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Marcadas por la sociedad y olvidadas por el Estado

Por Miriam Ruiz

Alcohol, tabaco, ritalín, heroína, mariguana, anfetaminas, prozac, chemo (inhalantes), cocaína o cualquiera de las llamadas drogas de diseñador son algunas de las sustancias que las mexicanas consumen “para sentirse mejor”.

El abuso de estas drogas tiene altos costos para las usuarias, al grado de que, temerosas de pedir ayuda, prefieren quedar marcadas y marginadas de sus familias o amistades, e incluso de la sociedad en general.

A esto debe sumarse que las políticas públicas o privadas que brindan atención a las personas dependientes hasta hoy han abordado el problema sin diferenciar las particularidades de hombres y mujeres.

Hoy por hoy, ni una alcohólica en el centro de la Ciudad de México ni una ama de casa en Polanco disponen de políticas bien definidas que atiendan su condición femenina.

Por ejemplo, en el Distrito Federal viven cinco millones de mujeres y el 65 por ciento tiene entre 12 y 65 años de edad. Cerca de 400 mil mantiene algún grado de dependencia alcohólica y 200 mil a algún antidepresivo; según la más reciente Encuesta Nacional de Adicciones, 34 mil capitalinas consumen drogas ilegales como cocaína, heroína, inhalantes, mariguana, opioides y estimulantes.

Curiosamente, por cada 10 hombres bebedores hay cuatro mujeres; pero en el consumo de heroína son más mujeres (el doble) que hombres las que la usan. Entre las adolescentes prevalece el empleo de medicamentos antidepresivos, anoréxicos o anfetaminas, comparado con los varones de la misma edad.

El aumento del ritalín o anfetaminas en niñas y niños en edad escolar para tratar el trastorno de hiperactividad y déficit de atención (sin datos desagregados por género) han prendido una luz amarilla en algunos grupos de la sociedad mexicana.

El ritalín, explica Carmen Avila, presidenta del Comité de Ciudadanos en Defensa de los Derechos Humanos, “es un medicamento que causa dependencia y conduce al posterior abuso de drogas. Al igual que las anfetaminas, el ritalín puede producir trastornos en la conducta, sicosis y manías”; por lo mismo, retirárselo a los pacientes puede incluso propiciar el suicidio. Lo mismo sucede con drogas similares.

UN SECRETO MAL GUARDADO

Es un hecho que las adicciones en las mujeres mexicanas aumenta, sólo que suelen guardarse en la mesa de noche a pesar de los problemas personales y familiares que esta problemática conlleva.

Una razón para el aumento de las adicciones, indica la directora del Instituto de Asistencia Social e Integración Social (IASIS), Rosa Márquez, es porque existe una mayor aceptabilidad social hacia el consumo de sustancias adictivas. Esto, a pesar de las diferentes implicaciones que la practica tiene para ellas y para ellos.

Físicamente las mujeres son más susceptibles a los efectos del alcohol, la nicotina y otras sustancias, explica Márquez. Esto se debe, continúa, a que ellas se intoxican más rápido porque tienen menos cantidad de agua corporal; también, en el caso de la cocaína, es porque ellas requieren dosis más elevadas debido a que los estrógenos disminuyen su absorción.

En cuanto al aspecto sicosocial, la población femenina pierde respetabilidad en todas las áreas de su vida: por lo mismo, acuden con menos frecuencia y de manera más tardía a solicitar servicios de atención, en consecuencia, es más común que pierdan la familia, el empleo y la oportunidad de participar en procesos sociales: esta es la razón por la que generalmente enfrentan el problema en soledad y con un gran estigma social.

Datos dados a conocer por el Instituto de las Mujeres del Distrito Federal (Inmujeres DF) calculan que la presencia de sustancias adictivas triplica el abuso sexual y la violencia familiar en un hogar.

LA HISTORIA DE VERO

Un ejemplo del uso de anfetaminas es el caso de Verónica, diseñadora gráfica que al comenzar la universidad y luego de la ruptura con su novio, con el que llevaba varios años, encontró un remedio aparentemente inofensivo.

