La que originalmente fue percibida como una más de las ocurrentes y desafortunadas frases a que nos ha acostumbrado en 27 meses el presidente de México, Vicente Fox, la semana anterior pretendió elevarla a rango de tesis política, en el aula de Los Pinos con el cómico Resortes como oyente destacado y cámaras y micrófonos propios para que todos escucháramos: «Somos una pareja que compartimos decisiones… Somos una pareja presidencial.
» La «pareja presidencial muy feliz» recibió de inmediato la cerrada defensa de quien despacha con la tarjeta de presidente del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Acción Nacional (PAN), Luis Felipe Bravo Mena, excomulgando por «misóginos y machistas» a quienes pretendan disentir de los excesos verbales y conductuales cometidos por su jefe real y su esposa.
No es fácil localizar críticas a Marta Sahagún de Fox por su protagonismo y su condición de fémina. Abundan, eso sí, las observaciones y acres señalamientos por lo que consideran tráfico de influencias como esposa del presidente y el uso de recursos gubernamentales para fines no públicos.
Difícilmente serían dables, por no decir imposibles, los convenios que ha firmado la jefa de la Fundación Vamos México con el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, Fundación Azteca, Asociación Nacional de Tiendas Departamentales y Televisa, si no mediara su condición de lo que denominan primera dama. Y muy bien sabemos que esas concesiones terminan facturándose a la sociedad.
La frase presidencial que reforma de un inconsciente plumazo o de facto la ley de leyes de los mexicanos y el viejo, pero aún vigente sistema político, recibió una corrección sustantiva que acabó enredando más el dislate presidencial: las decisiones no sólo las comparte con su cónyuge, también con el gabinete, el Congreso de la Unión y con el pueblo de México. Más aún: el Congreso de la Unión y el Poder Ejecutivo forman «una pareja».
Dicho de otra forma: consulta a su esposa, al gabinete, al Congreso y al pueblo. Supongo que en ese orden que Vicente Fox los mencionó.
Como es sabido por cualquier mexicano que haya leído la Constitución, la titularidad del Poder Ejecutivo se deposita un una persona y no existe la figura de «pareja presidencial» por más feliz que ésta sea; como tampoco los poderes Ejecutivo y Legislativo forman «una pareja».
Si bien las implicaciones conceptuales y constitucionales del tema son de primer orden, para Vicente Fox Quesada los alcances de lo que verbaliza pareciera escapar a su cabal comprensión. O la defensa apasionada de la cónyuge termina por obnubilarlo.
Pareciera más una estrategia diversionista para que los temas sustantivos de la agenda nacional –reforma del Estado, revisión del capítulo agropecuario del TLCAN y diseño de políticas agropecuarias para que el campo supere la postración; salario, empleo y política industrial; financiamiento de la campaña presidencial de julio del 2000, entre otros– no acaben por ocupar el centro del debate, y sean las ocurrencias, chascarrillos y dislates presidenciales los que consuman toneladas de papel y de tinta, y ondas hertzianas.
EIA/MEL
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