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Testimonio de una niña jornalera

Por María de la Luz González

Demetria Santiago tiene 14 años, y quiere ser médica. En 2005 ganó la Olimpiada del Conocimiento Infantil en Baja California Sur. Lo extraordinario de su historia es que logró concluir la primaria en un entorno en el que sólo 7 por ciento de las niñas y niños asiste a la escuela.

Demetria, originaria de Sinaloa, es hija de jornaleros agrícolas migrantes, y desde los cinco años ha seguido el peregrinar de sus padres por los campos agrícolas de Sonora, Michoacán y Baja California Sur. A los doce comenzó a trabajar primero en el área de empaques y luego en el campo.

Figura menuda, ojos vivaces, lenguaje fluido, la menor presentó su testimonio durante el foro internacional “Dignidad sin pérdida. Estrategias educativas y Sociales para la niñez jornalera agrícola migrante”, en el que expuso la realidad que viven miles de niñas y niños en los campos agrícolas del país.

“Trabajaba en las tardes y estudiaba en las mañanas, pero hubo un tiempo en que estuvimos estudiando en la tarde, así que trabajaba de las ocho a la una de la tarde, de la una hasta las seis estudiaba, volvía a entrar como a las siete y salía a la una o dos de la mañana del trabajo”.

“Después nos quedamos en el horario matutino, estudiaba de siete a una y trabajaba de una de la tarde hasta que se acababa el empaque”, relató, sin que el recuerdo de los dos años de estudios que perdió cuando sus padres estuvieron trabajando en la ciudad de México ensombreciera su rostro.

“Entre a la primaria hasta los ocho años. Tuve que perder muchos años tratando de abrirme paso en el mundo, que está muy feo”, dice con candidez, mientras el auditorio la escucha encantado. El recuerdo de la escuela donde concluyó la primaria le hace aflorar una sonrisa divertida.

“Era una carpa, en el piso de tierra y todos los niños teníamos que regarlo al llegar y al salir; la carpa se movía con cualquier vientecito y cuando llovía teníamos que suspender las clases. Y eso que era de la SEP”, dice sin intención de burla, solo para consignar lo que vivió.

Enseguida, hace el contraste con la situación de las escuelas en otros campos en los que ha vivido: muchos no tienen ni una carpa y los niños estudian al aire libre, o deben caminar varias horas para acudir a la escuela más cercana.

Tampoco hay consultorios, “los médicos ni pasan por ahí”; ni guarderías para los menores de cinco o seis años, que tienen que ir con sus madres a los campos de cultivo, y permanecer sobre la tierra expuestos a enfermedades e infecciones.

Yo he escuchado en este foro que hablan sobre los problemas que tenemos, pero no dicen cómo los van a solucionar ni cuándo. En los campos hay muchas infecciones, algunos patrones obligan a trabajar más de las ocho horas que dice la ley, cuestionó.

Ahora, estudia el primero de secundaria en una telesecundaria cercana al campo agrícola de Mexicali en el que trabajan sus padres, y, mientras cumple su sueño de ser médica, lee todo lo que llega a sus manos, desde mitología griega hasta diccionarios y enciclopedias “para tener más conocimiento”.
06/LG/LR

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