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Ciudadanía cuidadora

Por Silvia López Estrada

Los cuidados incluyen todo lo que las personas llevamos a cabo para mantener, reparar y continuar el mundo en que vivimos, derecho fundamental orientado a la sostenibilidad de la vida. Esta definición de Joan Tronto es relevante porque trasciende el espacio de lo privado, considerado tradicionalmente como el ámbito de lo reproductivo y los cuidados.

La idea de la externalidad de los cuidados (o desfamiliarización) es central ya que, de ser individuales y exclusivos del ámbito familiar, han pasado a tener una dimensión colectiva y pública. Los cuidados se socializan en distintos espacios públicos y privados, y sobre todo se parte de la concepción de su corresponsabilidad entre mujeres y hombres, así como entre la familia, el estado y la sociedad, como actores a cargo de responder a las demandas sociales de cuidado.

Además de que los cuidados transitan por diversos espacios públicos y privados, también es importante considerar la dimensión individual y colectiva de los cuidados, y su relación y articulación con actividades que corresponden al ámbito de la producción.

En la dimensión individual podemos considerar todas las acciones de cuidado de niñas y niños que llevan a cabo madres y padres, la atención que hijas/os y otros familiares y no familiares pueden dar a las personas adultas mayores, dependientes y enfermas, ya sea sin remuneración o con ella; así como aquellas actividades de cuidado que se realizan en instituciones como guarderías, casas para personas adultas mayores e instituciones de salud, por personal remunerado.

A nivel colectivo se trata de las estrategias que un grupo de personas lleva a cabo para cuidarse de manera mutua en contextos específicos, ya sea en la familia, en el trabajo, en las instituciones, en asociaciones civiles, etc. Si bien las situaciones de cuidado han sido más estudiadas al interior de las familias, no ha sido así respecto de los cuidados en otros espacios públicos y privados.

Una extensa literatura ha dado cuenta de las redes globales de cuidado que se han construido con el trabajo de mujeres de los países del sur para satisfacer la demanda de cuidados de familias en los países del norte, cuyas mujeres están desarrollando sus carreras profesionales. Pero menos se ha dicho acerca de los cuidados que se brindan a las mujeres migrantes en el largo y sinuoso trayecto para llegar a los países del norte a cuidar a familias ajenas. Están por ejemplo, las caravanas de migrantes que viajan en colectivo para cuidarse unas a otros, sobre todo en el caso de las mujeres y las niñas y niños. También podemos mencionar las distintas organizaciones sociales que cuidan a las y los migrantes en sus trayectos, es por ejemplo el caso de Las Patronas, grupo de mujeres que en Veracruz, se organizaron para dar de comer a los migrantes en su paso hacia la frontera norte de México.

Entre otras experiencias colectivas, están también los cuidados que se prodigan en las asociaciones que se dedican a la búsqueda de personas desaparecidas. El derecho a cuidar y ser cuidado se

extiende como un derecho al cuidado más allá de la vida cuando las víctimas indirectas de feminicidios y desapariciones de mujeres, dedican su tiempo, esfuerzo a la búsqueda de sus seres queridos, y a la demanda de justicia ante el estado, y la reparación del daño.

Los cuidados se están llevando a cabo en contextos de amplia precarización laboral y de las condiciones de vida en un mundo globalizado. En general, los estados nación ofrecen escasas infraestructuras sanitarias y de otros servicios para satisfacer las demandas de cuidados de sus poblaciones. Las desigualdades sociales se han potenciado durante la crisis de Covid, y estas distintas experiencias expresan una confluencia de saberes, de conocimientos situados, en las que expresan conflictos pero también solidaridades que devienen en cuidados como una experiencia social que permite pensar en nuevos escenarios relacionales para los cuidados, sobre todo ante la falta de intervención estatal.

Como sabemos una característica fundamental de los cuidados es que son relacionales, en este sentido están atravesados por relaciones de poder entre quienes cuidan y quienes son cuidados. Por ejemplo, aunque se han documentado experiencias de maltrato y condiciones de explotación de trabajadoras domésticas, en donde las trabajadoras tienen que elaborar políticas personales para defenderse de estas situaciones, aunque otras veces acuden a los colectivos que defienden sus derechos laborales. Pero también existen situaciones donde se expresa la solidaridad entre patronas y empleadas, como sucedió en algunos casos cuando debido a la pandemia, trabajadoras transfronterizas que vivían en Tijuana, debieron quedarse en San Diego en casa de sus empleadoras, que las acogieron durante el tiempo que ellas decidieron quedarse a trabajar en esa ciudad, o bien las apoyaron cuando decidieron regresar a México con sus familias.

Visibilizar y reconocer los cuidados en distintos espacios en donde se construyen y desarrollan intervenciones individuales y colectivas es crucial porque que no solo tienen impacto en las condiciones materiales de las personas, sino en la producción de significados acerca de sus experiencias de cuidado. Se trata de acciones de cuidados, a veces recíprocas, a veces atravesadas por conflictos, que forman parte de resistencias cotidianas, institucionales y/ o comunitarias que constituyen sistemas de producción y reproducción de cuidados, y que interpelan a la globalización, y a la reproducción del capitalismo y del patriarcado, autores de políticas de descuido, que no atienden a las demandas de cuidado para el bienestar social.

Además de considerar que todas las personas tenemos derecho a cuidar y ser cuidados a lo largo de la vida, también es necesario considerar que el cuidado constituye una ética protectora, donde las personas se cuidan unas a otras. Se trata de una ética social en palabras de Joan Tronto, que requiere visibilizar y valorar el aporte del cuidado. Desde el feminismo, se trata de valorar el aporte particular que las mujeres hacen al desarrollo y el bienestar de los/as otros/as, así como una distribución equitativa del cuidado entre mujeres y hombres, pero también entre las familias, el estado, el mercado y la sociedad. Lo anterior implica transitar hacia una sociedad cuidadora, a un modelo de ciudadanía de los cuidados, que transforma a sujetos individuales en integrantes de la sociedad. Se trata de la “la cuidadanización” que propone Ángeles Durán, con base a principios de solidaridad y justicia que hagan posible la sostenibilidad de la vida.

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