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Septiembre 12 de 2004

Por Cecilia Lavalle

Tres años no es poco tiempo; tampoco mucho, pero acaso es el suficiente para mirar bien alrededor. Las lágrimas ya no obnubilan, el dolor ya no es tan sordo, las heridas empiezan a cicatrizar. Han pasado tres años desde el ataque terrorista en Estados Unidos perpetrado el 11 de septiembre. ¿Y?

Y que yo tengo unas cuantas preguntas porque no entiendo. En Estados Unidos ¿sienten menos miedo?, ¿perciben que hay menos peligro?, ¿se sienten más seguros?, ¿hay menos posibilidades de ser víctimas del terrorismo? Porque cabría esperar que tras las medidas tomadas por sus autoridades, a tres años de distancia hubiera alguna ganancia para ese pueblo.

Visto con los ojos de una mujer de clase media de un país subdesarrollado, no me parece que existan ganancias; todo lo que sumo son pérdidas. Más de tres mil muertos por los ataques del 11 de septiembre, provocaron la invasión a Afganistán, un país que no tuvo ninguna participación directa en los ataques.

Decenas de miles de hombres y mujeres y jóvenes y niños y niñas pagaron, con sus vidas, el pecado de vivir en el mismo país que el supuesto autor intelectual de los ataques: Osama Bin Laden, que, dicho sea de paso, en otros tiempos fuera consentido de la CIA y cuya familia, dicen algunos, aún mantiene importantes nexos comerciales con la familia Bush.

Luego, y dado que Osama no dejó apartado postal para ir a bombardearlo, encontraron a un villano con domicilio conocido al que acusaron de ser el amo del terrorismo, de tener un arsenal de armas de destrucción masiva y de querer acabar con la humanidad. Con el papel del defensor de la libertad y la justicia -que se autoconfirió, y que nadie le ratificó, salvo algunos gobernantes que han tenido tiempo de lamentarlo- Estados Unidos se lanzó a invadir Irak. ¿Y?

Y decenas (¿centenas?) de miles de hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas están pagando con sus vidas el pecado de ser iraquíes. Y miles de jóvenes norteamericanos regresan en ataúdes. Y las bases de la economía iraquí tardarán décadas en levantarse. Y las mujeres están en peores condiciones que cuando vivía el dictador Hussein, porque están a merced de los invasores, de las guerrillas, del caos. Y ante los ojos del mundo los norteamericanos pasaron de ser víctimas a ser victimarios. Y a nadie se le olvida que, tal como medio mundo les dijo, nunca hubo tal arsenal de armas de destrucción masiva. Y a nadie se le olvidarán las escenas de tortura infligidas por norteamericanos en una prisión iraquí. Y a nadie se le olvida que hay más testimonios de abusos y tortura en esas y otras prisiones. Y la guerra no tiene para cuando terminar. Y…

¿Algo ha ganado con todo esto el pueblo norteamericano? ¿Ha valido en algo tanta pena, tanta muerte, tanta destrucción? ¿Se ha satisfecho, al menos, un deseo de venganza?

Tres años; es decir, 36 meses, 1,095 días, 26,280 horas, 1’ 576, 800 minutos, 94’ 608, 000 segundos han transcurrido desde aquel día en que dos aviones se estrellaran en el corazón de Estados Unidos y cambiaran la historia de medio mundo. ¿Qué se ha ganado? Y me refiero al pueblo, porque me queda claro que los empresarios de la guerra sí que han ganado. Según un artículo firmado por Juan Gelman, escritor argentino, el gasto militar de Estados Unidos para el año fiscal 2004-2005 ascenderá a 500 mil millones de dólares, es decir, 1,360 millones diarios, 56.6 millones por hora, más de 940 mil dólares por minuto y casi 16 mil dólares por segundo (Altercom, agosto 31 de 2004). Sin duda la guerra es un negociazo. ¿Y?

Y no sé si al capitalista pueblo de Norteamérica le baste saber que es un buen negocio. Y no sé si eso ha repercutido en mejores niveles de vida o en más empleo o en mejor economía. Y no sé si eso sirva para paliar el dolor de la familia de algún soldado. Y no sé si eso los haga sentirse más seguros, con menos miedo. Y no sé si eso sirva para evitar algún día más terror en su patria.

Y, en el resto del mundo ¿sienten menos miedo?, ¿perciben que hay menos peligro?, ¿hay menos posibilidades de ser víctimas del terrorismo? Preguntémosle al pueblo español, por ejemplo. Pero también al francés, al italiano, al inglés. Preguntémosle a los pueblos árabes. Preguntémosle a medio mundo, o al mundo entero.

¿Servirá, entonces, de algo armarse más? ¿Cuál fue la utilidad de la llamada guerra preventiva? ¿Tenemos hoy un mejor mundo que antes de invadir Afganistán o atacar Irak? ¿Es un mejor país Estados Unidos después de tres años? ¿Algo ha mejorado en medio de tanta tragedia?

¿Qué busca un terrorista? Infundir terror ¿no? Me parece que a tres años de distancia, los terroristas que perpetraron el ataque pueden estar muy agradecidos con la colaboración, involuntaria pero igualmente efectiva, de George Bush. ¿Y?

Y yo, insisto, no veo ganancias, sólo pérdidas. Y es probable que Mr. Bush sea reelecto. Y entonces seguiremos contando muertos, muertas, heridos, heridas, huérfanos, huérfanas, viudas…

Apreciaría sus comentarios: [email protected]

*Articulista y periodista de Quintana Roo.

2004/CL/LR

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