«La experiencia de las mujeres no se asimila al modelo de dominación y subordinación existentes; se visualiza y se organiza alrededor de la posibilidad de construir y mantener afiliaciones y relaciones siguiendo una visión utópica de modos de vida más cooperativos y creativos»
Graciela Hierro
De nuestra compañera Azul Jiménez de Monterrey nos llegó esta colaboración respecto a lo que sucede en el Instituto de las Mujeres en Nuevo León. Van sus palabras.
Sintiendo el abuso de poder que ejerce María Elena Chapa, Presidenta del Instituto Estatal de las Mujeres de Nuevo León, y con la convicción de que la lucha por la vivencia de la dignidad de las mujeres requiere de otras maneras de ejercer el poder, es que no quiero pasar inadvertida la situación que viví.
Hace aproximadamente tres semanas se presentó la posibilidad de realizar un estudio sobre el conocimiento por parte de funcionarias y funcionarios respecto de la Ley de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia. Para ello presenté una propuesta con base al planteamiento que tenían de antemano en el Instituto. Dicha propuesta fue revisada al menos por tres personas, quienes la aprobaron, entre ellas la Secretaria Ejecutiva.
Sin embargo, el pasado miércoles 24 de junio se me pidió que estuviera en una reunión donde María Elena Chapa haría sus comentarios respecto al instrumento a utilizar. Así, María Elena Chapa, desde el inicio con un tono agresivo, descalificativo, y nulamente constructivo, me hizo una serie de observaciones, de las cuales ciertamente en algunas tenía razón.
Al hacerle mis comentarios y una afirmación respecto del contenido explícito del derecho de las mujeres a vivir libres de violencia en las leyes internacionales, es que la discusión toma un álgido tono, ella se levanta enojada diciéndome que yo no le iba a enseñar nada si ella había impulsado a nivel internacional no sé cuántas cosas y que la estaba ofendiendo con mi aclaración.
Frente a ello mi comentario fue que no me ofendiera a mí, que si tenía alguna observación me la dijera pero no en ese tono. Y prosiguió la breve pero ríspida discusión.
Con un ambiente tenso, desagradable, inhibidor, me retiré del lugar. En otra de las oficinas, una integrante del Instituto me dijo: «nunca, nunca le contestes a una autoridad», «a ella hay que escucharla y lo mejor es no decir nada, porque luego se pone así», «tuvo un mal día». Mientras que alguna otra se mostró apenada por la situación.
Al día siguiente recibí una llamada en la que me avisaron que ya no se autorizó el que yo hiciera el estudio al que hago referencia ¿Por qué?, el planteamiento inicial había sido aprobado ¿entonces?: lo que sucedió en esa reunión fue un nulo diálogo en vez del cual yo podría haber escuchado e incluso aprendido cuestiones que me ayudarían a hacer de mejor manera el estudio; y ella podría haberme también escuchado.
Pero lo que parece casual no lo es: me cancelan el contrato un día después de discutir con ella, de hablarle de «tú», de contradecirla, de que prácticamente me gritara. Es decir el problema ya no era –ni es– el estudio o el contenido de sus observaciones. El problema es el abuso de poder, el problema es ese ambiente donde no se le «debe» contradecir, ni interrumpir, ni siquiera expresar las ideas propias.
Al conversar con algunas personas que integran el Instituto salta María Elena Chapa como una persona con quien es difícil trabajar y a quien la generalidad del personal no debe contradecir ¿Esto es hablar de la liberación de la opresión por parte de las mujeres?
La construcción de mejores condiciones de vida y de desenvolvimiento de las mujeres no es esa. Y eso lo he corroborado con compañeras que he conocido, gente de organizaciones, feministas y también algunas funcionarias quienes con toda una fuerte experiencia encima, tienen una lógica de compartir conocimiento, de hacer equipo, de apoyar la lucha común, desde una actitud sencilla, solidaria.
Una vez desautorizado mi contrato, solicité se me pagara el tiempo que le dediqué, y reconozco que esto me fue cubierto en esta semana, gracias, me parece, a la preocupación y sentido de justicia de la persona con quien me estaba coordinando. Reconozco que dentro del Instituto hay personas muy valiosas que están dando un aporte muy interesante y comprometido. Reconozco también que María Elena Chapa tiene conocimiento del tema de derechos de las mujeres, así como una experiencia académica encima, pero, eso no le equilibra, ni justifica actuar de esa manera.
Denuncio entonces el abuso de poder que muestra María Elena Chapa. Una mujer como ella no debería tener el encargo que se le ha hecho de estar al frente del instituto, siendo que en vez de integrar, disgrega; que en vez de invitar a la construcción colectiva, impone. Que en vez de ser una representante de las mujeres, controla, dentro de una instancia que en teoría debe fortalecer a las mujeres.
Y sé que quizá no estoy diciendo nada nuevo, pero el punto aquí es que es un botón más de muestra de que en esta «democracia» nuestra, seguimos permitiendo el ejercicio del autoritarismo. Comparto pues esta experiencia a fin de expresar lo sucedido y de alguna manera denunciarlo, pues como diría Benedetti «sólo así, el futuro se vuelve respirable»
* Ha trabajado en organizaciones de la sociedad civil defensoras de derechos humanos en México, como CADHAC, en Nuevo León y en el estado de Tlaxcala.
08/LSR/CV