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Último adiós a Dina; su presunto feminicida está libre

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Rosa ya no tiene lágrimas, no habla, no se mueve. Sus ojos rasgados se han cerrado más de lo acostumbrado, ha llorado por dos noches y un día y medio completos.
 
No quiere voltear a ver a nadie, obedece cuando le dan a tomar agua, le frotan un poco de alcohol en el cuello y brazos tratando de reanimarla. Está ida, no parece darse cuenta de lo que ocurre.
 
Pronto nos percatamos de que esto no es así, lo que pasa es que su mirada sólo tiene una dirección: el ataúd de su hija Dina Elizabeth López Muñoz, el cual permanece frente al altar de la capilla de Santa María, contigua al Hospital del Socorro, escuela y lugar de trabajo de Dina.
 
Es blanco y pequeño, casi como para una niña. Dina era una mujer de 21 años, bajita de estatura y delgada, por eso las dimensiones del féretro. Es blanco porque era el color de su vida.
 
Así era su uniforme de enfermera; también era el color de su bondad para asistir a los demás, ya sea en su vida particular o en su vida profesional.
 
A los 17 años empezó a salir con el que después sería el padre de su hija, Luis Alfonso Díaz Zamora. Como estudiante de enfermería tomaba a diario camiones urbanos para trasladarse. Fue en alguno de esos viajes que conoció a su después pareja, quien era chofer de esos vehículos.
 
Así inició una relación con un hombre 16 años mayor que ella, divorciado y quien más adelante cambió el volante de un camión por el de un taxi.
 
Durante los años que convivieron él ejerció violencia contra ella, física, psicológica, patrimonial, y se atrevió a controlar sus movimientos al grado de encerrarla con llave en la casa donde vivían juntos, para que no fuera a trabajar, a la vez que rompía sus uniformes y zapatos especiales de enfermera.
 
Hoy Dina descansa en un panteón, pues el pasado 29 de julio el procurador de Sonora, Carlos Alberto Navarro Sugich, les confirmó que un cuerpo sin vida hallado el pasado 16 de abril era el de su hija. Tres meses después pudieron sepultarla.
 
En el cementerio, Rosa camina con dificultad y apoyada en dos personas que la ayudan a moverse muy lentamente como quien sufre alguna atrofia muscular.
 
Avanza con lentitud mientras el ataúd de su hija es colocado en el panteón municipal de Nogales para ser despedida y vista por última vez.
 
Ahí Rosa rompe el silencio, irrumpe en un llanto de lamentación infinita y se dirige a su hija: “Yo te esperaba siempre para comer juntas, pero tú ya no llegaste nunca. Yo salía todos los días a buscarte, porque tenía la esperanza de encontrarte… Ahora sí mi niña, se me fue la última esperanza, ya nunca te voy a volver a ver. Yo le dije a Dios que le cambiaba mi vida por la tuya, pero él no me quiso escuchar”.
 
Dina desapareció el pasado 22 de marzo cuando fue llevada al trabajo por su ex pareja sentimental y padre de su hija de un año siete meses de edad, de quien estaba separada desde el último incidente de violencia tres semanas atrás.
 
Dina nunca llegó a trabajar y su familia duró más de cuatro meses peregrinando en las diversas instancias de procuración de justicia, sin obtener información sobre la investigación por la desaparición de la joven.
 
Cientos de volantes fueron pegados en postes y otros lugares. Se desplazaron a Hermosillo, capital de Sonora, a 275 kilómetros al sur de Nogales para volantear y pedir la colaboración de la ciudadanía para encontrarla.
 
En esta ciudad acudieron a la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE), donde fueron recibidos en la subprocuraduría de Averiguaciones previas sin que hubiera un informe oficial de las líneas de investigación o hipótesis sobre probables responsables.
 
La última persona que la vio con vida, su ex pareja, no ha sido citado a declarar y se encuentra en Nogales desempeñando normalmente sus labores como taxista.
 
Al no obtener respuesta de las autoridades, sus familiares decidieron interponer una queja ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos por las omisiones de la PGJE.
 
La principal excusa para hacer los exámenes de identificación genética de los restos de una mujer encontrada el pasado 17 de abril, era que la máquina estaba descompuesta y que no había dinero para repararla.
 
Otra incongruencia que sólo generó más dolor a los familiares fue que informalmente les dijeron que el cuerpo hallado en la colonia Las Bellotas, en Nogales, ya había sido enterrado, lo cual era falso. En todo caso, lo único que confirmó el resultado de la prueba de ADN es que Dina estaba muerta.
 
Dina llamó al menos tres veces a la policía pidiendo auxilio. La tercera logró que detuvieran a su ex pareja y la libraran momentáneamente de esa pesadilla.
 
A partir de ese momento, ella decidió separarse y regresar a la casa materna buscando seguridad para ella y su pequeña hija.
 
Ahora, cuatro meses después de que Dina desapareció y fue asesinada, suenan huecas las campañas de las autoridades llamando a las mujeres víctimas de violencia denuncien y se alejen del agresor.
 
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