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Josefa Ortiz, heroína de la Independencia

Por la Redacción

El 16 de septiembre, al recordar el aniversario del Grito de Dolores -lanzado por el padre Miguel Hidalgo, cuando ante un puñado de revolucionarios proclamó el inicio de la lucha por la independencia-, acordémonos entre los conspiradores de una mujer, figura legendaria de México: Josefa Ortiz.

Es 1810 en América el año de la Libertad. En México varios líderes se preparaban para arrebatarle al despotismo realista la joya de la corona ibérica, el virreinato de la Nueva España, que ocupaba una posición estratégica en el comercio mundial y la defensa del Nuevo Mundo.

Entre los patriotas estuvo Josefa Ortiz, nacida en Valladolid, Morelia, en 1768, quien quedó huérfana a la más tierna edad y desde muy niña se aficionó a compartir las alegrías y sufrimientos de los humildes, difunde el autor a través del portal Prensa Latina.

Ingresó en el Colegio de San Ignacio de Loyola, o de Las Vizcaínas. Además de las lecciones, aprendió la importancia del trabajo. La opinión que sobre ella tenían sus maestros era excelente: inteligente, disciplinada, seria, hacendosa. Desde las ventanas del Convento veía con dolor la miseria del pueblo.

En una inspección se prendó de ella Miguel Domínguez, impresionado por el encanto de esta muchacha del internado, quien aceptó al distinguido abogado, con quien se casó en 1791.

En 1792 comenzaron a tener hijos, lo cual no impidió a Josefa dedicarse a amparar a los pobres, los auxiliaba con dinero, ropas, comida, alojamiento, les conseguía albergues y escuelas para los niños, pagaba sus doctores, además, defendía a los indios, a quienes trataba como iguales. Comenzó a criticar al gobierno colonial, que no atendía las necesidades de los mexicanos.

Nombrado su esposo Corregidor de Querétaro en 1801, Josefa aprovechó para intensificar su lucha por reformas sociales; lo impulsó a dictar medidas favorables para los indígenas, denunció la corrupción, los abusos de poder, la explotación de las riquezas nacionales en beneficio de la metrópoli y estimuló la construcción de obras públicas.

Josefa sabía que nada se podía esperar de España y solo quedaba el camino de la lucha armada por la independencia, por eso inspiró al Corregidor a incorporarse a los grupos opuestos a la Corona y pasó a labores conspirativas.

En las veladas literarias, ella discutía con Hidalgo las estrategias para la emancipación, se ocupaba de organizar las reuniones pretextando paseos, fiestas, tertulias, actividades religiosas y ofreciendo su casa para los encuentros más secretos y como escondite de armas o perseguidos.

Enviaba cartas y documentos a otros patriotas y según creció el peligro, se le ocurrió disimular los mensajes entre los cohetes de fuegos artificiales que vendía una amiga.

Descubierta la conspiración, Miguel Domínguez, temeroso de que su mujer le comprometiera, la encerró en los aposentos altos del edificio del gobierno local.

Josefa, quien sabía que en la planta de abajo estaba el alcaide Ignacio Pérez, vinculado con los revolucionarios, golpeó tres veces la tarima del piso para alertar al patriota, corrió hacia las escaleras y a través de la chapa de la cerradura del zaguán, le contó lo que pasaba, le pidió que buscara a Ignacio María de Allende y le pusiera al corriente de lo ocurrido y, recomendó, el lanzamiento de la rebelión inmediatamente.

Puestos sobre aviso los conjurados y animados por el ejemplo de tenacidad y valor de La Corregidora, los patriotas proclamaron esa noche la independencia y dieron comienzo a la guerra por la libertad contra el colonialismo español.

Delatada por un traidor, fue encarcelada y después trasladada a la capital con una fuerte escolta, para evitar que el pueblo la liberara. Llamó cobardes a los soldados y no aceptó comida ni bebida en el largo trayecto.

A las puertas de la prisión exclamó: “tantos soldados para custodiar a una pobre mujer, pero yo con mi sangre les formaré un patrimonio a mis hijos”.

A causa de estar encinta la heroína, su prisión no fue severa y luego se le encerró en el Convento de Santa Catalina. A los tres años le permitieron salir; estaba vigilada, pero continuó su lucha.

Hizo llegar donativos a los patriotas, su casa era refugio de mensajeros y proscritos, cuidaba de las mujeres de los combatientes, enviaba valiosos informes a los líderes emancipadores y les exigía hidalguía en la contienda. Su confianza en la justeza de la causa se mantuvo siempre, hasta contemplar la caída del virreinato colonial.

No quiso jamás recompensa alguna por su patriotismo. En 1821, el general Agustín de Iturbide estableció la monarquía, en tanto su esposa, la Emperatriz, nombró a Josefa Primera Dama de Honor, pero ella lo rechazó con frases enérgicas, al manifestar su integridad y la repulsa por ese régimen.

Devenida figura tutelar de la dignidad nacional, se negó a recibir premios entregados a las personas que habían trabajado por la libertad de la patria. Tras la proclamación de la República, admirada por sus hermanos, veló por los derechos del pueblo y exigió al presidente Guadalupe Victoria respeto en relación con los españoles con decoro.

Josefa Ortiz, ejemplo de mujer latinoamericana, dejó de existir en 1829. Por sus excepcionales cualidades cívicas, valentía, sentido de la justicia, constancia en la lucha, intransigencia revolucionaria y espíritu de sacrificio, fue declarada Benemérita de la Patria por el Congreso del Estado de Querétaro y considerada una heroína nacional de México.

*El autor es especialista del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) de la Delegación de La Habana.

2005/RJMS/SJ

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