La conmemoración del Día de las Madres, que cumple este año 81 de ser festejado, para nadie pasa desapercibida, aunque su origen es poco conocido.
En su libro 10 de Mayo, editado por la Secretaría de Educación Pública, la feminista Martha Acevedo hace un recuento de la historia de esta conmemoración, que paraliza las actividades de todo el país y llena las tiendas de buscadores de regalos para homenajear a las madres, aunque sea un día al año.
La propuesta de institucionalizar un día para reconocer a las madres surgió en 1922 de Rafael Alducín, entonces dueño del periódico Excélsior y apoyado por el secretario de Educación de la época, José Vasconcelos.
Sin embargo la celebración de este día tuvo como verdadera intención acallar las voces de cientos de feministas que se manifestaban en el sureste mexicano exigiendo su derecho a la educación y a la fecundidad regulada.
Al respecto Alducín escribió: «hoy, en el extremo meridional del sureste se ha venido emprendiendo una campaña suicida y criminal contra la maternidad».
Esa era la respuesta que el empresario daba a las feministas de Yucatán y al gobernador socialista, Felipe Carrillo Puerto, que pugnaban por la maternidad voluntaria y la regulación de la fecundidad.
Diez años después de haberse institucionalizado el día de la madre, en 1932, Alducín continuaba |su campaña periodística para edificar un monumento a la madre.
El entonces presidente, Manuel Ávila Camacho, puso la primera piedra para su construcción y fue en 1949 cuando el ex presidente Adolfo López Mateos inauguró el monumento.
La placa conmemorativa decía: «A la que nos amó antes de conocernos».
En 1991, durante los festejos que la delegación Cuauhtémoc preparó para las madres, el movimiento feminista colocó una placa adicional al monumento que decía: «Porque su Maternidad fue Voluntaria».
En 1994 la placa fue destruida pero se mandó a hacer otra que se colocó el 28 de septiembre de ese mismo año.
Sin embargo, en 1997 luego de la construcción del estacionamiento de Villalongín, la placa nuevamente fue destruida.
En ese mismo año, Esperanza Brito de Martí propuso nuevamente la colocación de la placa que ahora sería de bronce de 1.90 metros de largo por 80 centímetros de alto.
2003/LGL/MEL
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