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El mejor tesoro

Por Cecilia Lavalle

Mi primer largo viaje fue a Roma, a la Roma de Marco Tulio Cicerón. Recuerdo que disfruté enormemente pasear sus calles, recorrer sus mansiones, visitar sus templos, recargarme en una de las imponentes columnas para, desde ahí, mirar a la gente transitar ocupada. Pero lo que más gocé fue escuchar los apasionados alegatos de Cicerón, un hombre que creía a pie juntillas en el valor de la justicia. La columna de hierro, de Taylor Caldwell, fue el boleto que me llevó a ese viaje maravilloso cuando tenía unos 14 años. Fue el primer libro tamaño bloque de construcción que leí. Fue también el primero que leí por puro gusto. Fue también el que me abrió una puerta a goces y compañías y lágrimas y abrazos que nunca había imaginado.

Soy una lectora tardía. Y, bien a bien, no sé cómo logré serlo. Mi madre no era lectora, salvedad hecha de la revista Vanidades que en realidad coleccionaba número tras número muchas veces sin abrir. A mi padre lo veía leer ocasionalmente, y por lo general se trataba de libros de historia. Le interesaba particularmente la Segunda Guerra Mundial. De modo que no había mucho por donde relacionar lectura con placer o entretenimiento. Luego, en la secundaria, tuve maestras de literatura gracias a las cuales, sin lugar a dudas, hubiera podido dedicarme a cualquier otra cosa menos a lo que tuviera que ver con las letras. Sus clases eran tan amenas y entretenidas como un informe presidencial de Miguel de la Madrid. Y de igual cualidad eran los libros que obligadamente teníamos que leer. Pese al entrenamiento recibido para ser lo que ahora se califica como analfabeta funcional, no recuerdo cómo, ni a cuenta de quién, un buen día cayó en mis manos La columna de hierro, y simplemente me atrapó. A partir de entonces he viajado muchas veces, he amado a muchos amores, he gozado con muchos amantes, he llorado muchas muertes, he sufrido muchos abandonos, he reído a todo pulmón y he derramado lágrimas como una Magdalena. Y no obstante todos los mundos que me han regalado distintos libros, no encuentro en ello el mejor tesoro de la lectura. Mi mejor tesoro fue el placer de leerles a mi hijo y a mi hija. Recuerdo que llegaba la noche, y ya en sus camas destinaba una media hora para leerles en voz alta algún cuento. Comencé a hacerlo con la intención deliberada de que algún día fueran lectores, pero de inmediato se convirtió en un espacio de privilegio para estar juntos, viajar a los mundos creados por la imaginación del autor o la autora de libro en turno y, especialmente, abrazarnos antes de dormir.

Ahora ambos son adolescentes, y ya no leemos juntos; es más, temporalmente todo parece indicar que como forjadora de lectores estaría a punto de ser despedida. Mi hijo en cuanto pisó la adolescencia se interesó por mil cosas que hasta el sol de hoy no han incluido a los libros. Y mi hija, también ya en las filas de la adolescencia, de vez en cuando lee, pero los libros pasaron a un quinto o sexto lugar de preferencias, y van a la baja.

Yo sigo siendo una lectora tardía: no he leído ni la cuarta parte de lo que debo, ni la mitad de lo que quiero; pero eso sí, soy felizmente una lectora que sigue viajando y atesorado en el corazón algunos de los mejores abrazos que me han regalado los libros.

03/CV/GMT

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