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¿Por qué lastimamos al personal de salud?

Por Guadalupe Sánchez Enríquez

En todo el mundo, la especie humana está siendo amenazada por un nuevo virus invisible que produce miedo. Derivado de medidas extremas de distanciamiento social: confinamiento en casa y cierre de toda actividad no esencial que implica pérdidas como el libre tránsito, el trabajo, la escuela, el entretenimiento y el deporte al aire libre, vivimos un impacto que causa un inevitable malestar social que se conoce psicoanalíticamente como una condición de trauma social.

Queremos comprender por qué en México se dan ataques al personal médico y de enfermería a pesar de los llamados a no discriminar y el contraste con Europa en donde se les aclama y aplaude como héroes y heroínas. El sociopsicoanálisis ofrece algunas explicaciones aún cuando no conocemos el perfil de quienes agreden ni sus antecedentes psicológicos o sociales.

La crisis actual causada por la COVID-19 es un período atípico, extremo y extraño; una situación que altera el estado emocional social produciendo angustia por el miedo a la enfermedad y a la muerte: a la muerte ajena y a la muerte propia, en la que nunca queremos pensar, a la que siempre negamos y reprimimos en la vida cotidiana. Resulta que la situación presente nos hace pensar en ella todos los días y a todas horas y está presente permanentemente en los medios de comunicación.

La dificultad viene de la resistencia de darle un lugar en nuestra propia mente, por lo que ocurre la fragmentación, la no integración en nuestro psiquismo y el rechazo absoluto, el cual se redirige a quienes pueden encarnarla como es el personal de salud. A la muerte, que es el peor de todos los males, agreguemos la información difundida sobre la forma de morir por el virus: con los pulmones colapsados, sin poder respirar, intubados, sedados, sin preparación, ni despedida, lo que nos coloca frente a tres períodos psicológicamente impactantes. El primero: la pre-muerte que deriva de la amenaza de que la vida peligra, lo que lleva al encierro para no enfermar ni contagiar. El segundo: el de la muerte en sí. La muerte se vuelve una realidad, la muerte propia, con un final sin poderse acompañar de seres queridos, los cuales no podrán despedirse, ni abrazar el cuerpo. Y tercero: la post-muerte, el manejo del cadáver, el dolor de un duelo abrupto y atípico y el vacío del ritual que se requiere para la elaboración de la pérdida.

Lo anterior, aunado a los efectos del “quédate en casa” que provoca sintomatología como insomnio, irritabilidad, tristeza, falta de concentración, desesperación y hasta violencia. Viene, entonces, la agresión exacerbada de ansiedad en contra del personal de salud que se inserta en una paradoja para algunas personas irresoluble: agredir y atacar a quien nos puede salvar como forma de escapar de la ansiedad y encontrar culpables. Psicoanalíticamente inferimos una desorganización mental como condición extrema de la angustia de separación en donde el único mecanismo de defensa es el paso al acto, al ataque directo y concreto, a la eliminación del agente del mal, que en este caso es el personal vestido de blanco que ha sido visibilizado de forma distorsionada como el objeto malo, disociando lo bueno de lo malo y sin la posibilidad de integrar esos aspectos, simbolizar y sublimar.

Estas maniobras resultan parecidas al “estado mental fascista” descrito por Christopher Bollas, el más primitivo estado de la mente humana caracterizado por un precario psiquismo parecido al que producen los traumas que descontextualiza, distorsiona y disocia debido a la fragmentación y al intento de la destrucción del otro. El personal médico y de enfermería representan el objeto malo de odio para la persona agresora, son quienes portan el mal en un acto de total impulsividad, irracionalidad y desesperación por la necesidad de auto preservarse y para procurar no ser “yo mismo el que muera”. El fenómeno va mucho más allá de una discriminación consciente. El hecho es más complejo por “lo inconsciente”, estructurado por el bagaje de la historia personal y socioafectiva previa y un carácter social determinado por la situación socioeconómica y cultural de la sociedad en que se crece.

En México, provenimos de una historia social de barbarie por violencia. La pandemia re-traumatiza esta angustia masiva; además, traemos una historia de maltrato por parte del personal de salud a las y los derechohabientes debido a la falta de recursos en el sistema público de salud y al desgaste físico y emocional diario.

Por lo tanto, la agresión, justamente se da en contra de las figuras protectores que podrían salvarnos en esta situación. Se trata de un estado interno desorganizado, sin la habilidad de discernir cuál es la fuente de peligro o cuál la de salvación, porque en estos contextos ambas pueden ser encarnadas en la misma persona como ocurre con las figuras cuidadoras que al mismo tiempo son figuras amenazantes. Socialmente también estamos observando respuestas narcisistas de dos tipos. Por un lado, una respuesta narcisista benigna y adaptativa a las distintas etapas de la pandemia que, aunque niega temporalmente lo que está pasando: “a mí no me va a pasar”, “yo no me voy a morir”, reta inicialmente, pero evoluciona y enfrenta eventualmente las señales de la realidad.

La segunda es una respuesta narcisista de tipo maligna, no adaptativa que es delirante, persecutoria, y que, según Freud, yace en los mecanismos más inconscientes de todos los seres humanos que implica una omnipotencia del pensamiento, con vivencias de daño, castigo y violencia que destruye. Desde nuestra perspectiva, el aislamiento social prolongado con su impacto económico, la influencia de los medios de comunicación que proyectan imágenes de personal médico y de enfermería quejosos, cansados o muriendo por contagio hacen sentir a la población todavía más vulnerable ¿podrán cuidar de mí? Según nuestra experiencia con las escalas del cuestionario de carácter social en grupos, consideramos que las personas con una historia biofílica y amorosa serán solidarios, cuidadosos de los demás y podrán tolerar con mayor fuerza el aislamiento.

En cambio cuando encontramos 3 ejemplos de respuestas violentas, la escala de desesperanza es la que califica más alta. Es decir, quienes tienen una historia de desesperanza y rasgos de personalidad negativos, serán más propicios a ser violentos y a lastimar al personal de salud: una respuesta en la que prevalece la desesperanza de poder cambiar la realidad. Esta es solo una aproximación que nos permite concientizar que en situaciones extremas nadie está exento de sentir desesperación y pasar inconscientemente a la agresión. Si no comprendemos esto, tendremos más miedo que generará más agresiones. También es una invitación a que es posible conscientemente tomar acciones balanceadas para “aplanar la curva de la discriminación”.

* Psicoanalista e integrante del Seminario de Sociopsicoanálisis A.C. Agradezco las contribuciones de mis colegas integrantes de dicha organización: Dr. Juan José Bustamente, Dra. Patricia Gónzalez y Dra. Angelica Rodarte.

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