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El señor Gutiérrez

Por Ámbar*

Hay tres olores que desde pequeña me han resultado absolutamente intolerables, incluso nauseabundos: saliva, aliento alcohólico y cigarro. Esto viene a cuento porque hoy quiero hablar de un personaje que estuvo presente en mi vida de los cuatro a los siete años y medio: el señor Gutiérrez.

Cuando era una niña de cuatro años, el famoso señor Gutiérrez era un anciano de más de setenta. Viejillo de estatura baja, de piel morena, flácida y llena de arrugas. Tenía una papada protuberante que le temblaba a la menor provocación. Un tic que lo obligaba a hacer un guiño con el ojo izquierdo en forma intermitente, al mismo tiempo que su boca hacía una mueca desagradable.

Lucía unos bigotes entre grises y amarillentos por el tabaco, excesivamente gruesos, que a mi se me imaginaban espinas de chayote.

Tenía barba cerrada que no afeitaba con mucha frecuencia. No me gustaba saludarlo de beso, pues aparte del aliento alcohólico mezclado con cigarro que despedía, sus dientes tenían ese desagradable color amarillento que denotaban a un gran fumador.

Cuando me obligaban a saludarlo, decía yo: No, porque está espinoso.

El señor Gutiérrez siempre vestía igual: camisa blanca, pantalón de casimir negro y un suéter negro o gris oscuro, de cuello en V, abotonado al frente y con dos bolsas.

Tanto las bolsas del pantalón como las del suéter, siempre las traía llenas de dulces.

Tenía una característica peculiar: sólo obsequiaba dulces a niñas que tuvieran entre cuatro y nueve años. A las que estaban fuera de ese rango, las ignoraba olímpicamente. Y a los niños, ni siquiera se dignaba verlos. Siempre me pareció que sentía aversión por ellos.

Ya he hablado antes de la tía Gaby, quien hizo oficios de madre conmigo. Tía Gaby tenía en esa época 63 años. Desde que era una niña de diez años, mi tía trabajó como nana. El señor Gutiérrez era su patrón. Mi tía, ya jubilada de sus oficios de nana, se fue a vivir con mis padres y hermanas, unos cuantos días antes de que yo naciera. El señor Gutiérrez llegaba a casa de mi tía cada mes, y permanecía ahí una semana completa.

Este señor, además de obsequiar caramelos a las niñas, las atraía con la promesa de regalarles toda clase de baratijas. Como su visita era mensual, les preguntaba: ¿qué quieres que te traiga la próxima vez que venga? Era obvio que las niñas se daban vuelo haciendo sus pedidos al señor Gutiérrez.

Le pedían anillos, aretes, pelotas, globos, cazuelitas y jarritos de barro. Él por iniciativa propia, también nos obsequiaba con prendedores de pésima calidad, cuerdas para saltar, llaveros, cajas de crayones, libritos para iluminar y otras cosas que ya no recuerdo. En esa semana que permanecía en casa de mi tía, un día lo destinaba para ir a la ciudad de Puebla, regresaba con camotes para todos y cazuelas, salseras, ollitas y platos de barro para las señoras que vivían en la casa.

Es curioso, pero ahora que recuerdo, mi madre tenía una gran fascinación por ese señor. Creo que siempre se sintió sexualmente atraída por hombres mucho mayores que ella. Su marido era quince años mayor y el señor Gutiérrez era treinta años más viejo que ella. Lo que dijera o hiciera ese señor, era sagrado para mi madre. Por eso le parecía un crimen que yo sintiera aversión por él.

La casa era una vecindad donde habitaban siete familias. Existía un ambiente casi familiar. Las señoras se hablaban en diminutivo. En orden alfabético sus nombres eran: Chabelita, Chuchita, Elenita, Esthercita, Marthita, Petrita y Socorrito.

Cuando llegaba el señor Gutiérrez a casa de mi tía se organizaban unas tertulias únicamente con las señoras. Él las invitaba todas las tardes a probar una botanita y a tomar una limonada. La limonada consistía en una mezcla de licor con refresco de limón.

