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Sin médicos ni medicinas mueren miles de mujeres cada año

Por María Elena López Segura

“Si tienes suerte pisas una mina y todo acaba rápido. Pero las minas terrestres no matan siempre, tampoco hay muerte segura cuando quedas atrapada entre dos fuegos. Entonces mueres lentamente, sin ayuda, sin medicinas, sin nada que alivie tu dolor, muchas mueren de parto, otras de SIDA, otras se vuelven locas”.

Este testimonio, recogido por Elizabeth Rehn y Ellen Johnson en el libro Mujeres, Guerra, Paz en un campo de refugiados de Liberia, es sólo un ejemplo de las consecuencias que los conflictos armados traen a la población femenina del mundo.

Editado por el Fondo de Naciones Unidas para el Desarrollo de las Mujeres (UNIFEM en inglés) y basado en una investigación realizada en 14 zonas de conflicto del mundo, el libro desnuda una realidad que se ha vuelto invisible para la mayoría de la humanidad: el dolor inimaginable que sufren millones de mujeres atrapadas por la guerra, quienes ven en la muerte la única liberación.

Afectadas por infecciones de todo tipo, entre ellas vaginales, SIDA, diarrea, quemaduras y heridas que se gangrenan, muchas ya no saben dónde están ni porqué, perdieron la memoria, miles de ellas mueren al dar a luz tras quedar embarazadas luego de ser violadas, padecen hambre, falta de servicios sanitarios, médicos o medicinas.

LAS CIFRAS

El número exacto de muertos y heridos durante las guerras es difícil de calcular debido al caos, el desplazamiento de la población y la negativa de los gobiernos y grupos rebeldes a dar información o acceso a las zonas afectadas. Sólo se pueden hacer aproximaciones, admiten las autoras.

Se estima que sólo en el año 2000 unas 310 mil personas murieron durante conflictos armados a nivel mundial. Más de la mitad de esas muertes ocurrieron en Africa subsahariana. Sin embargo, por cada muerte directa hay nueve indirectas, lo que nos da un aproximado de 2.8 millones de decesos por causas vinculadas a conflictos armados, agregan.

Ese mismo año, unas 25 mil mujeres murieron en el mundo por razones ligadas a la guerra. La mayoría de ellas tenían entre 15 y 29 años de edad.

Sólo en la República Democrática del Congo, entre agosto de 1998 y abril de 2001, el 40 por ciento de los 2.5 millones de personas que murieron por la guerra que afecta a ese país africano eran mujeres y niños.

De la cifra total, 350 mil corresponden a decesos durante enfrentamientos, el resto murió de desnutrición y enfermedades vinculadas a la violencia. Todas ellas curables.

TODOS HUYERON, SOLO QUEDO UNA ENFERMERA

Las guerras civiles suelen causar daños severos a la infraestructura sanitaria de los países ya que tanto los hospitales como el personal médico se convierten en objetivos. En Bosnia Herzegovina, en la década pasada, el 40 por ciento de los médicos, 60 por ciento de los dentistas y 30 por ciento de las enfermeras abandonaron el país durante la guerra y no regresaron.

En países como El Salvador y Nicaragua, docenas de ellos fueron secuestrados o asesinados en las guerras civiles ocurridas en las décadas de 1970 y 80. Lo mismo sucede en los territorios ocupados palestinos, donde los médicos y ambulancias deben detenerse en puestos militares de revisión de las fuerzas israelíes.

Habla Lina, una enfermera liberiana de 50 años. “Llegamos hace dos semanas, apenas hemos conseguido algo de agua y comida. Hay cientos de mujeres, niños y hombres, exhaustos y sin fuerzas para seguir. Tiemblan con el ruido de los morteros y temen que el campo sea atacado en cualquier momento. Hay muchas embarazadas y nadie que las ayude. Si hay problemas simplemente las vemos morir porque no hay medicinas ni transporte. No sé cómo ayudarlos”.

Campo de Refugiados de Liberia. “En una esquina del campo, rodeada de suciedad, una joven madre de dos gemelos recién nacidos permanece sentada en el suelo. Tiene unos 17 años. Uno del los bebés reposa en sus piernas y el otro está pegado a su seno izquierdo. Su seno derecho está hinchado y semeja un balón de basketball. Ella grita al sólo tocarlo. Tiene una infección pero no hay antibióticos ni dinero para ir a buscarlos a la ciudad”.

VICTIMAS DE LAS SANCIONES ECONOMICAS

Pero en la guerra no siempre se mata con armas. Las sanciones económicas que impone la comunidad internacional para acorralar a gobiernos “hostiles”, suelen matar a miles de inocentes. Así ha ocurrido en Irak desde 1991. La infraestructura de Salud del país árabe fue gravemente dañada por los bombardeos de Estados Unidos y sus aliados.

Aunado a ello, las sanciones económicas han afectado la distribución de comida y medicinas, en particular las necesarias para atender a las mujeres. Lo mismo ha ocurrido en Serbia, donde durante el embargo internacional, a mediados de la década anterior, la mortalidad femenina aumentó de 25 a 44 por ciento.

En países como Afganistán, Bosnia, Camboya y Mozambique, las mujeres que son heridas por minas terrestres tienen menos acceso que los hombres y niños tanto a la rehabilitación como a la colocación de prótesis. En Sierra Leona cientos de mujeres sufren la amputación de extremidades a causa de las minas, quedando inhabilitadas para trabajar en la casa o el campo.

¿SALUD REPRODUCTIVA?

En 2001, alrededor de 42 mil mujeres murieron al dar a luz en la República Democrática del Congo. Una de cada 50 mujeres muere en Angola durante el alumbramiento. Afganistán tiene el índice de mortalidad materna más alto del mundo, luego de casi 30 años de guerra civil.

Las refugiadas y desplazadas carecen de acceso a métodos anticonceptivos, por lo que suelen quedar embarazadas, contraen enfermedades de transmisión sexual, y tampoco tienen forma de obtener productos sanitarios para la menstruación, lo que llega a poner en riesgo su sobrevivencia, ya que la hemorragia menstrual las obliga a no moverse, no pueden alquilar sus cuerpos para obtener comida para ellas y sus familias.

LOS EFECTOS SICOLÓGICOS

Sahir, mujer de Somalia: “Ví cómo mataban a mi padre y mis hermanos. Después me violaron varios soldados. Uno de ellos me introdujo el cañón de su pistola en la vagina, me lastimaron tanto que nunca podré tener hijos. Quisiera haber muerto”.

Aunque hay pocas investigaciones sobre los efectos sicológicos de la guerra en las mujeres, un reciente estudio citado por Rehn y Jonson indica que la población femenina es más susceptible de desarrollar desórdenes de conducta a largo plazo luego de un trauma como vivir una guerra.

Pero las mujeres son afectadas también por la violencia familiar que se produce al terminar el conflicto armado. Cuando sus esposos, hijos o hermanos logran salir con vida del campo de batalla, sus experiencias los convierten en seres violentos y suelen descargar su ira en las mujeres de su casa.

Las autoras concluyen que, aunque la atención a la salud reproductiva en situaciones de emergencia ha aumentado dramáticamente en los cinco años pasados, esta práctica aún no se ha institucionalizado como parte de las labores humanitarias en parte porque aún no hay suficiente atención a los problemas de género y por dificultades económicas. Lo mismo ocurre con el apoyo psicológico.

MEL

       
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