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La muerte: Guía para despertar conciencia

Por Juana Eugenia Olvera*

La mejor manera de asegurarnos
de que al llegar a la muerte, lo hagamos
sin remordimiento alguno, consiste en
preocuparnos de que en el presente
nos comportemos de forma responsable
y compasiva con los demás.
Su Santidad Dalai Lama
 
La muerte no es el vacío total o lo que nos ha hecho creer la Iglesia católica: el castigo o premio a la vida desempeñada. Sería un paradigma muy triste si solamente naciéramos para crecer, multiplicarnos y morir.
 
Qué triste desempeño, como si solamente estuviéramos siendo las cobayas de unos dioses desnaturalizados que juegan con nosotros para pasar su tiempo.
 
Nacer-morir, el binomio ancestral que forma el núcleo de nuestra conciencia. ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Qué estoy haciendo aquí?
 
Reconocido por casi todas las culturas del mundo, se nace cuando se toma el primer hálito de vida, es decir cuando inhalamos por primera vez y se dice que cuando exhalamos por última vez, es cuando dejamos de existir: morimos.
 
Cada día es una experiencia maravillosa para disfrutar la vida y cumplir con la misión que nos tocó a cada quien y si bien cada noche al dormir, morimos un poco, es conveniente en ese momento hacer un recuento del día que hayamos vivido.
 
Si nos disgustamos con alguien, si finalizamos lo que teníamos propuesto hacer. Si ayudamos, si nos hicimos los desentendidos o si en lugar de crear algo positivo, nos fuimos por lado fácil de no hacer nada o incluso si generamos algo negativo.
 
Justo en el momento en el que vamos a perdernos en el sueño, hacer ese recuento y liberar lo que nos genere culpa, perdonarnos por los errores cometidos y enfatizarnos en no perder el sentido de nuestra vida, siguiendo caminos equivocados o ajenos a nuestra forma de sentir.
 
Cada día es una oportunidad de ser mejores, de amar profundamente y sin esperar nada a cambio. Dar servicio, porque todo lo que existe en la naturaleza cumple una función.
 
Tener la conciencia de saber si somos motivo de armonía, integración y paz, o por el contrario si generamos discordias, odio y enemistades.
 
Dentro de los preceptos de la guía en la tradición egipcia del “Libro de los Muertos”, se cuenta que una de las preguntas más importantes que hacían los jueces al alma que se enfrentaba a ellos, una vez que habías pasado al otro plano, era si “alguien había sido feliz, gracias a ti.”
 
Debe ser terrible encontrar en ese momento, que lejos de dar felicidad, se haya generado miedo, sufrimiento, dolor, tristeza.
 
No podemos esperar a estar muertos para saber si logramos despertar nuestra conciencia. Es en el cada día donde debemos estar alertas, auto observándonos, cuando el ego toma las riendas y quiere llevar el control.
 
Ése es el momento preciso en el que nuestra esencia tiene que entrar en acción y permitir que sea el amor incondicional el que actúe.
 
No podemos creer lo que algunas religiones pregonan, que por el simple hecho de que el sacerdote, pastor o ministro, nos libere de lo que consideramos pecado, esto nos despierte la conciencia. No es así, es preciso haber trabajado en el ego y no para disolverlo, sino simplemente observándolo para que no se robe la escena totalmente.
 
Es bueno recordar la función del laberinto. En el de Creta se encontraban el Minotauro y Teseo, quien gracias al “hilo de Ariadna” pudo salir de él. Ese hilo es la conciencia que yace en el alma. Desde luego, el ego era la bestia.
 
En algunas catedrales de Francia, dibujado en el suelo, aparece un laberinto. No sé si los clérigos conocen su función, pero no hablan de ello y menos del ego que tanto emplean para su beneficio.
 
Nos debe interesar el despertar de la conciencia, sólo así podemos caminar con éxito dentro del  misterioso laberinto de nuestra vida diaria y evitar seguir dormidos a fin de seguir confundidos.
 
Cuando lleguemos al momento de exhalar el último suspiro, sin duda el alma seguirá confiada sabiendo que su paso fue impecable, y se va satisfecha con la conciencia de saber que cumplió con la misión encomendada.
 
*Narradora oral, astróloga y terapeuta.
 
12/JEO/RMB

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