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Marcelina desea que partería y ciencia salven a las mujeres

Por Brisa Gómez, corresponsal

Marcelina García González es partera tradicional empírica desde hace 50 años. Cuando tenía 27 empezó a ayudar a otras mujeres como ella, que necesitaban las “sobadas” y los tés de hierbas en el proceso de parto.

Marcelina ya tiene casi 80 años y sigue sobando, atendiendo alumbramientos y dando baños de hierbas a las mujeres que acaban de parir. Pero a su edad la atención se complica, ya que el trabajo es duro y las fuerzas ya no son las mismas.

Con cinco décadas de experiencia y la asistencia a diversos cursos, Marcelina desea que la partería y el personal médico puedan encontrar un punto de convergencia, para atender con calidad y calidez a las mujeres embarazadas.

“Es un trabajo difícil”, dice en entrevista en un perfecto español que habla desde joven, aunque su lengua materna es el totonaco.

LLANTO EN EL VIENTRE

Marcelina cuenta que cuando su madre estaba embarazada de ella “lloré dentro del vientre y mi mamá me escuchó”, lo que significaba que la partera llegaría al mundo “con un don”.

A sus 27 años, luego de un tiempo dando “sobadas”, ella empezó a atender partos y a hacerlo del modo tradicional: recibía al producto, amarraba el cordón, lo cortaba con “jarro”, lo quemaba con cebo, y sobaba el vientre de la madre para sacarle la placenta antes de que la matriz se le cerrara.

Luego con hierbas iniciaba la limpieza del producto y le daba té de cordoncillo con “piquete” (alcohol) y miel de monte a la mujer recién parida, para que se limpiara su matriz y evitar que le quedara barriga, incluso para que produjera leche suficiente para alimentar a su bebé.

Ésa era la forma tradicional en que Marcelina atendía los partos, sin embargo luego de un tiempo fue invitada a participar en programas de la Secretaría de Salud (Ss). Ahí le dieron un panorama distinto del oficio que practica y empezó a introducir instrumental quirúrgico. Se le capacitó sobre los partos de riesgo que no podría atender.

Así, la partera comenzó a utilizar guantes de latex y ropa quirúrgica, tijeras, pinzas y otros instrumentos para el corte del cordón y la atención al recién nacido.

NO SE LE HA MUERTO UN BEBÉ

Marcelina no recuerda cuántos partos ha atendido a lo largo de su vida. Reconoce que antes no llevaba un registro confiable, pero ahora lleva una libreta en la que anota el nombre del bebé, el de la madre, e incluso las visitas que tuvo a control prenatal, su estado de salud y las necesidades durante el embarazo.

Lo que sí recuerda es que nunca se le ha muerto un bebé. Sólo hubo un parto triste en sus manos, relata, y es que la madre inició el trabajo de parto tras una caída, cuyo golpe ocasionó que el producto naciera muerto.

Hasta los partos en adolescentes han tenido desenlaces aceptables, destaca la indígena, aunque reconoce que por reglas de la Ss ya no tiene autorización para atender a mujeres menores de 18 años o mayores de 38. Lo que sí puede hacer es sobarlas para acomodarles el producto.

Esta mujer, anciana ya, se siente orgullosa de recordar que nadie le enseñó a trabajar la partería, pero más orgullosa se siente de decir que ahora transmite sus conocimientos a las jóvenes que quieren aprender.

Su nuera ya está registrada para sustituirla, pues sus fuerzas ya no son las mismas y necesita a alguien para el trabajo duro.

Marcelina todavía aguarda el sueño ?en vías de hacerse realidad en la zona de la totonaca veracruzana? de contar con un hospital amigable para las mujeres embarazadas, donde se les ofrezca la cálida atención de una partera y de ser necesario la práctica quirúrgica de médicos alópatas.

Es un proyecto con el que la partera podría sentirse plenamente satisfecha de su labor de más de 50 años. En tanto, ella sigue ayudando a las totonacas a traer al mundo a sus hijas e hijos.

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