El 17 de octubre se cumplieron 50 años de que se reconoció el derecho al voto de la mujer. No fue una regalía de los hombres, ni un desprendimiento contemplativo y electorero, no fue un acto de su magnánima generosidad.
Fue una enmienda por la justicia. A la semana de tomar posesión Ruíz Cortines mandó una iniciativa de ley al congreso para promover los mismos derechos políticos de los hombres para las mujeres.
Don Adolfo, casado con María de los Dolores Izaguirre, quien a su vez estaba en su segundo matrimonio, dejaba a la encopetada dama hacer lo que le viniera en gana: desde obra social, hasta largas jornadas de canasta, negocios y requerimientos de joyería para conceder audiencias (nada importaban unos aretes o un broche de brillantes frente a la certeza de conseguir por esa vía cualquier cosa de parte del presidente de la república).
Lo cierto es que en esa época la eterna lucha se coronó con el voto. En las siguientes elecciones acudió a las urnas el 95 por ciento del padrón.
Sin embargo en la actualidad no existe una plena conciencia ni compromiso a favor de los derechos de las mujeres. Ni igualdad en los salarios ni equidad en las oportunidades en puestos de trabajo ni en cargos de toma de decisiones.
En torno a las celebraciones de tan memorable día (17 octubre 1953) se destaca la convocatoria de Rosario Robles y el interés legítimo de legisladoras, empresarias, intelectuales, periodistas e incluso del de la primera dama.
Todos los medios lo han tomado como noticia, unos en demérito y otros con sus reservas, los más inteligentes con la importancia del trabajo conjunto, la discusión seria y madura, las propuestas y políticas de género que han de conformar el panorama real del México que exige reformarse.
Lo cierto es que de manera coordinada, quizás sumando más diversidad que nunca, las mujeres hemos echado a andar la atención de la sociedad y la pregunta sobre una presidenta del país, más allá de la burla, inquieta por lo posible o por lo menos por curiosidad de alcance.
Ya sabemos de lo poco que nos han servido las cuotas de género en los listados de elección popular. Los tropiezos, por llamarlos de algún modo, de los partidos políticos, han servido para ponernos en marcha, una vez más, y considerar que en efecto la unión hace la fuerza y que a veces el escaparate funciona mejor que una tribuna.
El asunto merece la reflexión de todos, porque el cambio debe entenderse como la necesidad de que detone el progreso integral de la nación.
Mejor que existan ambiciones. Que se exprese el deseo de ser votadas, antes existía el falso pudor de recatamiento que sólo alienta el rezago y la frustración.
Las mujeres somos algo más que la mitad de la fuerza que mueve a este país. Somos la base principal de la sociedad. La mejor constante en la economía, educación y estabilidad del hogar.
Somos, al final de cuentas, las más preocupadas por nosotras mismas y porque cada vez más mujeres lleguen a donde hasta ahora es privativo de los hombres.
Todo este fervor que ronda al aniversario no puede quedarse en fines personales, ni en políticas desbancadas por estaciones climáticas, sexenales o de cúpula. Rinda, pues, los reflectores la luminosidad que nos oriente al desarrollo de todo el potencial de las mujeres que han de arrastrar en la bonanza a los hombres, a sus hijos y sus mayores.
2003/MG/MEL