Inicio Veintisiete años de lucha mantienen firme reclamo de justicia

Veintisiete años de lucha mantienen firme reclamo de justicia

Por la Redacción

Veintisiete años separan el inicio de la carrera docente de la argentina Estela Barnes de Carlotto y la segunda etapa de su vida, como “abuela de la Plaza de Mayo”, pero hay una distancia infinita entre las dos condiciones. Tranquila la primera, pese al contacto con la pobreza, una pesadilla la segunda.

Galardonada con el premio “Mary Hatwood Futrell” de Derechos Humanos y Sindicales de la Internacional de la Educación (IE), ella, empero, canjearía los reconocimientos que ha recibido, incluso uno de la Organización de las Naciones Unidas, por la recuperación de su nieto que ni siquiera llegó a conocer.

Los 73 años de edad, el pelo blanco y la delicadeza física ocultan una voluntad de hierro. Aún espera conocer y recuperar a su nieto, que imagina “enterito” a los 26 años, “pequeño como mi hija y también el papá”, ambos asesinados en 1978 por la represión política instaurada por la última dictadura en Argentina.

La Asociación Civil Abuelas de Plaza de Mayo, que ella preside y que tomó su nombre del histórico paseo ubicado frente a la casa de gobierno, estima en 500 las niñas y niños desaparecidos durante el régimen militar de 1976 a 1983, robados por los torturadores y asesinos de sus padres. De ese total se han encontrado 77 hasta ahora.

La esperanza de recuperarlos a todos cuenta con un refuerzo adicional: 18 fueron identificados en los últimos siete años, el más reciente, Juan Alfonsín Cabandié, en enero de este año, indicando que el tiempo pasado no es una barrera insuperable.

Carlotto tuvo su labor reconocida por la IE también en su condición de educadora. El premio lleva el nombre de Mary Hatwood Futrell, en homenaje a la presidenta saliente de la organización y que ha desempeñado ese cargo desde su fundación en 1993.

Estela empezó a dar clases en 1951 en “una escuelita” de su ciudad, La Plata, la capital de la oriental provincia de Buenos Aires, donde vio la pobreza, “los niños durmiendo sobre el pupitre por falta de comida” y que a veces faltaban “por no tener calzado”.

Era una escuela “suburbana”, casi rural, donde enseñaba a las y los alumnos de tercer al sexto grado, todos juntos, impartiéndoles clases de todo, “lengua, matemática, geografía, música, teatro”, llevándolos a pasear a Buenos Aires, a 40 kilómetros de distancia, “para que tuvieran en la escuela una vida que no podían tener en sus casas”, recordó la maestra y activista, según difunde Mujereshoy.

La carrera la llevó a ser directora, a presidir una junta de clasificación que aplicaba el Estatuto del Docente, permitiendo ascensos por concursos, sin favores políticos. Convivió con seguidas reformas en la enseñanza, afectada por restricciones presupuestarias, el incremento “del verticalismo y la falta de respeto a docentes y alumnos”.

EL VUELCO DE SU VIDA

Pero su vida sufrió un vuelco violento luego del golpe militar del 24 de marzo de 1976. Primero fue el secuestro de su marido en agosto de 1977, desaparecido durante 25 días, torturado y finalmente liberado después que ella pagó lo que equivalía a unos 40 mil dólares en su estimación.

En diciembre del mismo año fue detenida y hecha desaparecer su hija Laura, con 2 meses y medio de embarazo, junto con su esposo, poco después asesinado. Pero a Laura la mantuvieron detenida en una de las 340 cárceles clandestinas de las fuerzas de seguridad. La asesinaron el 25 de agosto de 1978, dos meses después de dar a luz a su hijo.

El campo de concentración funcionó como “maternidad” para esa macabra política de robo sistemático de hijas e hijos de perseguidos políticos, una perversión singular de la dictadura militar argentina.

Ella supo un día antes del asesinato, por una pareja que estuvo detenida en el mismo centro, que Laura había tenido un hijo varón y que los militares habían prometido liberarla pronto. Pero su familia sólo recibió su “cuerpo destrozado, ninguna noticia del nieto”.

Con el secuestro de la hija, surgió “otra Estela”, pues la búsqueda de los niños desaparecidos pasó a ser su vida, llevándola a jubilarse como maestra e incorporarse a la asociación Abuelas de Plaza de Mayo, la organización creada a partir de las madres que caminaban en círculo cada jueves por ese paseo para reclamar la aparición de sus hijas e hijos detenidos ilegalmente.

Una conquista en su lucha es que el ex general Benito Bignone, el último dictador, está “preso por robo de bebés”, diciéndose “perseguido” por Carlotto desde 1983. La abuela cuenta que en diciembre de 1977 logró entrevistarse con el entonces alto jefe militar, por gestiones de una colega docente, hermana del general.

El militar la recibió “loco, con un revolver en la mesa” y contestó, al pedido para que no mataran a Laura, que en Argentina sí se ejecutarían a los opositores para “no pasar lo que pasó en Uruguay”, donde presos políticos lograban convencer a carceleros de sus ideas.

LA ORGANIZACIÓN

Abuelas de Plaza de Mayo es hoy “una organización compleja”, que asiste psicológicamente a jóvenes que sospechan ser uno de aquellas niñas y niños robados en los años 70 y comienzos de los 80, que tiene un banco de datos genéticos con muestras de sangre de familias de casos de desaparecidos y que promueve campañas para movilizar la sociedad en la misma búsqueda de la identidad.

En los Juegos Olímpicos de Atenas, que comenzarán en breve, deportistas argentinos desplegarán carteles anunciando que “El deporte apoya a las abuelas de Plaza de Mayo”, anunció Carlotto.

“Identidad, familia, libertad” es la consigna de la asociación, apuntando que identidad ganó en Argentina una connotación singular. Hay incluso una Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), un órgano del gobierno para buscar a los niños desaparecidos.

Muchos jóvenes argentinos nacidos entre 1975 y 1983 son asaltados por dudas respecto a su verdadero origen, se deduce por los centenares que han buscado las Abuelas o Conadi dudando de su identidad.

Estela de Carlotto, presidenta de las Abuelas, sigue siendo una educadora, pero ahora se dedica específicamente a enseñar derechos humanos, en que el derecho a la identidad tiene mucho énfasis, y que fueron introducidos en la formación de las Fuerzas Armadas y policiales de su país, pese a las “resistencias”.

La maestra se enorgullece incluso de haber educado en derechos humanos a los dos policías que la protegen desde el atentado en que ella tuvo su casa ametrallada, hace dos años.

2004/GV/SM

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