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Shanti

Por Juana Eugenia Olvera

Regresaba de la fuente con su cántaro al hombro cuando un espasmo la hizo recargarse en el marco de la puerta. Gritó y la madre del esposo vino en su ayuda y la acomodó en la esterilla donde estaba todo listo para recibir al primogénito de su hijo.
 
Shanti respiró profundo. Su mirada era vaga, tal vez porque imaginaba a su hijo. Sería varón, ya lo habían acordado en largas pláticas. Aún en su vientre, ella le explicó cuáles serían las responsabilidades con sus viejos padres y el respeto hacia los ancianos en general. Era una tradición que venía de los primeros Rishis.
 
Su madre llegó con la comadrona justo cuando otro espasmo la hizo arquear la espalda. Pronto estuvo rodeada por las ancianas del pueblo, quienes se turnaban para ayudarla. No supo en qué momento cambiaron su sari.
 
Su atención aparentaba estar en un punto lejano donde ella dialogaba y reía. Un grito agudo acompañado de un chillido fue el aviso de la llegada de quien tanto esperaban.
 
Shanti cerró los ojos. En su imaginación lo veía, diminuto, luchando por abrirse paso para llegar a ella, abrazarla y envolverse ambos en una corriente mágica de luz dorada, una fuente cuyos cauces fluían a todas partes. Reían. Acunaba y besaba el pequeño rostro moreno. Vio a su esposo sonriente, contemplándolos. “Es un niño”, creyó escuchar.
 
Las mujeres cuchicheaban. La tristeza resbaló de un semblante a otro y en algunos tomó forma de agua. Fue la madre de Shanti quien casi en secreto dijo: “Tendremos que decirle la verdad, ella conoce su deber.”
 
En su oído se desgranaron, despacio, las palabras que la sacudieron de manera más violenta que cualquier espasmo anterior. Intentó ver el diminuto envoltorio que lloraba junto a ella, pero no lo hizo.
 
Se preguntaba por qué los dioses le habían fallado. Ella necesitaba que su primer hijo fuera varón, no una niña. A ésta tendría que eliminarla, era su deber. Se propuso dejarla llorar hasta que muriera de cansancio. La hoguera la aterraba.
 
Recordó lo que le predijera el augur: “Este hijo te hará crecer en responsabilidad y orgullo”. El lamento de la recién nacida le impedía unir sus ideas y encontrar el error. Cerró su corazón, unas pulsaciones le revolvían el estómago inquietándola más. Estaba sola, en la oscuridad. Su marido no entró a verla y esa criatura seguía llorando.
 
En el amanecer, el ruido provocado por la muchedumbre la hizo volver a la realidad. Pronto el olor del humo llegó hasta ella y la hizo recordar su carga. El exiguo envoltorio apenas gimoteaba.
 
Se levantó y lo tomó entre sus brazos volteando la cabeza para no verlo; dio un traspié y por no soltar su carga la oprimió contra su pecho, el instinto de la niña la hizo encontrar un pezón y aferrarse a él.
 
La sensación desconocida subió desde el plexo al centro del pecho, formando como una lazada en lo bajo del cuello. Sus manos temblaban y en esa inseguridad oprimió el cuerpecillo y buscó el fino rostro. No pudo verlo, un manantial le nubló la vista, elevó su carga y, olvidando el deber, la besó en la frente.
 
Abrió la puerta, recorrió la escena con la altivez de su maternidad recién comprendida, con el cuerpecito apretado a su pecho, caminó hacia la hoguera y se lanzó en ella.
 
Un estruendo estremeció el lugar. Algunos dijeron que la obscuridad cubrió el cielo y otros que una explosión de luz los cegó. Las ancianas cuentan que un ave gigantesca se elevó hacia el infinito llevando en su lomo la figura radiante de una madre con su hija.
 
*Narradora oral, astróloga y terapeuta.
 
12/JEO/RMB

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