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Caroline Lucretia Herschel, la que contaba estrellas

Por Erika Cervantes

Hoy no sorprende la aportación de las mujeres en el desarrollo de las ciencias exactas, pero hace tres siglos era un hecho extraordinario, sobre todo porque la educación era patrimonio de varones.

Así que la vida y obra de Caroline Lucrecia Herschel fue, por su contribución a la ciencia, extraordinaria.

Caroline no sólo derribó el obstáculo que en aquellos tiempos significaba ser mujer, lo que limitaba su campo de acción, sus sueños, sus deseos y sus capacidades. También libró las secuelas que le dejaron las enfermedades de la infancia, la viruela y el tifus, que marcaron su rostro, condenándola, según la costumbre de la época, a servir a su familia hasta el fin de sus días.

Sin embargo, su padre, un músico militar, se encargó de que Lina (como la llamaba su familia), a la par de sus cinco hermanas y hermanos estudiaran matemáticas, música y francés.

La llamada Guerra de los Siete Años marcó un rumbo incierto para la familia de Caroline, e hizo migrar a su hermano Guillermo a Prusia, en donde se contrató como organista en una iglesia importante. Más tarde Caroline, que contaba con 22 años, lo alcanzó en aquel país, donde aprendió canto enseñada por él. Caroline se inició así como soprano.

Pero no iba a ser esa la carrera que seguiría el resto de su vida. Guillermo, apoyado en sus conocimientos matemáticos y en su afición a la observación de los astros construyó sus propios telescopios, por lo que abandonó la música y se convirtió en fabricante de esos instrumentos. Caroline se volvió su ayudante, un oficio algo extraño para una mujer.

La joven comenzó pronto sus propios proyectos, movida por sus buenos conocimientos matemáticos, su ingenio y curiosidad. Y llevó a Guillermo a desarrollar la aplicación de las matemáticas a la astronomía. Y aunque ella no memorizó las tablas de multiplicar, pudo realizar los cálculos más complicados sobre las observaciones estelares de su hermano.

Guillermo descubrió el planeta Urano, por lo que recibió, el 13 de marzo de 1781, el título de astrónomo, de manos del rey George III, con lo cual se le concedió también una pensión real.

Los avances de ambos en el campo de la astronomía continuaron, pues se dedicaban de tiempo completo a esa tarea.

En 1783, Caroline descubrió, sin el apoyo de Guillermo, tres nebulosas, que son como la cuna donde se forman las estrellas. Y hoy estos objetos se conocen como NGC 2360, NGC 205, y NGC 253.

El 1 de agosto de 1786, Caroline descubrió su primer cometa. Después de observar otra vez este objeto el 2 de agosto, para determinar su movimiento, escribió cartas a los astrónomos de la época para anunciar su descubrimiento. Pronto fue observado por los astrónomos a través de toda Europa.

Fue este el primer cometa descubierto por una mujer, suceso que la colocó en el centro de la atención mundial.

En 1787, George III reconoció a Caroline su descubrimiento, otorgándole un sueldo de 50 coronas al año para continuar como ayudante de Guillermo. Con este sueldo, ella fue la primera mujer reconocida oficialmente como ayudante científica.

Para 1797 Caroline había descubierto siete cometas más. Su segundo cometa es ahora como cometa periódico Herschel-Rigollet y vuelve cada 155 años.

Además de su caza de cometas, Caroline comenzó su propio trabajo sobre el catálogo de estrellas de Flamsteed. El científico había omitido 560 estrellas. El resultado lo llevó ante la sociedad real en 1798.

Guillermo murió en 1822 y Caroline volvió a Hannover, donde terminó el catálogo de su hermano, completando 2500 nebulosas identificadas.

Después de ello, Caroline recibió la medalla de oro de la Sociedad Astronómica Real, el 8 de febrero de 1828.

Caroline también fue primera mujer en adquirir calidad de miembro honoraria en la Sociedad Real de Gran Bretaña en 1835. Fue incluida en la Academia Irlandesa Real en 1838. Y se le concedió la medalla de oro para la Ciencia del Rey de Prusia, en 1846, justo cuando cumplió 96 años.

Carolina nació el 16 marzo de 1750 y murió el 9 de enero de 1848. Se lee en su epitafio: «los ojos de ella se glorificaron aquí debajo al pasearse por las estrellas».

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