Las aficiones del señor Gutiérrez. Aprovechando la alharaca que armaban las señoras con sus pláticas y risas, pues al final se ponían tan alegres que terminaban contando chistes colorados que festejaban con estruendosas carcajadas, este señor me cargaba y me sentaba en sus piernas. Me besaba en la boca con ese aliento alcohólico que tanto me repugna aún ahora y llenaba mi cara con su saliva.

Me abrazaba fuertemente contra su cuerpo, al tiempo que su respiración se hacía muy agitada. Después de cerciorarse de que las señoras seguían muy entretenidas, metía su mano debajo de mi vestido y empezaba por acariciarme los muslos, mientras decía: Ay que bonitas piernitas tiene esta muchachita; posteriormente metía sus dedos índice, medio y anular dentro de mi calzón y estimulaba mi vulva.

Es obvio decir que me irritaba terriblemente ese contacto. Me desagradaba. Por último, abría bruscamente mis labios mayores y menores e introducía su dedo medio dentro de mi vagina, haciendo un movimiento circular dentro de ella.

Recuerdo que en varias ocasiones, después de estar en las piernas del señor Gutiérrez, la comida me producía náuseas, vomitaba y mi temperatura se elevaba a más de 39° C. Mi madre se sorprendía de esta fiebre, que para ella no tenía ningún motivo, que aparecía y desaparecía de una manera tan súbita como inesperada.

Cuando tenía la fiebre tan alta deliraba con monstruos, con aves de rapiña que desgarraban mis brazos y piernas, con animales ponzoñosos que invadían mi cama. Veía verdaderos ríos de cucarachas, arañas y alacranes enormes que caminaban hacia mí, y me sentía paralizada de terror, de manera que no había la más mínima posibilidad de escapar. Despertaba bañada en sudor y con taquicardia.

Después de esas ingratas visitas del señor Gutiérrez empecé a presentar trastornos del sueño, de alimentación y enuresis. Mi madre decía que a partir de los tres años de edad yo tenía un perfecto control de esfínteres las veinticuatro horas del día. Y de pronto, entre los cuatro y cinco años, empecé a mojar la cama nuevamente, casi hasta los nueve.

Ambos progenitores eran tan indiferentes o ignorantes, que lejos de ponerse a investigar el motivo de tan brusca modificación en mi comportamiento, tenían un motivo adicional para golpearme todos los días por mojar la cama.

A los siete años y medio se terminó la tortura a la que me sometía el señor Gutiérrez. Y fue de manera inesperada, pues mi tía tuvo un fuerte disgusto con mi padre y decidió abandonar la casa familiar.

Se mudó casi enfrente de la escuela a la que asistíamos mis hermanas y yo, para tener la oportunidad de vernos con frecuencia, pues a la hora que daban el timbrazo de salida, ella se asomaba a la puerta de la vecindad en que vivía, para esperarme e invitarme a pasar un rato a su casa.

El señor Gutiérrez siguió visitando a mi tía en su nueva casa. Yo ya no estaba dispuesta a verlo más. Así que desaparecía de su casa la semana que llegaba el señor. Cuando tenía nueve años, el señor sufrió un derrame cerebral que lo dejó hemipléjico y sin poder hablar.

Después de algunos meses, y dos eventos vasculares más, murió cuando ya había cumplido los diez años. Me sentí a salvo con su muerte. Para mi madre, fue una verdadera tragedia.

Esta historia estaba aparentemente enterrada y olvidada. Sin embargo, salió a flote un día que accidentalmente encontré una fotografía en la que estamos las tres hermanas con el señor Gutiérrez. Él está al centro de la foto. A su derecha, mi hermana Olivia, a su izquierda, Adelaida. Yo estoy entre las piernas del señor, y me tiene aferrada con sus manos sobre mis brazos. Al ver la fotografía, involuntariamente empecé a derramar lágrimas y a recordar todo lo sucedido con él.

*La autora creció en México con violencia gracias a la Literatura fue cerrando sus heridas

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