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Las mujeres rurales y el apego a la tierra en Cuba

Por Mariana Ramírez Corría

Desde 2001, cuando por primera vez en Cuba se celebró el Día de la Mujer Rural, el término se hace usual y significa reconocimiento.

Y es que el apego a la tierra, a la tradición, a una cultura, a los valores inculcados desde la cuna, se ahonda y persiste. No importa si esas mujeres se trasladan a la ciudad.

Ese es el caso de María Caridad Reyes, quien relató al Servicio de Noticias de la Mujer, en la antigua provincia de Las Villas, en la región central del país cómo se trajo un niño en brazos y otro agarrado a su amplia falda junto al apoyo del marido sobre los hombros.

No conocía entonces el olor del mar­; las finas aletas de su nariz estaban acostumbradas al penetrante aroma de la cachaza del central azucarero cercano al poblado.

Recién llegada, saludaba “a su manera”, una manera rural, si se quiere, afable y distinta a la que se utiliza normalmente en las grandes ciudades. No violentaba las filas obligadas y jamás la encontraba el marido con su largo pelo despeinado y sin la cinta con que lo adornaba.

De acuerdo con el último informe del Departamento de Desarrollo Sostenible de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), en América Latina existen alrededor de 60 millones de mujeres rurales que, a diario, trabajan más de 12 horas para asegurar la subsistencia de sus familias.

Es decisivo el papel que ellas desempeñan en la producción agropecuaria y en la seguridad alimentaria. No sólo se ocupan del cuidado de la huerta y de los animales, siembras, cosechas; también procesan alimentos, comercializan la producción, cocinan y cuidan y educan a los hijos.

En Cuba, las leyes agrarias y las normativas presentes en los códigos legales declaran la igualdad absoluta de derechos para ambos sexos.

A pesar de que la población femenina cubana ha sido la más beneficiada de la reforma agraria en relación con los países de la región, es mayor el número de hombres que poseen tierras (se estima que sólo 26.5 por ciento de los beneficiarios de esta medida son mujeres). Sin embargo, muchas son las que ocupan cargos directivos en sus cooperativas.

“Yo me adornaba el cabello con flores blancas. Cerca de donde yo vivía, había un yerbero que me las traía. Creo que era una costumbre de todas en esa comarca”, cuenta María Caridad y así lo sigue haciendo, aunque a veces no son flores las que adornan su cabello, sino alguna ramita de un árbol cercano.

Beatriz Fernández, relata que viene de vez en cuando a La Habana, desde Herradura, cerca de Pinar del Río, provincia a unos 140 kilómetros al oeste de la capital.

“Yo tengo que ayudar a mi marido con los animales y con todo lo de la casa. ¡A mí me toca hasta matar los puercos! Sí, yo le clavo la cuchillada, aunque usted no lo crea. Allá sólo comemos arroz, frijoles, puerco, viandas. De vez en cuando, pollo”, refiere.

No, Beatriz dice que no podría vivir en la Habana, no podría acostumbrarse al “olor” de la ciudad. “Mi mamá y mi vecina Miriam hacen dulces, quesos, chorizos y así nos intercambiamos y siempre tenemos la mesa con tres o cuatro platos, que es como le gusta a mi marido”, dice.

La dieta alimenticia de las mujeres rurales está formada por arroz, frijoles, viandas (malanga, yuca, calabaza, plátanos), hervidos o fritos, pollo una vez por semana, y carne de cerdo.

En el Día Mundial de la Mujer Rural, en 2005, se constituyeron talleres de corte y costura en casi todas las provincias y se analizaron proyectos para mejorar la calidad de vida de la población femenina en esas zonas, auspiciados por la Federación de Mujeres Cubanas.

“El guajiro siempre será guajiro, no importa si se muda para la ciudad, como hicimos nosotros”, explica María Caridad. “Son muy fuertes el olor a la tierra, las costumbres y los recuerdos”.

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