucedido en la carretera 30 y por qué David se arriesgó, si él mismo había dicho a sus compañeros más jóvenes que valoraran las cosas, que una nota estaba un día o dos en el periódico, no así la vida. Él sabía medir el peligro, no sé que le pasó.

Horas antes de la entrevista, la pequeña Carolina le había dicho a Domi que la familia no está completa, que ya no están todos. Domi le respondió “que su papi estaría siempre con ella en el corazón”, pero la niña lo quiere ver físicamente, “era su adoración”.

Domi parece cerrar el capítulo. Frente a ella tiene otros retos. Primero anhela que el futuro de su hija y su hijo sean seguros, que no sufran por la falta de su padre, que pueda responder a sus necesidades, que no se den cuenta, ahora, que le duele el alma. Pero la vida sigue, sostiene, no puedo permitir que mi vida se detenga.

LOS REPONSABLES TIENEN NOMBRE

En el Santuario de Guadalupe, el obispo Raúl Vera alza la voz en conferencia de prensa. Se muestra indignado ante la recurrencia de tragedias en Coahuila, es inaudito, afirma y acusa a la Secretaría de la Defensa Nacional como la principal responsable de esto.

Demanda a Felipe Calderón “ordene al Ejército realizar las actividades que le son propias, pues además de haber visto a algunos de sus elementos cometiendo atropellos como el de Castaños y el secuestro de periodistas en Monclova ? nos encontramos frente a una tragedia, porque la Sedena, ocupada en otros asuntos, no lleva los debidos controles para garantizar la seguridad a los habitantes de esta región en el manejo del material explosivo, asunto que le compete”, como establece el Artículo 72 de la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos.

El obispo Vera exigió a ORICA, la propietaria de los explosivos que una empresa fletera llevaba, muestre los permisos para transportar material químico en grandes cantidades, capaces de ocasionar la muerte de 28 personas, generar varias decenas de cuerpos mutilados y la destrucción del patrimonio de muchas familias, como sucedió el pasado domingo frente a Celemania, comunidad del municipio de Nadadores.

Recorrer las camas del Hospital número Siete del IMSS deja en la memoria cuerpos mutilados de piernas y brazos, “hechos hilachos, jirones”, como Efraín que perdió el brazo izquierdo, un caminero originario de Torreón y quien estaba ese domingo en los trabajos de ampliación de la carretera federal número 30. Intenta apagar el trailer con el agua de las pipas cuando sucedió la explosión, no volvió a saber nada sino hasta el martes en la mañana cuando despertó.

En la cama 242, José Abel Salas Alonso, apenas gime. Tiene el rostro y el cuerpo con varias decenas de cortadas que se notan a simple vista y otras lesiones internas. Pero la que más le duele es que no volverá a ver a Noemí, su hija de un año dos meses de edad, mientras su esposa Olivia Ricardez está recuperándose en otro hospital.

Iban de paso a Saltillo, habían visitado a su familia en Celemania pero no lograron pasar, se pararon en la fila de carros y bajaron para ver que pasaba. Nadie les dijo que el trailer que había chocado contra una camioneta tenía explosivos.

NO HABÍA ADVERTENCIA

La versión la confirman todos. El trailer no tenía señalamiento alguno de lo que transportaba, como tendría que ser, “iba sin carros guía”, dicen otras personas que se muestran enojados porque en México los explosivos se transportan como si fueran telas o refrescos.

Luis Ángel Zapata es taxista, pero en sus ratos libres se convierte en socorrista de las Águilas Doradas, donde empezó siendo chamaco. Desde la 238 del mismo hospital afirma que ORIKA cometió un error, las autoridades lo permitieron y ahora seguramente querrán reponerlo todo con dinero.

Tiene rabia en sus palabras. Acusa a la empresa y las autoridades que dejaron pasar ese camión sin ninguna advertencia. “Cuando llegamos auxiliamos a los heridos del choque, el comandante José Viñas ?que ahora está grave en un hospital de Monterrey- me dijo que el rombo decía que el camión estaba vacío, entonces al mismos tiempo los dos nos preguntamos ¿Qué traería este camión?”.

Entonces le pidieron a la gente que se retirara, ahí no había elementos de seguridad haciendo su trabajo. “Pero la gente no hacía mucho caso y no puedes ponerte a discutir con ellos”. Todavía platicó del asunto con los reporteros David Herrera y Carlos Ballesteros, quienes minutos después murieron, junto con Andrés Ramírez.

Sin anteojos y con el hombro fracturado, Luis Ángel se levantó de entre la tierra y escuchó toda clase de lamentos, vivió el horror. Recordó su deber de ayudar y nuevamente “El Taison”, como lo apodan por su pasado como boxeador amateur, sacó del lugar a otros tres heridos, hasta que sus compañeros lo subieron a otra ambulancia.

En Celemania hay una calma densa. La gente se preocupa porque les paguen los daños a sus casas y sus “muebles”, pero parece que eso irá lento, señala Erika Pérez Soto, quien esa noche “salió corriendo entre las brechas” con su esposo e hijo, pese a que su camioneta llevaba los cristales estrellados y el techo aplastado. No sabe quién ni cuándo les repondrá su patrimonio.

CONTAMINACIÓN Y LENTITUD

Lo único que han recibido son vacunas, comida y la advertencia que nada de los frutos de sus huertos y hortalizas se podrán consumir porque podrían estar contaminadas con amonio, “menos mal que no es material radioactivo”, señala Velia Rodríguez, que está preocupada porque más de diez integrantes resultaron lesionados y perdieron a la pequeña Noemí.

Su esposo, dos hermanos y cuñados están sordos. Los oídos se les reventaron y tienen quemaduras y sus casas muestran daños, al igual que sus vehículos. Sólo les resta tener paciencia. Ellos estaban buscando a unos niños que decían venían en la camioneta accidentada cuando tronó el trailer.

Adriana Lizet Torres es una de las sobrevivientes de la explosión. Piensa que no tiene nada, pero en realidad no se ha hecho revisar porque está ocupada cuidando a Efraín Ibarra, su esposo a quién un tubo le atravesó el intestino.

Adriana recuerda que esa noche después de la explosión regresó a buscar a Efraín entre los heridos, “vi mucha gente destripada, sin brazos, era mucha gente”, luego recuerda a una mujer que tenía el vientre abierto y que gritaba porque decía que estaba embarazada.

Cuando encontró a Efraín traía puesto solo la pretina del short y las bolsas, dentro de ella estaba su teléfono celular intacto, desde ahí él llamó a las 20:45, todavía muestra la llamada que quedó registrada, así fue como se encontraron entre los cuerpos, la tierra y el denso humo.

La vida para más de 500 personas afectadas directa o indirectamente cambió el domingo pasado. Los que se quedaron aquí “es que tienen muchas planas por hacer todavía”, señala Lucy López maestra de profesión, quien busca dar consuelo a los accidentados. En Celemania están con los nervios de punta, todavía no salen del asombro.

En Monclova, Frontera y otros municipios conurbados de la zona centro de Coahuila hay preocupación, ORICA instala en el bulevar Salinas de Gortari varios silos para almacenar explosivos, a poca distancia de Takata ?otra empresa que explotó en marzo de 2006.

Nadie sabe quién ni cómo se ha autorizado esta barbaridad, “ahora sí vamos a volar todos, nada va a quedar”, dice la gente entre la preocupación y la ironía, pues no alcanzan a comprender por qué las autoridades permiten que pasen tantas tragedias en Coahuila.

07/SJ/GG

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