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Sin hogar y sin empleo: el sueño americano en Dallas

Por Marcela Toledo

Luego de cruzar dos ríos y viajar un mes en trenes para llegar a este país, el guatemalteco de 61 años, de baja estatura, espera sentado en una sala del albergue de la calle Cádiz una oportunidad para trabajar.

En el sitio hay pocas sillas. Una de ellas la ocupa ese hombre de cara rechoncha, iluminada con una amplia sonrisa que con un español claro, preciso, dice que está a la espera de un trabajo.

A eso vino a Estados Unidos, “para darle de comer” a su familia. Y ahora está junto a afroamericanos y anglosajones desde hace una semana, cuando lo llevó al lugar “una señora gringa” que lo recogió en una carretera cercana.

Se trata del refugio para indigentes en la calle Cádiz de Dallas. A unos metros del guatemalteco está una anglosajona gorda de 33 años, Jennifer Sims, quien dice tener dos meses de embarazo, y que hace unos seis tuvo un aborto involuntario “porque no tenía dónde dormir, ni nadie” que la ayudara.

“Vivo en las calles y ahora nadie nos ayuda por culpa de Laura Miller (la alcaldesa de Dallas) quien ha puesto muchos pretextos a las iglesias que nos daban de comer”, se queja.

Y agrega: “No se cuál sea el problema de Miller con los desamparados. Es cierto que muchos tienen problemas de alcoholismo o drogas, pero deberá a ayudarnos en vez de echarnos de aquí”.

Phillip Bingmon, 51, coincide en que “es triste que no podamos dormir aquí­, todavía no entendemos el porqué. No tenemos a dónde ir. Antes dormíamos a un lado del edificio municipal, pero desde hace dos meses ya no nos dejan quedar ahí­. No sé la razón”.

Y es que el lugar indicado tiene techo y ahí se refugiaban los “sin hogar” cuando llovía.

Ahora acuden a este albergue de la calle Cádiz, donde cada uno de los indigentes tiene su propia historia.

La del guatemalteco es una de tantas. La diferencia frente a otros miles de indocumentados que llegan a este país es que ya pertenece a la tercera edad. Está solo.

Sin embargo, cuando habla de su penoso viaje desde Guatemala hacia los Estados Unidos desde México, en su rostro se vislumbra la esperanza y la dignidad de la casta trabajadora. Cuenta que cruzó el Río Suchiate de Chiapas y luego el Bravo sin pagar coyote.

. Y aunque llegó sin pertenencias, se ha hecho de alguna ropa regalada.

Aún más. Atada a un grueso hilo blanco trae una pequeña llave marcada con plumón negro ya semi borrado, con la que abre el relumbrante bote número 52, uno de la centena que el gobierno municipal coloca el miércoles por la noche en el estacionamiento del albergue de la calle Cádiz, para que los desamparados guarden sus pertenencias.

En él tiene una bolsa para dormir y una cobija, obsequiadas por el ayuntamiento esa misma noche del miércoles, cuando ese gobierno había ofrecido que los indigentes podrán estar las 24 horas los siete días de la semana.

Pero no fue así. Casi 200 desamparados durmieron en el estacionamiento del lugar. Uno de ellos fue el guatemalteco.

Decenas no alcanzaron botes para poner sus pertenencias y las dejaron en la calle. Pero fueron recogidas por quienes barren en calidad de basura.

Así muchos “sin hogar” perdieron lo poco que tenían. Ahora esperan que el gobierno les proporcione un techo dónde pasar la noche ya que el estacionamiento donde duermen está a cielo abierto.

Y allí sigue, entre africoamericanos y anglosajones, recibiendo comida de caridad y apoyo del ayuntamiento, el guatemalteco que espera una oportunidad de trabajo.

* Integrante de la Red Trinacional de Periodistas México, Estados Unidos y Canadá

2004/MT/MR

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