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Cumple dos meses plantón de 37 mujeres desalojadas de ejido

Por Sandra de los Santos Chandomí

Con los pies descalzos y la esperanza de regresar al ejido Espinal de Armadillo municipio de Ocozocoutla, de donde fueron desalojadas el pasado 23 de julio por elementos de la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y Seguridad Pública, 37 mujeres esperan en la explanada del auditorio municipal que se haga justicia.

Son ellas las únicas que se quedan en el campamento, instalado tras el desalojo. Los hombres se trasladan a la ciudad capital para buscar un trabajo temporal que los ayude a sostenerse mientras recuperan sus milpas, que dejaron en el ejido Espinal de Armadillo, donde vivieron por más de cinco años, sin que nadie los molestara.

La mayoría de las mujeres tienen los ojos rojos y no a causa del humo del fogón, porque a ese ya están acostumbradas, es porque se han contagiado de conjuntivitis y hasta ahora no han recibido atención médica porque el único hospital de Ocozocoutla perteneciante al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) se niega a atenderlas.

Cada una recuerda lo que pasó la madrugada del 23 de julio, cuando elementos de la AEI y Seguridad Pública llegaron acompañados del supuesto dueño del ejido Espinal de Armadillo, Gustavo Rodríguez para desalojarlos.

“Primero se llevaron a todos los hombres, se los llevaron con engaños les dijeron que iban a hacer mesas de trabajo en la cabecera municipal, a nosotras nos decían, váyanse, váyanse sólo queremos a los hombres” cuenta Zeneyda, una de las afectadas.

Después que se llevaron a los hombres, los policías amenazaron con quemar las casas si no las desalojaban, según cuentan estas mujeres, les dieron 10 minutos para llevarse a sus hijos y sus cosas, pero algunas no alcanzaron a llevarse nada.

” Todo se les quedó, las gallinas, los borregos, ahí los iban matando en nuestra cara, ni bien nos habíamos ido y ya los estaban haciendo para comérselos” continúa relatando Zenayda.

Varias mujeres se opusieron al desalojo defendieron su trabajo de varios años con lo que pudieron, pero al final de cuentas tuvieron que ceder no por gusto ni por falta de resistencia, sino porque iba de por medio su integridad y la de sus hijos.

Eva Díaz fue una de esas mujeres, aferrada a un garrote amenazó a los policías con golpearlos, si no se iban, pero la respuesta que obtuvo es que si continuaba adentro de su casa los policías iban a entrar a violarla a ella y a sus cuatro hijas, por lo que decidió dejar todo su patrimonio.

Irma Esteban de 23 años de edad y con su hijo de apenas tres meses tuvo que dar un costal de frijol y un borrego –todo lo que tenía- a cambio de que un policía “no le hiciera otro hijo”, cómo él mismo le dijo.

Refugiadas en un una carpa de nylon y cocinando frijoles y arroz en fogones de leña, Zenayda, Eva, Irma y otras mujeres cuentan todo esto, lo dicen con mucha claridad y es que como bien dicen “son cosas que nunca se puede una olvidar”.

Ahora sus hijos tienen gripa, tos, fiebre, conjuntivitis y por si fuera poco tienen hambre, los fuertes aguaceros les han caído sin que nada los proteja, están al intemperie, durmiendo parados.

Hasta ahora estas mujeres continúan esperando una respuesta de las autoridades estatales a quienes ya les dieron muestras de que el terreno del ejido Espinal de Armadillo les pertenece, esperan que el poder judicial haga algo por los atropellos que se cometieron durante el desalojo y que la Comisión Estatal de Derechos Humanos, donde ya emitieron su queja, también haga lo suyo.

Pero, mientras estas respuestas llegan la situación sigue empeorando, son más las y los enfermos.

Hace dos semanas tuvieron que trasladar de manera urgente a María del Carmen Gómez Orozco al hospital ya que estaba a punto de parir en pleno campamento, su hijo ahora se encuentra estable de salud, pero ella continúa internada porque tiene una hemorragia que aún no le logran controlar.

Estas mujeres se han convertido en jinetes de la adversidad que se están rifando la vida en juego de azar, pero están seguras que lo van a ganar, así lo dicen y así lo demuestran, cada vez que pasa una lluvia y vuelven a levantar lo poco que les queda, esperando el momento que puedan regresar a sus tierras.

2003/SSCH/MEL

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