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¿Violencia? ¡Tomemos la palabra!

Por Fabiola Calvo

La violencia es una actitud y sobre todo, un arma del más fuerte contra el más débil, es un concepto y una práctica que hace parte de la cotidianidad de los países industrializados y no industrializados, de los que dominan y los dominados.

Según un reciente informe de la Fiscalía General del Estado de España, en Barcelona ha aumentado la violencia doméstica, afirmación que podríamos extender sin mucho temor a faltar a la verdad, a toda España, México, Colombia, Marruecos y a muchos lugares del planeta.

Las cifras pueden dar indicios pero no siempre reflejan una realidad. El estudio del problema, las estadísticas, el diagnóstico, la denuncia y la lucha contra los inmediatos responsables es una tarea ya deficientemente emprendida al igual que los llamados para que los Estados asuman una o más responsabilidad y los gobiernos tomen medidas.

Encontramos esfuerzos para el tratamiento de la violencia incluida la transversalidad en políticas públicas, la educación (muy limitada) y el esfuerzo de algunas organizaciones sociales y no gubernamentales.

No ha sido suficiente, aún queda mucho, mucho por hacer. Recientemente escuché decir a una joven que inició la andadura diplomática, «la vulgaridad» que encontró en la oficina que le fue asignada: las órdenes de trabajo para las mujeres las daban sus jefes a gritos, a dos secretarias se les repetía «su incapacidad» para trabajar y no faltaron los permanentes chistes misóginos.

Esta conducta repetida decenas de veces al día, contribuyó a minar la autoestima de las trabajadoras que asustadas y por el temor a perder el empleo hasta ese momento soportaron a sus diplomáticos de carrera.

La joven no esperaba encontrar semejante ambiente de trabajo en un lugar que hace suponer un refinamiento en las formas y en el trato. Engañadas estamos porque semejante actitud no escapa a condición social, económica o de nivel académico, y en situaciones como la descrita sólo manifiesta una proyección en la vida pública de cuanto acontece en la vida privada.

Ejemplos como éste podríamos encontrar miles con mayores o menores consecuencias, acoso sexual, violaciones y en el más dramático de los casos, el asesinatos. Estos actos de violencia son encubiertos, en muchos casos, por jefes, compañeros de trabajo o vecinos, pero lo más preocupante es el propio silencio de la víctima.

Es necesario contar con una base jurídica, con mujeres dispuestas a defender los derechos de otras, pero ante todo es necesaria la palabra de cada una de las mujeres agredidas.

Y cuando digo palabra, hago referencia a la capacidad de hacer público lo que el agresor comete en privado. Denunciar significa un paso que hace de la palabra acción, o una acción convertida en palabra.

Con toda certeza que si las mujeres tomamos la palabra, si perdemos el miedo a emplearla para contar al mundo los atropellos cometidos en el denominado mundo civilizado, seguramente que esas 11 mil 117 denuncias por violencia doméstica en el 2002 en la sola ciudad de Barcelona, se convertirían en una cifra ínfima porque el silencio falsea la realidad e imposibilita las soluciones.

La violencia en la vida privada dejará de ser poder si sale de las cuatro paredes, aunque tendríamos que advertir que no se trata únicamente de la casa, sino de los comportamientos que siendo públicos, con el silencio se convierten en privados.

Las mujeres que toman la palabra en condiciones de desigualdad, manifiestan un valor personal que trasciende a lo social y en ese acto de coraje es cuando el resto debemos entregar nuestro apoyo incondicional desde los diferentes espacios personales, profesionales o de poder. Hagamos uso de la palabra que como la poesía, «es un arma cargada de futuro»

2003/FC/MEL

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