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Telenovelas en Cuba

Por Dixie Edith

Ana pugna por dirigir una compañía de bomberos. Blanca, heredera de la paradigmática Teresa del cine cubano, se fue a trabajar fuera de casa ignorando las airadas protestas del esposo, son apenas dos subtramas de todo un abanico de situaciones que pasa en las noches alternas del canal televisivo Cubavisión, en el espacio estelar dedicado a las telenovelas.

La serie está lejos aún de ser la producción ideal a que aspiran los especialistas del audiovisual, pero un hecho salta a la vista: las problemáticas en las telenovelas cubanas han cambiado, en la misma medida en que se ha transformado, durante el último medio siglo, la vida de las mujeres de esta isla.

Desde la antológica El derecho de nacer, de Félix B. Cañet ha llovido mucho. El amor prohibido entre el señorito y la sirvienta, el llanto por la virginidad perdida o el desamparo de una mujer abandonada pierden sustancia en un contexto en que las damas han conquistado papeles protagónicos en el escenario social.

Ya existían antecedentes: durante las décadas de los años 70 y 80 del siglo pasado, realizadoras como Maité Vera y Xiomara Blanco habían tratado de llevar conflictos de género a la pequeña pantalla.

Bajo todas las tramas subyace una más general, más abarcadora. Para miradas escudriñadoras, la telenovela está contando cómo se construyen el machismo y la subordinación femenina en la sociedad, desde los espacios escolares, hogareños o de diversión.

Sobre todo en el caso de las novelas de Vera, dos elementos, entre otros, se conjugaron para minimizar su impacto: un excesivo didactismo en muchos de los guiones y el planteamiento recurrente de situaciones para las que aún la sociedad cubana de entonces no estaba preparada, como las parejas interraciales.

Hoy, otros conflictos aquejan a las mujeres de Historias de fuego, actual novela en pantalla, y siguiendo sus tramas puede el público asomarse a disyuntivas que son aún asignaturas pendientes en las relaciones de género en Cuba, fruto de la diversidad de machismos hegemónicos bien visibles en el entramado social.

Ana, una joven teniente de bomberos, batalla por un puesto de jefe de compañía en un mundo tradicionalmente de hombres. Descalificada por su jefe, un monolítico “macho” con todas las de la ley, es a la par madre en solitario, pues decidió separarse de un esposo abusador del que aún recibe amenazas y presiones.

Con más años a cuestas, Blanca, una mujer madura que decide volver al trabajo tras haberse jubilado, es exponente de lo que especialistas han bautizado como “la mujer invisible”.

En represalia por su decisión, el esposo –el mismo jefe de la teniente Ana– protagoniza episodios que pueden inscribirse en la mejor definición de violencia silenciosa: abandono de la habitación común y negación a conversar. Finalmente, se muda a casa de un amigo con la certeza de “qué ella no tiene ninguna necesidad de abandonar su casa y su familia a estas alturas”.

Bajo todas las tramas subyace una más general, más abarcadora. Para miradas escudriñadoras, la telenovela está contando cómo se construyen el machismo y la subordinación femenina en la sociedad, desde los espacios escolares, hogareños o de diversión. ¿Cuál, si no, es el carácter de las relaciones entre los jóvenes bomberos, donde no es admisible el temor, la vacilación y las conversaciones, recurrentemente, terminan en “las curvas” de las muchachas?

¿Por qué no hay mujeres totalmente exitosas en la novela?

En el espacio del hospital, los viajes al extranjero –símbolo de éxito– y hasta los celos profesionales, se dirimen entre hombres. La única médica que muestran las cámaras no es una mujer feliz, pues está sentimentalmente subordinada a un hombre “problemático”.

Otras mujeres de la serie, en cambio, andan buscando la solución de sus vidas de la mano de hombres solventes, que las “aseguren” económicamente, descuidando, incluso, la educación de sus hijas e hijos.

Los conflictos están planteados. Su efecto sobre el público dependerá de la manera en que sean resueltos cuando la telenovela toque a su fin. Si la solución es creíble, la televisión ganará un punto a favor; si no, los medios audiovisuales habrán perdido, una vez más, su espacio de influencias.

MEDIOS A DEBATE

Un recorrido por los canales cubanos de estos tiempos podría adelantar una respuesta optimista para la anterior disyuntiva. Muchas señales indican que la televisión, en la isla, anda buscando parecerse algo más a la vida cotidiana.

Mientras las noches dejan atrás las llamadas “novelas de época”, un spot de dibujos animados sitúa el tema de la tolerancia a la diversidad sexual en la pantalla chica y otros programas como las revistas juveniles Conexión y Quédate conmigo; o Diálogo Abierto y El círculo de la confianza, ponen sobre el tapete la violencia, los tabúes frente a la homosexualidad, el consumo de drogas o las incomprensiones domésticas.

Se trata, al parecer, de un intento por dar respuesta a una queja creciente de la población, confesada a la prensa local por representantes de la División de Programas Dramatizados de la televisión estatal: hace falta un mayor tratamiento de asuntos contemporáneos.

La cara oculta de la luna, transmitida en 2006 y popularmente llamada “la novela del sida”, marcó un punto de viraje en este sentido.

Hiló cinco historias diferentes de personas seropositivas al virus de inmunodeficiencia humana (VIH, causante del sida) y fue desencadenante de este debate, aún activo, sobre la validez de llevar problemáticas sociales “duras” a la pantalla.

La cara oculta… logró, incluso, un anhelo no siempre alcanzado por los medios de comunicación. Según hicieron constar investigaciones posteriores, tras su puesta, unas 22 mil personas más que lo habitual acudieron espontáneamente a realizarse las pruebas del VIH en la isla.

08/DE/CV

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