Una ofrenda a las muertas

   Opinión
Una ofrenda a las muertas
Por: Guadalupe Elosegui
| cimac.- 01/11/2002

El concepto de la muerte en la cosmogonía de los pueblos antiguos de México tenía características completamente distintas a las europeas. Para los aztecas, la muerte podía incluso ser considerada como un honor, cuando significaba honrar a las divinidades con la propia vida.

Las mujeres muertas en el parto eran colocadas al mismo nivel que los grandes guerreros. El paso al inframundo, que no tenía nada que ver con el infierno, era sólo un tránsito más dentro de los ciclos naturales. Con la llegada de los conquistadores y la religión judeocristiana, la idea de la muerte se vio transformada.

Sin embargo, persisten tradiciones indígenas en muchos sitios del país que preservan el contacto alegre y gozoso con quienes ya no están en este mundo, y en estas fechas se montan altares y ofrendas en memoria de las y los fallecidos. Es una hermosa forma de expresar que mientras sigan en nuestro recuerdo, no han muerto.

Hoy, si me lo permiten, quiero hacer en este espacio una ofrenda en memoria de muchas mujeres cuya desaparición es un vergonzoso duelo.

En primer lugar, enciendo un recuerdo para las muertas de Ciudad Juárez. Desde 1993, más de 270 mujeres han sido violadas, torturadas y asesinadas en esa ciudad y se han reportado más de 500 desaparecidas. A este horror se suma el de la impunidad y la absoluta ineficiencia de las autoridades judiciales que poco o nada han querido hacer para resolver ese feminicidio, que sigue sucediendo.

Ahora, deshojo esta flor de cempasúchil en memoria de Digna Ochoa y Plácido, gran defensora de los derechos humanos, cuyo asesinato aún sin resolver nos llena de luto e indignación.

Y en esta ofrenda pongo también un vaso de agua para que sacien su sed de justicia las más de 30 mujeres que en Nuevo León han sido victimas mortales de la violencia intrafamiliar este año.

Incluyo una bandera de papel picado para todas las mujeres y niñas que en el mundo han muerto por los conflictos bélicos. Y que son siempre las primeras víctimas de unas guerras en las que ellas no han tenido nada que ver.

Enciendo también un pedazo de copal o incienso en memoria de las mujeres muertas por cánceres de mama y cérvico uterino, por abortos y partos mal atendidos, que por pobreza o desinformación no tuvieron acceso a los servicios de salud que hubieran podido salvarlas.

Para todas las mujeres y niñas que han muerto de hambre o a consecuencia de la desnutrición, pongo pan en esta ofrenda.

Amigos y amigas, sólo una muerte hay: es el olvido.







       
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