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Aún en la inequidad las mujeres rurales en Cuba

Por Sara Más
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La población rural femenina precisa de miradas y acciones enfocadas cada vez más sus realidades a nivel territorial, señalaron expertas y activistas cubanas.
 
“Hay una gran heterogeneidad en la mujer rural”, reiteró la geógrafa y doctora en Ciencias Luisa Iñiguez, al intervenir el pasado 2 de mayo en un encuentro de la Red Nacional de Organismos e Instituciones de apoyo a la Mujer Rural (Red de Mujer Rural), que coordina la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).
 
De acuerdo con la experta, “lo rural” no es una categoría única o absoluta, debido a la gran variedad de situaciones que existen a su interior, que necesita reconceptualizarse. Igual sucede con las mujeres rurales.
 
Ellas son 21 por ciento del total de la población femenina de Cuba, indican datos del último Censo de Población y Viviendas realizado en el país caribeño en 2012.
 
Esas mujeres rurales se emplean, fundamentalmente, en el sector agrícola como trabajadoras de Unidades Básicas de Producción Cooperativa (37 por ciento), en cooperativas agropecuarias (15 por ciento), y como pequeñas agricultoras y asociadas a cooperativas de créditos y servicios (14 por ciento).
 
Apenas llegan al 1 por ciento las vinculadas a sociedades mercantiles y 13 por ciento desarrolla distintos emprendimientos como trabajadoras por cuenta propia.
 
La investigación censal ubica al 56 por ciento en los quehaceres del hogar, mientras que 26 por ciento tenía trabajo, 6 por ciento buscaba un empleo porque el suyo lo había perdido e igual proporción era jubilada o recibía una pensión.
 
“Pero las mujeres rurales que se dedican a las labores domésticas también crían animales, cultivan en el patio, ayudan en las labores del campo”, señaló Teresa Amarelle Boué, secretaria general de la FMC.
 
“Por eso hace falta que salgan del anonimato. Son las esposas de los cooperativistas, pero merecen que se reconozcan sus aportes”, agregó.
 
En cuanto al nivel de escolaridad aprobado, 14 por ciento declaró que ninguno, 17 por ciento había cursado la primaria, 13 por ciento la secundaria, 23 por ciento el preuniversitario, 8 por ciento el técnico medio, y 6 por ciento el nivel superior. Sólo 1 por ciento había vencido el nivel de obrera calificada.
 
“Todos esos datos nos pueden dar una idea de esa heterogeneidad, pero incluso hay que ir más allá y ver qué pasa a nivel territorial, en los municipios y asentamientos, donde hay distintas condiciones de vida y se demanda atención diferenciada”, sostuvo Iñiguez.
 
El censo de 2012 arrojó, por ejemplo, que 14 por ciento de las mujeres rurales viven en caseríos o bateyes (espacios al interior de fincas o ingenios) de menos de 200 habitantes.
 
Es por ello que, a juicio de especialistas, la perspectiva central de la nueva ruralidad tiene su énfasis en la visión territorial, que no deja de lado las dinámicas sociales y de producción agraria del territorio, pero tampoco hace de ellas el eje exclusivo de análisis.
 
“Desde mi percepción, lo rural parte de los territorios, de los espacios físicos”, reiteró la economista Teresa Lara. “Y la población rural se define justo por ese lugar donde se vive y se reside de forma permanente, donde se hacen las actividades vitales”.
 
Entre las mujeres rurales ubica entonces a todas las que se desempeñan en los espacios rurales, ya sea por su profesión, ocupación, conocimientos y todo tipo de actividades. “La que se dedica al desarrollo agrícola, pero también la peluquera, la maestra, la que se encarga de la ayuda familiar, la médica o la jubilada”.
 
Sin duda, aclaró la economista, el desarrollo agrícola lleva a un mejoramiento del desarrollo rural, pero este último incluye muchos más aspectos, una mirada “más completa”, incluido el acceso de las personas –y en particular de mujeres– a la tierra y los recursos, a una salud y educación de calidad, a créditos y otras posibilidades financieras, a los puestos de decisión…
 
Por ello, junto al interés de incentivar un desarrollo rural con énfasis en lo territorial, que incorpore a diversos actores sociales en el impulso de las potencialidades locales, se busca empoderar a las mujeres allí, como actoras de su propio desarrollo, y frenar las brechas de género en los procesos de crecimiento económico local.
 
Una de las entidades que implementa una estrategia de género en el sector agropecuario es el Ministerio de Agricultura.
 
Julia Muriel, funcionaria de ese organismo, dijo que entre las principales desigualdades de género identificadas está el cumplimiento de roles tradicionales por mujeres y hombres, producto de una educación y cultura sexista.
 
También mencionó la segregación laboral por sexos, el menor acceso de las mujeres a puestos de mayor remuneración y decisión, así como las desventajas para ellas en el uso del tiempo, pues la distribución de la carga de trabajo en el hogar recae principalmente en las mujeres porque no hay conciliación en el ámbito reproductivo, ni en la atención integral a la familia.
 
Otro aspecto tiene que ver con la desigualdad en la participación política. “Este espacio ha sido tradicionalmente de los hombres”, sostuvo Muriel.
 
“El aporte de la mujer rural en el funcionamiento de la economía es grande. Pero hace falta visibilizar más sus aportes”, consideró Arelys Santana, segunda secretaria de la FMC, organización que coordina la Red de Mujeres Rurales.
 
La dirigente femenina reiteró la necesidad de que todas las entidades y organizaciones que componen la red dominen la Plataforma de Acción de la Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing, entiendan la necesidad de visibilizar el trabajo de las mujeres rurales, y pongan énfasis para que ese trabajo sea remunerado.
 
La red se propone fomentar la capacitación y preparación integral de las mujeres rurales para su participación en las nuevas oportunidades de empleo en el ámbito rural, en su promoción a cargos de dirección, así como en apoyar el mejoramiento de la calidad de vida de las mujeres rurales.
 
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