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Por la fuerza

Por Teresa Mollá Castells
CIMACFoto: César Martínez López

Esta mañana escuchaba en la radio los testimonios desgarradores de tres mujeres, muy mayores, describir cómo la condición de mujeres fue decisiva en la forma de ser asesinadas por el franquismo. Además de ser violadas, a veces en grupo, eran torturadas y asesinadas.

Después del golpe de Estado franquista, casi toda la población sufrió las consecuencias de la dictadura, pero los peores efectos los sufrieron las mujeres, tanto en la forma de ser asesinadas como las que sobrevivieron a aquellas matanzas, porque ya no vivieron, malvivieron toda su vida.

Jornadas de trabajo interminables en los campos o sirviendo en las casas de quienes apoyaron el golpe de Estado, sin una alimentación adecuada, y en numerosas ocasiones siendo abusadas por los señores y señoritos de la casa o por los propietarios de las tierras, sumaban nuevas formas de tortura para aquellas mujeres.

El asesino felón Queipo de LLano desde los micrófonos de Radio Sevilla despertaba los más bajos instintos de las tropas franquistas animándoles a violar y a asesinar a las mujeres. Esa era una de sus consignas.

Este terrible ejemplo de mujeres asesinadas y violadas por los soldados franquistas no es más que un ejemplo de lo que ocurre en cualquier conflicto armado en cualquier parte del mundo. Que los cuerpos de las mujeres se convierten en territorios que ocupar de cualquier manera. A la fuerza, pero hay que ocuparlos. Son botines de guerra y, a su vez, territorios conquistados.

El patriarcado, en sus múltiples maneras de imponer sus reglas, impulsa la conquista de los cuerpos de las mujeres como diferentes formas de torturas. Quienes ya tenemos unos años, recordamos la guerra de los Balcanes, con el asesino de Milosevich y su estrategia de limpieza étnica en la que las mujeres eran violadas sistemáticamente por las tropas y secuestradas para que no pudieran abortar y, de ese modo, llegar a dañarlas en su ser más profundo.

En las guerras africanas como el genocidio de Ruanda o las guerras del Congo, las mujeres, de nuevo eran violadas para así humillar a las tribus rivales después abandonadas, aún a sabiendas de que sus familias las iban a rechazar precisamente por haber sido violadas.

O en el viejo y enquistado conflicto entre Palestina e Israel, en donde en los dos Estados y sus dirigentes utilizan el cuerpo de sus mujeres respectivas como maquinaria de reproducción masiva para combatir al otro con un índice de mayor población. Y ya sabemos cómo les va a las palestinas.

En todas las guerras habidas en América central y del sur, han sido las mujeres, de nuevo quienes han pagado los peores precios, tanto si pertenecían a las guerrillas como si no lo hacían. Siempre capturadas, violadas e incluso asesinadas como “premio” de algunas batallas. Las mujeres mexicanas que siguen pagando con sus vidas la narcoguerra abierta desde hace años. Las colombianas o las panameñas, sin olvidarme de las salvadoreñas o las guatemaltecas y, mucho más recientes las mujeres chilenas detenidas y violadas por las llamadas “fuerzas del orden”.

Sí, al final, somos las mujeres y las niñas quienes peor paradas salimos de todas las guerras, porque en sí mismo el concepto de guerra es un concepto patriarcal y, seguramente, de virilidad mal entendida.

Lo peor de las guerras no es solo el número de personas muertas que produce. Quizás lo peor es la cantidad de mujeres muertas en vida que deja el conflicto.

Y no fue hasta el año 2000 cuando la ONU aprobó una resolución histórica, la 1325, que podría decirse que es el primer documento legal del Consejo de Seguridad que exige a las partes en conflicto que respeten los derechos de las mujeres y apoyen su participación en las negociaciones de paz y en la reconstrucción post-conflicto.

Hasta ese momento, ni una palabra al respecto. Como ciudadanas de segunda o tercera categoría, incluso para la ONU.

Desde el feminismo queda mucho por hacer, mucha pedagogía que desarrollar para que los derechos de las mujeres y las niñas sean respetados. Sobre todo en los conflictos armados y en las situaciones que de ellos se derivan. No podemos olvidar nunca que ninguna estamos a salvo de la barbarie de una guerra.

Seguiremos haciendo pedagogía y recordando que en estos conflictos armados quienes peor parte se llevan son las mujeres y las niñas. Y aunque sólo sea por eso, exigiremos una paz justa y mantenida, aunque cada día sea más difícil.

20/TMC/LGL

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