Inicio Un buen mexicano

Un buen mexicano

Por Cecilia Lavalle

Jamás crucé una palabra con él. Nunca comimos en la misma mesa. Nunca asistimos a una misma conferencia. Nunca presentamos juntos ningún libro. Nunca le conocí personalmente. Nunca coincidimos siquiera en el mismo lugar. Sin embargo, lamenté su muerte como quien lamenta la pérdida de un ser entrañable. Y es que Adolfo Aguilar Zinser era un buen mexicano; de esos que tanta falta hacen ahora.

La muerte, casi siempre, es una mala noticia. Pero hay muertes que pesan más, que duelen más, que dejan esa sensación de vacío tan triste.

¡En mala hora se fue a morir Aguilar Zinser! Y no lo dice una amiga, un buen amor o una hija. Lo dice una simple ciudadana que muchas veces lo escuchó con atención, que siempre admiró su claridad y que aplaudió su congruencia en momentos en que ser congruente era como dar un salto triple mortal sin red de protección.

Licenciado en relaciones internacionales por el Colegio de México y con una maestría en Administración Pública en Harvard, Aguilar Zinser trabajó para el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo.

Tiempo después, se opuso abiertamente al Tratado de Libre Comercio con América del Norte. Y conste que oponerse a lo que fuera en el gobierno del presidente Salinas de Gortari era ya de suyo notable.

Fue diputado por el Partido de la Revolución Democrática y trabajó para la campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas; pero tras un crítico libro sobre esa campaña se ganó el repudio de una parte importante de la izquierda mexicana.

Después fue senador por el Partido Verde Ecologista, del cual también se distanció y terminó actuando de manera independiente.

Más adelante, cuando la lucha por la alternancia tenía lugar en México, fue fundamental para la victoria de Vicente Fox la presencia de intelectuales de la talla de Aguilar Zinser. Votos indecisos, como lo fue el mío, tomaron rumbo a favor de Fox después de ver la estatura moral de muchas personas que lo apoyaban para ganar la presidencia con la esperanza de abrir de par en par la puerta de la democracia en nuestro país.

Cuando estaba cocinándose la guerra contra Irak, y Estados Unidos presionaba para conseguir los votos suficientes para legitimar esa invasión, el rostro preocupado de Adolfo Aguilar, que entonces se desempeñaba como nuestro representante ante la ONU, me daba la dimensión exacta de lo que ahí ocurría.

Para alguien como yo, que no avalaba esa guerra, era sin duda una garantía que una persona de la calidad de Aguilar Zinser estuviera ahí, porque sabía que haría lo que pudiera, lo que estuviera a su alcance para evitar y, en todo caso, no avalar esa invasión arbitraria y absurda.

Cuando expresó que Estados Unidos consideraba que México era su traspatio, desde luego no hizo sino decir en voz bien alta –dado el cargo que ostentaba- lo que cada mexicano piensa y siente con respecto al trato que le dispensa su vecino.

En realidad lo dijo de manera amable y, en ese sentido, fue muy diplomático, salvo por el hecho de que decir la verdad no se considera diplomático. Esa declaración le costó el cargo que con tanta dignidad había desempeñado. Y la manera en que fue despedido fue tan poco digna, que en un acto más de congruencia y valentía publicó sus razones y sus verdades.

Dicen, quienes le conocieron, que era un hombre que no sabía trabajar en equipo, que era muy individualista; dicen, incluso, que era protagonista y testarudo. Pero aún quienes dicen eso, reconocen su inteligencia, su talento, su patriotismo y nadie le regatea su incansable trabajo en pro de la democracia de México.

¡Cuánto lamento su muerte! Las buenas mexicanas, los buenos mexicanos ¡no sobran, antes bien faltan! Nuestro país atraviesa por un pasaje difícil, peligroso, porque la incapacidad, mediocridad, mezquindad de su clase política lo coloca al borde del precipicio.

Entonces, las voces inteligentes, claras, independientes, patriotas, representan una especie de brújula que nos permite no olvidar que hay otros caminos; una lámpara que alumbra otras vías posibles; un asidero al cual, una ciudadana como yo, se aferra, cuando el país parece que se derrumba de poquito en poquito, para tener la certeza de que no todo está perdido.

Sí, me duele mucho la muerte de Adolfo Aguilar Zinser. Como me duelen las muertes absurdas. Como me duelen las muertes a destiempo. Como me duelen las muertes de quienes consideramos imprescindibles. Y la he llorado como se llora la muerte de un buen mexicano.

Apreciaría sus comentarios: [email protected]

2005/CL/SJ

Este Web utiliza cookies propias y de terceros para ofrecerle una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios el usuario acepta el uso que hacemos de las cookies. Sin embargo, el usuario tiene la opción de impedir la generación de cookies y la eliminación de las mismas mediante la selección de la correspondiente opción en su Navegador. En caso de bloquear el uso de cookies en su navegador es posible que algunos servicios o funcionalidades de la página Web no estén disponibles.Acepto Leer más

Skip to content