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Las cafetaleras dejan México y los recolectores guatemaltecos lo resienten

Por la Redacción

Unión Juárez es una pequeña comunidad de mil 500 personas, un pueblo nublado por la bruma y las recias lluvias en el verano. Por un lado se afianza a las faldas del Tacaná y, por el otro, halla la frontera con Guatemala. Este pueblo está rodeado de verdes campos cafetaleros y es hogar de las y los recolectores migrantes de Guatemala.

Aquí cada año, entre 50 y 100 mujeres, hombres, niñas y niños de Guatemala vienen a pizcar los granos por cincuenta pesos al día (cinco dólares) para los mercados de café en Estados Unidos, Europa y México. Algunos llegan con permisos temporales de trabajo del Instituto Nacional de Migración y otros, más difíciles de contar, sin papel alguno.

Estos números se repiten a lo largo y ancho de las comunidades cafetaleras de los Altos en Chiapas. Muchas de estas familias inmigrantes llegan simplemente porque los sueldos para tapiscadores son más altos en México que en su tierra natal.

Cada vez más llegan algunos como ruta de paso ilegal hacia el norte, Estados Unidos, donde los sueldos se conocen de boca en boca: a cuatro dólares la hora, cifra irresistibles para los varones guatemaltecos entrevistados.

Las y los trabajadores agrícolas temporales de origen guatemalteco sienten que sus salarios decrecen continuamente en las cafetaleras mexicanas, como resultado de la competencia por el grano de oro de América del sur (Brasil) y el sureste asiático, donde los sueldos y costos de producción son aún menores.

Muchos están dispuestos ahora a jugar su suerte con algún pollero que anuncia, bajo el disfraz de Vacaciones turísticas a Tijuana, el traslado a lo largo de la carretera panamericana por entre 300 y 900 pesos (30-90 USD).

DORMIR EN LOS DORMITORIOS LLANOS

Juventino López García es un pizcador de 23 años de edad que trabaja en los campos de Unión Juárez desde que cruzó la frontera por primera vez, solo, a los 10 años de edad. Reclutado por intermediarios mexicanos, contratado por una plantación alemana localizada en Unión Juárez, él esperaba contribuir a los gastos de su familia.

Éste sería el otoño número 14 que Juventino entra a México para dormir en los dormitorios llanos de la granja y recoger granos de café ocho horas diarias por seis días a la semana (o siete, si él quiere), por tan sólo cinco o seis dólares diarios; todo depende de su velocidad y el mercado fluctuante. El café crudo Juventino lo cosecha y vende a los procesadores, que a su vez lo envían a Estados Unidos, Europa y otras partes de México donde se tuesta y vende.

Juventino y su primo Armando, ya con familias propias que mantener, saben que no pueden subsistir más con los magros sueldos de las fincas. Lo que es más, dice Juventino cuando indagó para obtener ingresos adicionales en México, me informaron que bajo el contrato que firme, la ley mexicana le prohíbe buscar trabajo fuera de la plantación.

Los guatemaltecos con visa de trabajador temporal generalmente no están protegidos bajo las leyes laborales mexicanas, como resultado tampoco pueden organizarse ni negociar aumentos de sueldo, como tampoco esperar seguridad en el trabajo. Como los mayores productores de café se están reubicando constantemente en busca de menores costos, el trabajo escasea.

Unas cuántas familias guatemaltecas resisten en los arrabales a la salida de la ciudad, pero Unión Juárez sabe que sus días cafetaleros están contados.

EL ÚNICO DINERO QUE VALE

Se estima que 65 por ciento de la población en Unión Juárez vive de las remesas que sus familias envían desde Estados Unidos, lo que ratifica la idea de Juventino y Armando quienes aseguran que, en Guatemala, el único dinero bueno para ganar está en el norte: en el otro lado.

Sus esposas e hijos trabajan para apoyarlos y ahorrar para su pasaje hacia la frontera con Estados Unidos; tienen algunos amigos que ya cruzaron y esperan obtener un trabajo mediante esos contactos.

Un productor de café en pequeño, René Farfán, quien asegura contratar solamente personal mexicano con sueldos justos, ilustra algunas de las pérdidas que se sienten en Unión Juárez.

“Ya no hay dinero en el café”, se lamenta, “crecer significa mudarse a otro lado; la gente tiene que buscar otro trabajo o irse también a Estados Unidos”.

       
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