Vero salía a bailar con un grupo de amigos y pronto encontró que estas pastas mejoraban sus deseos de vivir. Cualquier pretexto era bueno para consumirlas y uno de ellos fue el peso.

“Me sentía gorda para salir en busca de un nuevo novio, por eso, cuando empecé a adelgazar me sentí todavía más feliz. Al principio pude engañarme y engañar a los demás. Mis papás pensaban que mi delgadez se debía a que ya no andaba con mi novio, pero tenía subidas y bajadas y me sentía cada vez más deprimida y fea.”

Afortunadamente, antes de que la situación afectara demasiado su relación familiar y escolar, Vero acudió a un grupo de autoayuda y aún sigue su terapia.

SIN POLÍTICAS PÚBLICAS DE GÉNERO

De acuerdo con Eleazar Zaragoza Galván, de la Red In Topilhuan en la Ciudad de México, ni el programa nacional contra las adicciones (que en su definición advierte que las adicciones son un riesgo para la seguridad nacional) ni la norma oficial para la prevención, el tratamiento y el control a las adicciones contienen elementos que diferencien a las mujeres de los hombres.

El programa, por ejemplo, se limita a considerar a las mujeres como un grupo vulnerable, pero ni las toman en cuenta como adictas con un problema específico ni tampoco consideran las formas con las que suelen involucrarse en el consumo o distribución de drogas; de la misma manera que tampoco observan su función como posible cabeza de otros familiares consumidores, abunda el especialista.

Nada de eso, simplemente la norma se limita a establecer que en la historia clínica debe preguntárseles a las usuarias si están embarazadas o no, si están en periodo de lactancia o si conviven con otras mujeres embarazadas: sólo eso.

Por lo que toca a los lugares de atención, éstos deben contar con “regaderas independientes para hombres y para mujeres, lo mismo que dormitorios y camas”.

Las leyes del DF sobre justicia cívica se limitan a pedir que al presunto infractor que se halle bajo el influjo del alcohol o de las drogas debe practicársele un examen médico.

En general, concluye Zaragoza Galván, las leyes y normas deben ser más claras y evitar duplicidades en el trabajo de las instituciones, ya que esto conlleva al dispendio; pero sobre todo, que tengan una perspectiva de género para atender a las mujeres adictas y las que sólo son familiares.

Ante este panorama, el IASIS tiene el mandato de orientar sus acciones para que se efectúen estrategias encaminadas a la reducción de la oferta y la disponibilidad de las drogas, así como con su demanda y consumo, explica María Rosa Márquez.

En términos generales, la política de la institución consiste en coordinar y reforzar redes de atención en temas tan sensibles como las adicciones en la mujer a fin de que den respuestas rápida y oportuna.

El IASIS hace el diagnóstico del problema, establece un orden de importancia para el abordaje, organiza actividades según la magnitud y las tendencias observadas y lleva a cabo funciones de prevención, tratamiento y rehabilitación; además de promover la reinserción social y residencia de las mujeres adictas, lo mismo que formar recursos humanos para atender esta problemática.

Parte de la tarea del IASIS también es coordinar convenios con organizaciones dedicadas a la atención de las instituciones de asistencia privada; así como coordinar trabajos como el reciente foro sobre mujeres y adicciones, que junto con el Inmujeres del DF puso la primera piedra para hacer políticas públicas hacia las adicciones con una mirada desde las mujeres.

Luz Rosales, directora de Inmujeres del DF, concuerda en que “es fundamental disminuir el estigma hacia las mujeres adictas ya que el costo para ellas es muy alto desde el ámbito familiar y su ambiente social en el que se desenvuelven”.

“Ningún cambio en la situación de la mujer será posible sin el examen de conocimiento acumulado y las experiencias de asistencia y promoción que llevan a cabo las instituciones públicas y organismos civiles con perspectiva de género.”

       
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