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Chile: el rudo trabajo de la niñez pehuanche

Por Redaccion

“Somos pehuenches, porque tenemos un mundo diferente. Por eso vivimos acá y no podemos ir a vivir a otro lado. No podemos dejar nuestra cultura, porque es la cultura que nos dio Dios”, dijo Luis, niño pastor, a Visión Mundial México.

Una delgada lluvia, acompañada a ratos de un viento helado que hace temblar hasta los árboles más grandes, golpea, pertinaz, la cara de un grupo de niñas y niños que camina por entre las empinadas laderas de la cordillera. El sol y la temperatura descienden de la mano. Las y los niños se arrebujan en sus abriguitos, las medias húmedas, los zapatos empapados de barro.

En Chile, casi 200 mil menores de edad –más de 1 de cada 20– trabajan para mantenerse y ayudar a su familia, según la Primera Encuesta Nacional de Actividades de Niños y Adolescentes. Ministerio del Trabajo. 2003.

Aunque esta cifra no muestra una participación masiva de las y los menores de 18 años en el mercado laboral, sí pone de relieve una situación que afecta a los más necesitados. De hecho, más de la mitad de estos jóvenes (107 mil) trabaja en condiciones inaceptables: no cumplen con la edad mínima legal para trabajar (15 años), no asisten a la escuela y trabajan más de las 40 horas semanales que establece la ley.

“Lo más importante es el pehuén (árbol sagrado)? es la araucaria… ese árbol nos da los piñones. El pehuén está lejos, allá en la montaña”, relató Luis. “En la veranada recolectamos los piñones para alimentarnos en el invierno”, agregó Karina. “La veranada es cuando todas las familias nos vamos a la montaña. Allá estamos desde diciembre hasta abril. Llevamos nuestros animalitos para que coman”, dijo Pedro.

UN DÍA DE TRABAJO

Pedro tiene doce años y sus obligaciones comenzaron a las seis y media de la mañana. De un fuerte silbido llamó a sus perros, que, sin la menor demora, comenzaron a sacar las cabras de los corrales. Una gruesa capa de escarcha, caída durante la noche, cubría el suelo. Un mate hervido y un viejo chaleco de lana, heredado de su hermano, parecían bastarle al niño para calentar el cuerpo y el ánimo.

En el sector agropecuario, sobre todo en el centro y el sur del país, donde se concentran las tierras fértiles, trabajan 25 mil menores de 18 años de edad. Siembran la tierra, venden los productos que cultivan y se dedican al cuidado y pastoreo de animales.

En este tipo de labores, los varones duplican en número a las niñas, situación que también se observa en las formas de trabajo infantil más peligrosas y exhaustivas, donde 4 por ciento de los niños y adolescentes chilenos prestan sus manos, en comparación con 1.9 por ciento de las niñas.

“Nosotros subimos a los pehuén para sacar piñones. Un pehuén es muy alto, puede medir treinta o cuarenta metros. Yo he llegado hasta la punta, hasta arriba. Hay que tener cuidado porque si uno se cae, uno se muere”, relató Ramón.

“Nosotros recogemos hartos [muchos] piñones…como una bolsa grande. La traemos a nuestra casa y nos dura todo el invierno. El piñón es el alimento de nosotros, de los pehuenches… Es rico, riquísimo”, dijo Karina.

“Nosotros también nos vamos con los animales a la veranada”, agregó Claudia. Las niñas pehuenches también colaboran con el pastoreo, cargan agua y realizan labores domésticas. Cocinan, lavan la ropa y cuidan a los hermanos pequeños. Así es Claudia, una niña de once años, que ya realiza a la perfección las labores de un ama de casa.

“A veces por cuidar los animales no podemos ir a la escuela. Nosotros vamos a la veranada en diciembre y bajamos en abril”, informó Luis.

En cuanto a la deserción escolar, una encuesta realizada en el 2003 encontró que 10 por ciento de los niños y niñas chilenos en edad escolar no asistía a la escuela, y que de ellos, 27 por ciento tenía algún tipo de trabajo remunerado, 19 por ciento se empleaba en labores domésticas y 54 por ciento se mantenía inactivo, dice la Primera Encuesta Nacional de Actividades de Niños y Adolescentes. Ministerio del Trabajo. 2003.

“Sí, en el invierno hay mucha nieve. Así de alto, como hasta la cintura. Yo, con mi familia, nos vamos a la veranada. Somos como diez”, señaló Luis. “Yo me levanto muy temprano. Terminamos muy cansados. Cuidamos todo el día los animales. Casi no podemos jugar”, afirma Pedro.

