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Simulación y Elefantes Blancos contra la Violencia

Por Sara Lovera*

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) está a punto de entrar en la tercera edad. Sus 60 años. Y con todos los esfuerzos, comisiones, inversión de recursos y aprendizajes acumulados y la experiencia, el mundo no está mejor. Cunde la guerra entre naciones, pero hormiguea el conflicto en todas partes.

Nada parece detener dos graves problemas: la pobreza y la violencia que afecta a la infancia, a las mujeres y a los pueblos que se levantan contra la injusticia y el abuso. Es el caso de Irak y también el de Oaxaca, México.

Pero la guerra contra las mujeres, no reconocida, amenaza la libertad y el desarrollo de una de cada tres mujeres en el mundo. Y aunque existen 45 naciones con leyes de violencia familiar y programas, planes y reconocimiento del problema, nada se consigue.

Los cambios en la ONU tendrán que incluir, como sus recomendaciones señalan, la exigencia a las naciones para que atiendan e inviertan para detener la violencia contra las mujeres. Que se hagan un examen frente al espejo, que dejen la demagogia, que exijan ética a sus funcionarias y funcionarios, que dejen de engañar a la gente.

Por ejemplo en México existen leyes punitivas, preventivas e instituciones para atajar el problema, en prácticamente toda la República. Se creó una Fiscalía especial para atender los delitos cometidos contra las mujeres; el gobierno federal tiene conocimiento de que catorce mujeres son asesinadas diariamente, la Cámara de Diputados cuenta con un sinnúmero de libros producto de una investigación y una ley integral aprobada. Pero….

Y ése es el pero, muchas palabras; muchos recursos y parece que siempre se tiene que volver a empezar.

El problema es que la violencia contra las mujeres está consentida por la sociedad, está permitida, forma parte del Estado autoritario y del ejercicio de poder cotidiano que no para ninguna ley, ningún programa y ninguna fiscalía.

Las instancias internacionales dicen, porque aquí, en México, no hay forma de hacer justicia. Se vive en la impunidad, se encubre a policías, a militares, a funcionarios públicos que no investigan adecuadamente, como ha sido el caso en Ciudad Juárez y no se avanza.

Saber que la violencia contra las mujeres es actual, generalizada, sistémica e incluso autorizada, obligaría a ensayar otras formas de enfrentarla. Ya no es suficiente reconocerla, capacitar a personas para que la reconozcan como un delito, como violación a los derechos humanos y como algo inaceptable. ¿Y qué?

Cómo hacer que los gobiernos asociados en la ONU se enfrenten a su autoritarismo interno, cómo creer que los órganos del gobierno pueden hacer algo? Se es gobierno por el poder, se actúa como poder y se controla, maltrata, margina y castiga a quienes interpelan ese poder. Es absurdo imaginar que los gobiernos pueden hacer algo.

Mientras en México continúan siete mujeres presas en Santiaguito, por lo de Atenco, se diluye el caso de Lydia Cacho; no hay justicia en Castaños, donde 20 militares atacaron sexualmente a catorce mujeres; no sirven las instancias, se han deteriorado las mesas de trámite, las funcionarias y los funcionarios encargados con frecuencia no le creen a las mujeres, las desvalorizan de entrada, lo que quieren son pruebas.

Se llegó al colmo, sin protesta, de permitir que la Suprema Corte diga que para probar cada mujer lleve la bitácora de los maltratos que recibe; anote día, fecha, momento en que cada uno de los maridos arremete, golpea o maltrata. Entonces las autoridades le harán caso y quien sabe cuando le harán justicia.

La burocracia ha poblado todo, vive de nuestros impuestos, a veces muy bien, cree y siente que hace algo, justifica su existencia, en un mar de impunidad y tristeza. Las funcionarias ni siquiera conocen a las mujeres, no son sensibles, no están comprometidas, sólo piensan en sus puestos y les encantan las credenciales.

Pensemos pues, necesitamos cambios de fondo, verdaderos cambios de Estado, una nueva nación, un nuevo camino, menos ligado a nuestras viejas formas de pensar, donde se cambia para no cambiar.

Ya no queremos elefantes blancos con mucho presupuesto para justificar que se hace algo, pero nada se consigue.
* Periodista feminista
06/SL/LR/CV

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