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Ante migración masculina, mujeres se organizan en sus comunidades

Por Itandehui Reyes Díaz
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Hace ya tiempo el hijo, el hermano o el esposo de más de la mitad de mujeres de la región de Tierra Caliente en el estado de Guerrero, cruzaron la frontera para ir a trabajar a Estados Unidos; han pasado los años y muchas veces ya no se vuelve a saber de ellos.
 
En esta región históricamente expulsora de migrantes, las remesas han disminuido. Según el Inegi, en Guerrero 32 mil 72 familias recibieron remesas en el primer trimestre de 2013, cifra que en dos años ha disminuido 40 por ciento, pues en 2011 eran 53 mil 343 hogares los que vivían de envíos de dinero provenientes en su mayoría de EU.
 
En este contexto, la Asamblea Popular de Familias Migrantes (Apofam) ha impulsado un proceso organizativo en el que las mujeres son las protagonistas: ahora son ellas quienes trabajan a favor de cambios sociales que les permitan mejorar sus condiciones de vida.
 
María Luisa y Dominga, habitantes del municipio de Coyuca de Catalán, acudieron a la Segunda Asamblea Nacional de Familias Migrantes llevada a cabo en la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. Ahí contaron de qué manera la migración ha cambiado sus vidas.
 
ENCUENTRO CONSIGO MISMAS
 
Santo Domingo es un poblado habitado por poco más de 800 personas, en su mayoría mujeres y ancianos; pertenece a Coyuca de Catalán y está cerca de Ciudad Altamirano, corazón de Tierra Caliente. El río Balsas separa a la región del mismo nombre en el estado de Michoacán.
 
De allá viene Dominga Ortega Baltasar. Su papá fue bracero y su esposo migrante; él comenzó a viajar a EU desde hace 22 años, iba y venía cuando el “coyote” (traficante de personas) todavía no era tan caro. Desde hace ocho años, cuando su tercera hija cumplió un año de edad, Dominga ya no supo de él.
 
Gracias a su participación en la caravana “Abriendo puertas a la esperanza”, que encabezó el año pasado el padre Alejandro Solalinde en EU para demandar el cese de las deportaciones de migrantes sin documentos y apoyar una reforma migratoria, Dominga localizó a su esposo y cuando le dijo que iría a visitarlo, él condicionó su matrimonio: si ella salía de la comunidad él daría por terminada la relación.
 
Dominga no se detuvo y participó en la caravana, recorrió ciudades de México y EU, escuchó historias de otras mujeres y supo que no estaba sola.
 
“Mira, allá en algunos ranchitos los hombres son muy machistas; yo estaba a lo que dijera mi esposo desde lejos, si sales o no sales (…) ahora me siento más animosa y más activa, capaz de hacer muchas cosas, ahora siento que nadie me manda”, decía Dominga durante las reuniones de Apofam.
 
Según Mara Girardi, consultora en género y desarrollo, las relaciones de poder hombre-mujer influyen en la estructura del fenómeno migratorio: “Los hombres han podido emigrar porque hay una red de mujeres que se ocupa de cuidar a los hijos, los padres o suegros y el campo”.
 
El hombre puede irse y desentenderse del lugar de origen y con el paso del tiempo suele abandonar a la familia, agregó la especialista.
 
En este escenario las mujeres toman conciencia de sus propias capacidades. Ante la situación han impulsado la venta de productos artesanales: servilletas bordadas, semillas tostadas de calabaza, chocolate y dulces de ajonjolí o tamarindo.
 
El ingreso es complementario pues en la región, aunque disminuidas, las remesas siguen siendo la primera fuente de ingresos.
 
PRECARIEDAD EMOCIONAL Y VIOLENCIA
 
A 20 minutos en terracería desde Santo Domingo se encuentra Tario, de donde viene María Luisa Tapia Gómez. En el ranchito, como ella le llama, quedan 123 habitantes, la mayoría niñas, niños y ancianos.
 
Madre soltera, cuida de sus padres enfermos; cuatro de sus seis hermanos están en EU y de vez en cuando le envían unos cuantos dólares. Ella completa sus ingresos con ventas por catálogo, comida, bordados y raspados.
 
María Luisa relató que su localidad prácticamente está abandonada: “Muchos jóvenes también se están yendo por el clima de violencia, otros ya no vienen porque dicen que hay mucha delincuencia”.
 
La migración se vive con tristeza: los adultos se enferman de diabetes o depresión que ella atribuye a la separación familiar y la falta de empleo.
 
En septiembre de 2013, cuando los huracanes “Ingrid” y “Manuel” azotaron Guerrero, el río Balsas se desbordó: el 70 por ciento de las construcciones fueron afectadas.
 
Desde entonces, las casas de estas comunidades quedaron dañadas; algunas conservaron el techo, en otros casos las paredes siguen sin reconstruirse y en su lugar hay malla ciclónica; prácticamente duermen a la intemperie, lo que deja a las familias en manos de los grupos criminales.
 
Las mujeres deben tomar medidas de autocuidado ante los “toques de queda” impuestos por las bandas delictivas. A veces quedan atrapadas entre amenazas de grupos rivales: “Si das de cenar a los de aquél grupo te mató”. Entonces muchas tienen que cerrar sus negocios de comida.
 
Rodrigo Pineda Pineda, promotor comunitario de Apofam en Guerrero, también investiga la situación de los hombres de la comunidad de Santo Domingo que fueron deportados de EU.
 
“Estos jóvenes que se fueron teniendo 16 años ahora tienen 29 y regresan a la comunidad con un sentimiento de derrota muy fuerte, con cuadros depresivos”, explicó. Se refugian en el cristianismo, alcoholismo o drogadicción y quedan a merced de la violencia.
 
De acuerdo con el estadounidense Departamento de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), 241 mil 493 ciudadanos mexicanos fueron deportados en 2013; la mayoría (235 mil 93) mientras intentaban cruzar la frontera.
 
El endurecimiento de las políticas migratorias ha elevado los costos para cruzar la frontera. “Un coyote ya cobra hasta 7 mil dólares (cerca de 92 mil pesos mexicanos), impagables para una familia”, advirtió Pineda.
 
Pese a los obstáculos de violencia y precariedad, las mujeres no desisten en organizarse. Poco a poco han logrado abrir canales de diálogo con autoridades municipales y ahora con los tres órdenes de gobierno.
 
Ellas piden una preparatoria o una Casa de Cultura, “saben que para alejar a los jóvenes de la violencia es necesario darles un quehacer, enseñarles música, un oficio, estudio”, añadió Rodrigo Pineda.
 
La semana pasada Apofam reunió en el DF a más de 60 integrantes de comunidades de Puebla, Oaxaca, Tlaxcala y Guerrero, para realizar un diagnóstico compartido, intercambiar experiencias y encontrarse con representantes de gobiernos locales y federales para trabajar en las problemáticas relacionadas con la migración: inseguridad, precariedad laboral y falta de infraestructura.
 
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