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Isadora Duncan

Por Erika Cervantes

Muchos son los oficios que la humanidad le ha “permitido” a las mujeres, entre algunos están el de cocineras, cultoras de belleza o estilistas, costureras, algunas pintoras o bailarinas, pero cuando ellas han innovado sobre los cánones de dicha disciplina se convierten en revolucionarias. Como Isadora Duncan, que se atrevió a romper con las ataduras de la danza.

Dora Ángela Duncan, conocida posteriormente como Isadora Duncan, nació el 27 de mayo de 1878 en San Francisco, California. Su padre, Joseph Charles Duncan, fue arrestado algún tiempo más tarde, por estar aparentemente involucrado en un fraude bancario.

Debido a este percance y a la insistencia de su madre en divorciarse, Isadora abandonó la escuela a los diez años para impartir clases de danza a esa corta edad y contribuir a los gastos de la familia.

Mientras tanto, la madre luchaba para mantener a su familia dando clases privadas de piano y se encargaba personalmente de la educación de su hija. Le enseñaba la cultura clásica griega, el gusto por la música culta, la introdujo al paganismo y a un concepto muy avanzado de la femineidad.

Todo eso configuro el espíritu libertario de Isadora, que iba sola a la playa a crear movimientos con sus manos y pies, a jugar con las olas y, así, desarrollar la belleza de su cuerpo.

Isadora mantuvo siempre una postura ante la vida a contracorriente: se consideraba atea, practicaba el amor libre y manifestó una opinión positiva acerca de la Revolución Rusa. Y en su estética, reivindicó el culto, el rito y la naturaleza del cuerpo.

Tal como fue la enigmática personalidad de la ninfa. Su amor por el arte rebasó su propia existencia, pues jamás permitió que la pareja, la familia o las necesidades económicas obstaculizaran sus planes de ”hacer la revolución” en la danza.

En la adolescencia Isadora se interesó en la literatura y filosofia. Basada en la imaginería romántica de Keats, el realismo poético de Whitman y la crudeza de Nietzsche, forjó su propia teoría de la danza.

Desde 1897 estudió los movimientos de la danza griega en jarrones de la época clásica conservados en el Museo Británico de Londres. Basándose en esta investigación, montó su primera coreografía que presentó en Londres y varias ciudades europeas. A los 17 años viajó a Nueva y a los 19 años, conoció al dramaturgo Augustin Daly, quien en su compañía de danza le abrió las puertas para presentarse en varios escenarios.

El resto fue una sucesión de asombros, incertidumbres y éxitos. Los críticos no soportaban ver a una mujer irreverente que bailaba descalza, con una túnica y sin maquillaje, pero admitían que en su danza había un arte original y apasionado.

El éxito obtenido en Inglaterra le abrió las puertas de los principales teatros europeos, recorriendo Francia, Italia y Grecia; Allí en 1902 compra cerca de Atenas la colina de Cópanos, para establecer un templo de la danza, proyecto que no concluyó por cuestiones económicas. También realizó actividades de beneficencia.

En esa década, transgredió también las reglas de la maternidad y tuvo a dos hijos sin casarse. Pero en 1913, la tragedia llegó a su vida pues los dos niños, Deidre y Patrick se ahogaron en el Río Sena en medio de un accidente automovilístico. Durante mucho tiempo, Isadora estuvo fuera del escenario: la pena realmente la había doblegado, cayó en el alcoholismo, pero se recuperó para avivar su romance apasionado con la danza.

Isadora murió ahorcada el 14 de septiembre de 1927, un año después de haber publicado su autobiografía, cuando su larga y vaporosa bufanda se enredó en la llanta de su auto. Nos heredó, las bases de una danza que se alejó de lo clásico y de las técnicas de enseñanza tradicional.

2004/EC/MR

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