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La ciudad ayuda a mujeres a escapar de tradiciones restrictivas

Por Gladis Torres Ruiz

Shimu tenía 11 años cuando un joven de 17 años le pidió se casara con él. Pero la pequeña no entendió qué implicaba el matrimonio, era para ella una palabra que sólo había escuchado aquí y allá, en la televisión, en alguna charla de vecinas, cuenta la hoy joven mujer en el Suplemento Jóvenes “Crecer en las Ciudades”, del informe sobre el Estado de la Población Mundial 2007, del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés).

Aquella tarde, Shimu no sabía qué hacer y le dijo al muchacho que hablara con su hermana y su cuñado, “ellos son mis guardianes, ellos son los que van a decidir”. Esta joven es originaria de un pueblo del distrito de Natore, en el norte de Bangladesh, donde la edad media de las mujeres en el momento de su casamiento es de 15 años.

Aunque en los sectores rurales más pobres se casan a más temprana edad, en general estos matrimonios son arreglados por los padres o tutores de las niñas. Además, en los matrimonios incluyen una dote en dinero o especies que el padre de la novia paga al novio.

Así, el muchacho fue a buscar a los guardianes de Shimu con su propuesta, aclarándoles que se casaría con la niña “sin siquiera cobrar la dote, porque le gustaba”.

Los “guardianes” de Shimu estuvieron de acuerdo, con una condición: como la niña era tan chica, el novio esperaría dos años antes de llevársela a su casa. El novio aceptó, y la fiesta fue breve: ahora Shimu era formalmente una mujer casada, pero su vida no había cambiado casi nada, pues seguiría viviendo en su casa.

Meses más tarde, el marido de Shimu empezó a reclamar alguna dote, lo que complicó la situación para la pequeña. Al cabo de unos días, dijo que como no daban dote, se llevaría a su mujer. La niña tuvo que irse con él y ocuparse de buena parte del trabajo de la casa. Al principio no le importó: estaba acostumbrada. Pero su marido la trataba cada vez peor.

Le decía que era tonta, le reprochaba que su familia nunca le diera regalos, le gritaba y empezó a pegarle. Shimu pensaba que, de algún modo, la culpa era suya “porque nosotros éramos tan pobres que no le habíamos dado nada, esa era mi culpa”.

Unos meses después, la jovencita empezó a sentirse rara: algo en su panza se movía, una vecina le dijo “niña, estás embarazada”. A Shimu nunca le habían contado cómo era, y por eso tardó 4 ó 5 meses en notarlo. Cuando se lo dijo a su marido, él no pareció particularmente interesado. Shimu sólo atinó a pensar que ojalá su bebé le saliera bonito.

El día del nacimiento, cuando la partera del pueblo dijo que era un varón, todos la felicitaron, “yo estaba feliz, quería un hijo, porque era lo que quería mi marido”. Los primeros días su familia política la ayudó y la cuidó, pero pocas semanas después todo volvió a su curso habitual y su marido le pegaba cada vez más fuerte.

Al cabo de cuatro años, Shimu volvió a quedar embarazada y volvió a tener un varón. Pero ya no le importaba a nadie. Su marido quería deshacerse de ella y la acusó de haberse acostado con su hermano. Shimu juró sobre un Corán que no era cierto, pero él le pegó con saña con una caña de bambú. Herida, fue a refugiarse a casa de su hermana. Su marido fue a buscarla; volvió, porque sus hijitos la necesitaban.

LA CIUDAD

Shimu ya tenía 18 ó 19 años, dos hijos y ninguna posibilidad de mantenerlos. Su madrastra le dijo que su única oportunidad era que dejara a los chicos e irse a trabajar a la ciudad. La única ciudad de la que Shimu sabía era de Dhaka. La había visto por la televisión: era un lugar grande repleto de autos y personas.

Dhaka es una ciudad grande, con unos doce millones de habitantes. Cuando llegó la ciudad le pareció todavía más grande, más ruidosa, más ajena; estaba asustada pero también le gustó esa sensación de caminar por la calle sin que nadie la mirara, sin que nadie supiera quién era. A los pocos días consiguió trabajo en una fábrica de ropa y todo pareció encauzarse.

En Bangladesh, la industria del vestido aporta el 70 por ciento de las exportaciones y emplea a dos millones de trabajadoras y trabajadores, muchos de ellos migrantes rurales, cuatro de cada cinco mujeres. Shimu empezó trabajando como auxiliar, por un sueldo de 700 taka por mes, unos 15 dólares americanos.

Estaba contenta: tenía un trabajo, estaba aprendiendo, sus compañeras la ayudaban. Por primera vez en su vida se había sacado de encima el peso de su esposo, su familia política, el pueblo, sus imposiciones.

A los pocos meses de su llegada, Shimu encontró el coraje necesario para volver a su pueblo y pedir el divorcio, ahora era capaz de mantener a sus hijos, ya podía permitírselo.

Al cabo de un año fue nombrada operaria. La primera vez que tuvo una máquina de coser para ella sola se sintió “alguien”, una persona de verdad.

Una tarde, pasados dos años, su supervisora le dijo que se fuera a su pueblo, que su hijo menor estaba enfermo, y cuando llegó tras muchas horas de viaje, le dijeron que ya lo habían enterrado.

Shimu lloró y lloró y pensó que si dios lo había hecho tendría sus razones, y se volvió a su puesto.

Ahora, seis años después de su llegada, la mujer sigue siendo operaria y gana 2.100 taka (30 dólares americanos) mensuales por ocho horas diarias de trabajo, seis días por semana. Shimu prefiere vivir en Dhaka porque “hay más seguridad y puedo ganarme la vida, puedo vivir a mi manera, puedo pensar a mi manera”.

LA CIUDAD POTENCIA A LAS MUJERES JÓVENES

Las niñas y mujeres jóvenes enfrentan muchos desafíos en los entornos rurales, donde tienen menores recursos, posesiones y oportunidades de ingresos que los varones. Algunos de estos factores han impulsado a mujeres jóvenes como Shimu a migrar a zonas urbanas, detalla el documento del UNFPA.

Y destaca que las mujeres encuentran que la vida urbana ofrece mejores oportunidades económicas, les puede ayudar a escapar de las normas de género restrictivas y las prácticas tradicionales, y a aumentar su sentimiento de autonomía y control sobre sus vidas.

DESIGUALDADES

Las diferencias entre vivir en un entorno urbano y uno rural se manifiestan en una niña desde una edad temprana en la vida. Una de las disparidades más visibles aparece en el acceso de las niñas a la educación, puesto que en los países en desarrollo la asistencia a la escuela de las niñas rurales, de 10 a 14 años de edad, es 18.4 por ciento inferior a la de las niñas urbanas del mismo grupo de edad; para las mujeres de 15 a 19 años, la brecha es más grande, de 37.5 por ciento.

Las mayores desigualdades urbano-rurales en el acceso de las niñas a la escuela se encuentran en el Medio Oriente y en África Occidental y Central, con tasas de asistencia para niñas de 15 a 19 años que son, respectivamente, 54.6 y 46.9 por ciento menores.

En los medios rurales, muchas niñas comienzan a trabajar desde muy jóvenes para ayudar al sostén de sus familias y a menudo esto provoca la interrupción de su educación. Además, el matrimonio infantil está todavía muy extendido en muchas áreas rurales.

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