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Aprendí el valor del perdón

Por Miriam González

“Pórtate bien y obedece a tu marido, porque con un hijo ya nadie te va a tomar en serio y si ese muchacho te aceptó es porque es un buen hombre”, eran las palabras que doña Caty le decía constantemente a su hija María, cada vez que tenía algún problema con su actual pareja.

María, una joven que desde pequeña fue víctima de la violencia, pues su madre tenía que trabajar para alimentar a sus hijos, delegaba responsabilidades del hogar a sus pequeños, sin importarle qué tan chicos estuvieran.

María, con tan sólo 6 años de edad, tenía que levantarse a las 6 de la mañana para preparar el desayuno de su madre, quien llegaba a las 7 de la mañana, después de haber ido por mercancía a la Merced pues tenían una pequeña tienda. También debía lavar una tina enorme de trastes y barrer la casa, todo antes de que llegará su madre. Si no lo hacía “me daba una golpiza con el cable de la máquina de coser y me dejaba marcada, porque mi madre decía que no quería flojas en su casa”, recuerda María.

Vivía con 8 hermanos y su padre, un hombre que era barrendero y con quién María tenía una relación estrecha, pues cada que no hacía las cosas bien a los ojos de su madre y ésta agarraba el cable de la máquina de coser, ella corría a esperar a su padre a la parada de camiones para que él la salvara de la golpiza. Sin embargo, era momentáneo, pues al siguiente día, antes de que se levantará, su madre le propinaba una golpiza aterradora hasta dejarla casi inconsciente.

María tenía 8 años de edad cuando, jugando con sus amiguitas, soltó una botella de vidrio que se estrelló contra el suelo un vidrio y un pedazo le cayó en el ojo izquierdo. Corrió bañada en sangre hacía la tienda, gritándole a su mamá, quien la miro y con un gesto de dureza la tomó por los brazos y la zarandeó diciéndole “escuincla mensa, mira nada más cómo estás, qué te pasó, vete a lavar la cara y no chilles…”

Después de un par de horas llegó su padre. Al verla bañada en sangre la tomó en sus brazos y corrió por toda la calle gritando “ayúdenme, mi hija se me muere”, hasta que un vecino lo llevó al hospital más cercano. Allí, María fue operada inmediatamente de su ojo, pues estuvo a punto de perderlo. Su madre se limitó a decirle “eso te pasa por desobediente y ni creas que te vas a salvar de no hacer nada. Ahora de castigo vas a ir a vender por las noches el pan”, recuerda María.

Ahora recuerda cómo fue pasando el tiempo, cómo crecía con las marcas, no en el cuerpo, sino en el alma de las golpizas que recibía y con una consigna clara en su cabeza: “las mujeres venimos a sufrir”.

A los 16 años tuvo su primer hijo, producto de su primera relación, pues un año antes se había juntado con un hombre tres años mayor que ella. Desde el instante que empezaron a vivir juntos, la agredía verbalmente y poco a poco físicamente. Decidió separarse de él a los 5 meses de nacido su bebé, regresó a la casa de sus padres.

Ahora tenía que trabajar para mantener a su hijo José, mientras su madre lo cuidaba. Con el transcurrir del tiempo, José cumplió dos años. Entonces María conoció a Manuel, un chico de su misma edad, hijo de familia, y empezaron un romance.

Su madre constantemente le repetía que no anduviera de loca, “porque con un hijo ningún hombre te va a tomar en cuenta” y si ese chico te está demostrando que te quiere, lo tomará en serio. “Como si yo fuera una loca, nunca tuve más novio que el padre de mi hijo, mi atención se centraba única y exclusivamente en mi bebé”, confiesa María.

Al cabo de un año de relación y harta de que su madre la tachara de puta, María decidió irse a vivir con Manuel, aunque la familia de él no estaba de acuerdo, pues querían para su hijo una mujer soltera sin hijo, como le recriminaba su suegra. María sufrió por mucho tiempo a sus suegros.

Doña Caty le “quitó” a su hijo y no permitió que se lo llevara. Otra vez su madre volvió a agredirla psicológicamente, pues hasta su muerte le recriminó que haya preferido a un hombre y no a su propio hijo.

Al año, María quedó embarazada y nació su primera hija. Una alegría enorme para su marido y su familia, y un calvario para ella, pues a pesar de estar inmensamente feliz por el nacimiento de su hija, a partir de ahí Manuel comenzó con la violencia verbal y física contra ella. No le permitía que fuera a ver a su mamá. Si acaso iba, era sin su permiso y regresaba antes que él. Era víctima de golpes e insultos, y a su vez ella descargaba toda su frustración en sus pequeñas hijas.

En ocasiones, los suegros tenían que meterse para que él ya no me pegara y mi suegra sólo decía “dejen de pelear enfrente de las niñas” o “María ya no hagas enojar a mi hijo para que no peleen”.

Si acaso se lo decía a mi madre, ella me respondía que aguantara, que era un buen hombre, porque me tenía viviendo en mi casa, no le faltaba nada a mis hijo y que problemas tiene cualquier matrimonio. De no ser así, no sería un matrimonio normal, o si prefería regresar con el padre de José, que era un desobligado.

Hoy María tiene 46 años y 5 hijos: José de 29 años, Marla de 25, Claudia de 23, Diego de 17 y Karina de 15 años. Aún vive con Manuel, pero la relación ha cambiado, ambos se respetan, atrás quedaron los golpes y los insultos. Después de una terapia en pareja, él comprendió su actitud y cada día lucha por borrar de la vida de María y de sus hijos tantos años de sufrimiento. Ella entendió que las mujeres deben respetarse a sí mismas y que al desquitarse con sus hijos, sólo reproducía el círculo vicioso de violencia.

“A mis hijas les hemos enseñado, su padre y yo, que no deben dejar que pisoteen sus derechos, que nadie tiene el derecho a agredirlas. Y a nuestros hijos, que deben respetar y agradecer el hecho de tener a una mujer a su lado. Todos hemos aprendido el valor de la palabra perdón”, confiesa María, con una mirada que muestra el valor de una mujer que decidió cambiar la violencia por amor y luchar por salir de un círculo de violencia familiar.

06/MG/GG

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