NÓMADAS Y POBRES

Chile es una nación multicultural: casi un 5 por ciento de la población pertenece a alguno de los ocho pueblos originarios. El grupo más numeroso es el de los mapuches (900 mil), seguido de los aymarás, los atacameños, los collas, los rapa-nuis, los huilliches, los kawaskars y los yaganes.

En el Alto Biobío, al sur de Chile, viven cerca de cinco mil pehuenches (un grupo mapuche), algunos en condiciones de pobreza extrema.

Este grupo practica una economía tradicional de subsistencia basada en circuitos nómadas estacionales: una parte del año la pasan en terrenos de “invernada”, a orillas de ríos y esteros, y otra, en lugares denominados de “veranada”, en las partes altas de la Cordillera de los Andes, dice la Revista Ambiente y Desarrollo.

“Yo comencé a los ocho años”, aseveró Luis. “Yo comencé a trabajar con los animales a los dos años. Aprendí solo y ahora cuido muchos chivos”, añadió Pedro. “Yo comencé a los cuatro años”, afirmó Ramón.

“A mí me da miedo cuando el león (el puma) se come las chivas. El león es grande”, puntualizó Ramón. “¡No! Es grande, pero no tanto. Pero las más peligrosas son las leonas con crías y con hambre. Pueden atacar a un niño”, manifestó Pedro.

“Yo los llevo (chivos) a comer tempranito y regreso con las ovejas a la casa como a mediodía. Voy solita, pero a veces me acompañan mis hermanas. Pero ellas son chicas todavía para cuidar los animales. Cuando cumplan cinco años me van a poder acompañar más”, aseguró Karina.

Las y los niños pehuenches participan de manera natural en las labores familiares. Muchos comienzan a trabajar a los 5 años (incluso antes), pero las familias consideran que esto no es sino contribuir en las labores domésticas.

El problema es que a veces dedican tantas horas al trabajo que no tienen tiempo para jugar y mucho menos para ir a la escuela. Se trata, entonces, de un tipo de trabajo infantil encubierto.

“Tenemos que trabajar en todo, en la leña, en el forraje, en los animales. A mí me toca cortar leña, también. Para buscar leña tengo que ir al cerro. Me demoro una hora en subir, luego la busco y la tiro para el bajo. Después la recojo y la arrastro. A mí me gusta cortar leña, porque sin leña no hay fuego ni comida y hace mucho frío”, Ramón.

Al final del día las siluetas de niñas y niños se dibujan contra la media luz del crepúsculo. Van de regreso a casa. Caminan despacio. A esta hora duele el cuerpo y lo único que quieren es dormir. El último en llegar es Pedro, y ya es de noche.

La familia se reúne alrededor del fogón. No hay electricidad, ni música, tampoco televisión; pero eso no importa. El calor del fuego y el vapor de la leche humeando en el caldero los acompaña. Toman mate y conversan. A las nueve de la noche todos duermen. Afuera, el viento y la lluvia golpean con fuerza las paredes.

Las y los niños que nacen en situación de pobreza extrema son los más propensos a incorporarse al mundo laboral a edad temprana. Esto es particularmente cierto en muchas comunidades indígenas rurales, donde la vulnerabilidad proviene no solo del ámbito económico, sino también del cultural.

En las zonas rurales, como en el Alto Biobío, el intercambio comercial no se hace con dinero, sino con el trueque de productos y servicios, pues las familias no tienen acceso al mercado formal de trabajo. Las y los menores de edad son vistos como miembros productivos de la comunidad y como responsables del bienestar familiar.

Las familias pehuenches consideran que las actividades domésticas y agrícolas son parte de las obligaciones de los niños y de las niñas. No es trabajo infantil, afirman, sino algo propio de su comunidad y de su cultura. Esto puede ser cierto, pero también es cierto que muchos niños abandonan la escuela y con esto echan por tierra la oportunidad de llegar mejor preparados a su vida adulta.

Finalmente, es necesario mejorar el nivel educativo de madres y padres de familia, para que entiendan que el trabajo infantil no es ni la mejor ni la única opción para salir de la pobreza.

Esta orientación debe ir acompañada de programas de capacitación (oficios, habilidades técnicas) que les permitan obtener nuevas fuentes de trabajo y depender menos de sus niñas y niños para la manutención del hogar, finaliza Visión Mundial de México, organización que es parte de la Confraternidad Internacional de World Vision, fundada en 1950 y que actualmente tiene presencia en más de 96 países en tres líneas básicas: desarrollo transformador; promoción de la Justicia, y prevención, emergencia y rehabilitación para responder ante desastres y conflictos en las regiones que así lo requieran.

07/GG/CV

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