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Chile: “Si es peruana, es nana”

Por Johanna Ortiz

“Oye, hermana, tú bien tranquila, ya estás en Tacna y tienes la plata, la muestras y pasas bien segura, sin dar explicaciones, vienes de vacaciones y ya está”. Así alentaba una peruana a una compatriota que estaba a punto de cruzar el paso Chacayuta, el principal control fronterizo entre Chile y Perú.

Habla la voz de la experiencia. Ella camina por la calle Catedral de Santiago, el epicentro de la migración peruana en Chile y da los consejos vía teléfono móvil.

La plata a la que se refiere corresponde a los 30 dólares diarios que deben acreditar los turistas que llegan a Chile. Las y los peruanas no necesitan visa, pero deben mostrar que cuentan con el dinero para solventar una permanencia de 90 días.

Una vez en Arica, el viaje continúa hacia la capital. A veces ya cuentan con una red de apoyo y, cuando no, saben que en el Instituto Católico de Migración encontrarán almuerzo por menos de un dólar.

También conocen que en la calle Catedral, justo en una de las esquinas de la Plaza de Armas de Santiago, hallarán tamales, ají de gallina, tarjetas telefónicas para llamar a familiares que dejaron atrás y, quizás, si tienen suerte, un dato de trabajo.

Porque ya existe un comunidad peruana en Chile. Según un estudio del Instituto Nacional de Estadística e Informática del Perú, elaborado en junio de 2005, 85 mil peruanos residen en este país. La cifra supera con creces los 39 mil inmigrantes del país de los incas que contabilizó el Censo realizado en Chile en 2002.

Al revisar los datos del Departamento de Extranjería y Migrantes del gobierno chileno, se aprecia que, mientras en 2003 se otorgaron 9.630 visas sujetas a contrato a ciudadanos peruanos, en 2005 llegaron a 15.300.

UNA NUEVA MIGRACIÓN

La llegada de extranjeros a Chile no es nueva. Décadas atrás fue alentada por los gobiernos para atraer colonos europeos a tierras deshabitadas. Sin embargo, ésta fue en pequeña escala y, por ello, sólo el 1.2 por ciento de la población que habita en el país es extranjera, como lo atestigua el censo de 2002.

Lo nuevo es que la migración ahora es económica y espontánea y, en el caso de las y los peruanos, ha alcanzado visibilidad, porque su arribo se ha producido en los últimos años y se concentra en Santiago, la capital. Se estima que más del 75 por ciento vive allí.

Lilia Núñez, directora de la Asociación Para la Integración Latinoamericana (APILA), explica a SEMlac que la migración de Perú a Chile debe entenderse como parte de las nuevas corrientes migratorias sur-sur y no como un caso particular.

Aunque no es posible predecir los flujos migratorios, Lilia explica que “sobre la situación peruana no se perciben cambios significativos. La aplicación del modelo primario-exportador y la liberalización económica y laboral, siguiendo el modelo chileno, se rebela como un gran expulsor de trabajadores”.

Ya que Chile es un mercado abierto, lo más probable es que continúe el flujo migratorio, aunque “la necesidad de encontrar trabajo conduce a que muchos inmigrantes no tengan otra opción que trabajar por escasas remuneraciones y bajo precarias condiciones que llegan a violar los estándares de derecho laboral”, según se lee en el Informe de Derechos Humanos de la Universidad Diego Portales 2006.

SI ES PERUANA, ES “NANA”

Vilma es una de las numerosas peruanas que pasea por Catedral el domingo. Llegó hace cuatro meses y trabaja como empleada, puertas adentro, en una casa particular. Relata a SEMlac que aquí gana el doble de lo que conseguiría en su país por la misma labor y que, además, allá no la contratan porque tiene más de 40 años y “prefieren a las jovencitas”.

Dice que hasta ahora le ha ido bien y que pretende quedarse. Es un poco reacia a hablar sobre el trato que reciben las inmigrantes, pero finalmente admite que “por lo que he escuchado, porque llevo poco aquí, son algo más déspotas las mujeres”.

Ella se refiere a las dueñas de casa, que son sus empleadoras. Vilma estuvo antes en Argentina y explica que allá “las señoras eran amables y cariñosas, hasta me sentaba en la mesa con las familias que trabajé, aquí tengo que estar como escondida”.

Vilma es parte de lo que se ha llamado la feminización de las migraciones, lo que “supone el aumento de la migración femenina y un cambio en su calidad. Ahora la mujer sale autónomamente a trabajar en otro país para mantener a su familia”, según aclara a SEMlac Carolina Stefoni.

Carolina es socióloga y académica de la Universidad Alberto Hurtado, autora de estudios sobre el tema. Para esta especialista, América Latina es una de las regiones donde más se ha feminizado la migración. Reflejo de ello es que, por cada hombre que llega a Chile desde Perú, arriban dos mujeres del mismo país.

Este fenómeno se relaciona estrechamente con los mercados laborales, porque ellas se concentran en trabajos precarios o con bajos sueldos, que son los que están disponibles, detalla la investigadora.

Al ser consultada por el trato que reciben las migrantes en Chile, Stefoni asegura que el “hecho de que el 70 por ciento de las peruanas esté trabajando en el servicio doméstico es el mejor indicador de la discriminación”.

Y ello ocurre aún cuando los años de escolaridad de las mujeres peruanas son mayores que los de las chilenas, en el mismo campo laboral, porque la mayoría de ellas ha completado su enseñanza secundaria, lo que no ocurre con las trabajadoras de casa particular o “nanas” chilenas.

OPORTUNIDAD, NO PROBLEMA

Si bien la migración peruana en Chile es novedosa, su impacto ha sido muchas veces sobredimensionado o sesgado. “Las noticias sobre migrantes trasmitidos por la prensa ocultan, por lo general, el aporte que hacen los extranjeros al desarrollo nacional del país que lo acoge, alimentando con ello un cierto chauvinismo”.

Así lo ve Lilia, de APILA, y Carmen Sarsoza, del Grupo de Mujeres Migrantes de Estación Central coincide con ella. “No suele verse a la migración como una oportunidad para alimentar la cultura, y mientras no haya un discurso desde las autoridades que destaque cómo se enriquece la sociedad con la inmigración, se seguirá viendo como un problema”, asegura Sarsoza.

“La migración peruana recibe un trato distinto al resto de los latinoamericanos, antes pensaba que era una exageración, pero ahora con los testimonios que he escuchado… Los y las peruanas se sienten como sin derechos y por eso forman sus ghetos, para protegerse”, precisa.

Ella conoce muy bien estos grupos, porque trabaja con mujeres que viven en “cites”, casas antiguas con muchas piezas que pueden albergar a 30 ó 40 familias y ¡con un sólo baño!

Pero Chile no siempre es el país de oportunidades que las y los migrantes tienen en mente. La realidad es que, muchas veces, llegan para acrecentar la cifra de pobres locales.

“Por las necesidades económicas, las mujeres vienen sólo a ganar plata, a nada más, es difícil que se organicen y luchen por sus derechos, incluso a costa de su salud”, sentencia Sarsoza.

07/JO/GG/CV

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