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La búsqueda inicia

Por Juana Eugenia Olvera*

Entré a la magia de la India por el puerto de Madrás, en un vuelo de casi 40 horas cuyo último descanso lo tuve en Singapur, donde permanecí siete horas en espera para abordar el siguiente avión que me llevaría a la India.

De Madrás volé a Bangalore y de ahí en camión guajolotero hasta Puthaparthi, donde se encontraba el Ashram de Satya Sai Baba, recientemente fallecido. Esta es la casa del gurú y son comunes en oriente, pues desde la antigüedad remota era la forma como mujeres y hombres podían estudiar. Los gurús fueron hombres sabios. Su técnica: “Volver su interés hacia dentro”.

Ellos explican que si tú tienes la capacidad de entrar en ti misma, llegas a la fuente de tu sabiduría y vas a saber todo lo que quieres, lo que buscas y comprender por qué o para qué estás aquí.

Se cuentan miles de anécdotas de científicos que visitaron a la mayoría de los gurús del momento y se sorprendían de las respuestas que recibían muchas veces superiores a lo que esperaban y que les llevaban a nuevas cuestiones de circunstancias científicas por averiguar.

Este Ashram era prácticamente gratuito. Creo que llegué a pagar como cinco rupias (el equivalente a 50 centavos de dólar) por un desayuno delicioso que comprendía una samosa (una empanadita vegetariana) y un chai (té negro especiado con leche y azúcar).

Las comidas eran abundantísimas, variadas y exquisitas y como llegué una semana antes del cumpleaños de Sai Baba, todo lo que recibí fue dharma (regalos) del gurú para sus seguidores.

Era común levantarse a las 3 de la mañana para realizar una práctica en donde se cantaban algunos mantras. La primera vez pude entrar a una especie de capilla donde se permanecía cuando mucho media hora y salías.

Las siguientes veces no pude penetrar en aquél recinto: una porque llevaba jeans, otra porque no llevaba un chal y las demás porque era occidental. Lo cual me sorprendía mucho ya que en las charlas que daba Sai y que traducían, ya que él nunca habló en inglés, hablaba de la igualdad y vivir en amor, algo que su personal no practicaba.

Generalmente eran personas majaderas, que no sé si debido al sonido de sus dialectos o al temperamento de la persona, siempre parecían malhumoradas y dadas a empujarnos.

En general, se decía que eran alemanes los que administraban el lugar, pues ellos con donaciones habían construido una universidad y parte de los alojamientos para los viajantes.

Algo que no me gustó fue el caos que reinaba en el lugar. No había un espacio específico para meditar, ni guías que lo orientaran a uno en cuanto lo que significaba tal o cual cosa.

A la sala a donde me enviaron (únicamente para mujeres) podías alquilar unas camitas –no recuerdo si por 10 o 12 rupias diarias– tan angostas que la primera noche caí como fardo a las 6 o 7 de la tarde y desperté justo para bañarme e irme a la ceremonia del templo.

El agua estaba fría pero todavía hacía calor; a principios de noviembre el lugar era muy tolerable. Cuando empezaron a llegar los visitantes para los festejos aquello se volvió insoportable.

Miles de personas de toda la India, así como europeos y americanos atiborraron el lugar. Platicaba con algunas chicas nativas y se extrañaban cómo una persona del otro lado del mundo anduviera sola y sin conocer a nadie.

Eran gente linda que me orientaban y me explicaban las costumbres. Para meditar había un árbol de Tulsi, en donde uno podía sentarse alrededor de él y meditar. Al principio era difícil porque la gente que transitaba lo hacía como si uno no estuviese ahí sentado, pero cuando uno lo superaba era maravilloso.

En ese lugar empecé a ver en las meditaciones los rostros de muchas personas que no conocía junto con las del maestro Jesús, San Francisco y madre María. Era como si estuvieran pasando slides para que me integrara nuevamente a esa corriente conocida.

* Narradora oral, astróloga y terapeuta.

11/JEO/RMB/LGL

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