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El seminarista y mi primera relación sexual

Por Cuicuizcatl (golondrina viajera)*

Yo tenía 31 años, y fue con un seminarista. Llevábamos cuatro años de relación. El primer año, él había pedido un tiempo de prueba, lejos del seminario, para discernir su vocación, medio fuimos novios. Luego decidió recluirse nuevamente, pero no estaba seguro. Nos veíamos en sus vacaciones…

Sabía que era una relación ambigua y difícil; yo sufría mucho, pero no podía dejarlo. Él decía quererme, pero no se decidía nunca. Ni estaba de lleno en el seminario ni estaba de lleno conmigo. Entonces decidí “jugármela”, tener relaciones sexuales. Si después de eso él seguía con su idea de ser sacerdote, entonces lo dejaba en paz. Si decidía colgar los hábitos y formalizar conmigo, entonces yo iba a ser la mujer más feliz del mundo…

A continuación, transcribo algo que escribí sobre nuestro encuentro más bello:

“Era el 10 de enero de 1998, recibí por la noche la llamada de José Alberto. Estaba de vacaciones y quería verme.
De nuevo me fui de pinta. Todo mi ser palpitaba con fuerza por su presencia. Él también, pues salió a encontrarme antes de la hora y de llegar al lugar acordado. Nos sentamos en un parque y platicamos un buen rato. Por “milésima” vez me dijo que no estaba seguro de su vocación…

Ahora fui yo la que tomé la iniciativa. Sin rodeos le propuse tener relaciones con él. Al principio se desconcertó, pero luego se puso feliz y me tomó la palabra enseguida.

Cuando puse el cerrojo a la puerta de la habitación del hotel creí que estaba soñando. ¡José Alberto y yo solos, en un espacio cerrado, seguro y sin interrupciones, con muchas horas por delante para dar rienda suelta a toditito lo que desde hace tanto pugnaba por salir! Apenas lo podía creer. Se sentó en la cama y me quedé parada entre sus piernas. Estuvimos así un rato, mirándonos en el espejo. Finalmente sugirió que nos quitáramos la ropa.

Me sentí reina cuando se abalanzó sobre mí en esa cama inmensa. Me encantó sentirlo desnudo, suave, tan frágil y tan fuerte a la vez. Me sentía extasiada acariciándole su pecho velludo, contemplándolo desnudo, sintiéndolo encima, debajo y dentro de mí.

Hubo muchos detalles que demostraron nuestra falta de experiencia, pero era lo de menos: José Alberto tenía muchas fantasías y a mí me encantó complacerlo en todo lo que me pedía… y pedirle una que otra cosa también. ¡Me sentí tan plena entre sus brazos! Con la libertad de expresarlo todo por fin, con mi cuerpo y con mis palabras. Hablamos mucho con groserías. Lo disfruté.

Con José Alberto me sentí plena, realizada, feliz. Mi cuello estaba derechito como nunca y, por primera vez en la vida (Como diría el Dr. Ortiz) “me dejé fluir”. No me importó si estaba gorda, no me importó el reloj, no me importó si cometía pecado. Era lo máximo sentirme viva y palpitante a su contacto… y descubrirme mujer que ama y que vibra. Por fin me di la oportunidad de destapar el volcán y dejarlo estallar con toda su fuerza… y gozarme con ello.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos allí, al parecer fue toda la mañana. Sin embargo, la despedida fue débil. En la calle, junto a la entrada del metro, apresuradamente, sin apapachos, sin un “gracias” o “te quiero”, como si nos fuéramos a ver al día siguiente. Pero al voltear la esquina, sola, tomé conciencia de la separación y se me partió el corazón. Se abría la posibilidad de no verlo nunca. En el gozo de sentirlo tan cerca se mezclaba el sabor agridulce de un distanciamiento definitivo, y no sabía cómo manejarlo.

Eso sí: mi despertar como mujer y el fuego encendido en el corazón nadie podrá arrebatármelo jamás…”

Pasaron cinco meses. Él seguía en el seminario fuera de México y no había vuelto a llamar ni a escribir. Se acercaba el 4 de julio. Un compañero suyo, Rubén, a quien también conocí en el seminario, se iba a ordenar de sacerdote en México, y José Alberto vendría a la ceremonia. Yo esperaba, ansiosa, verlo otra vez….

“Llegó el mes de julio. Llegué, como tanta gente, a una iglesia engalanada… La ordenación sacerdotal de Rubén fue una ceremonia hermosísima, de varias horas, donde confirmó ante la comunidad su certeza de dar la vida en una consagración a Dios renovada día a día en el servicio y la oración. Rubén estaba radiante. Su alegría serena de 1993 se había transformado en una sonrisa inmensa, amplísima, que apenas le cabía en el rostro.
Unos días antes, cuando me entregó la invitación, le pregunté: Y José Alberto, ¿Cuándo se ordena? Se puso serio y respondió: Él tendrá que esperar bastante todavía. Tiene que trabajar mucho su castidad.

Supe que eso tenía que ver conmigo y con nuestro reciente encuentro íntimo, pero no me sentí culpable. Pensé: A mí lo bailado nadie me lo quita. Y él me buscó… Además, fue la prueba de fuego. José Alberto tenía que definirse: si de verdad me quería tanto como decía, después de la experiencia podía haber colgado los hábitos y regresarse. (¿De qué no es capaz un hombre realmente enamorado?) Esa era mi fantasía, pero la realidad era otra. Regresó a su seminario y no había vuelto a llamar ni a escribir. Entonces, si después de un encuentro tan intenso como el que tuvimos decidió seguir, tenía que luchar por su vocación, y luchar en serio, y yo ayudarle.

La ordenación de Rubén me removió todo lo del noviciado y las profundas ceremonias de votos perpetuos de las religiosas: tantos rostros llenos de luz, que irradiaban a Dios, que yo había conocido y conocía. El seguimiento radical a Cristo era una realidad gozosa para quien se comprometía de corazón, para toda la vida. Miré a José Alberto vestido de acólito en la ceremonia. Finalmente estaba en su camino; había superado el año de prueba, había regresado.

Y antes de que me lo dijera ese día yo lo sabía por su conversación, por cómo estaba enfocando todo. Entonces decidí, ante el sagrario de la iglesia engalanada, que si de verdad quería ayudarlo tenía que quitarme definitivamente de en medio. Ya era hora de dejar a un lado nuestras ambigüedades…

Al final de la ceremonia me acerqué, lo saludé y le dije con firmeza: Vengo a pedirte que no me hables, que no me busques más; yo tampoco lo haré. No hubo más palabras. Le di la espalda y caminé sin voltear la cara. Me costó sangre…”

Años después, supe que José Alberto nunca fue sacerdote. Se salió del seminario y se casó.

* Autobiografía de una mujer en su búsqueda por una vida libre de violencia. Fragmento del texto Entre mi máscara y mi espejo, publicado bajo en pseudónimo de Alicia III, en Mujeres Latinoamericanas. Religión, Espiritualidad, Pecado, Cuerpo y Sexualidad”. Documentación y Estudios de Mujeres, AC (DEMAC). México, 2001
07/C/GG

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