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Marlene Dietrich

Por Erika Cervantes

Ser mujer en una sociedad donde se magnifica el poder de acción y decisión de los varones y que trata como seres de segundo orden a las mujeres ha permitido que los derechos de ellas sean lesionados, y si estos derechos que pretende ejercer la mujer versan sobre temas tabúes, como la preferencia sexual, son aún más difíciles de ejercer.

Salir del closet en una sociedad avanzada y moderna todavía es un riesgo, y si este escenario se ubica en la década de 1930, equivalía a ser tratada como una enferma mental; sin embargo, lo que salvó a Marlene Dietrich de ser tratada así fue ser una de las divas del cine e imponer una moda masculina para ser usada por las mujeres.

Marlene Dietrich nació el 27 de diciembre de 1901 en Berlín, Alemania, hija de Elisabeth Josephine, costurera, y Nee Felsing de Louis Erich Otto Dietrich.

Cuando era niña, ya se perfilaba su natural facilidad para volar de un lado a otro de la sexualidad y se llamaba Paul a sí misma, en alarde de una masculinidad femenina que no ha conseguido repetir ningún artista.

A Marlene le gustaba la idea de parecerse más a su padre que a su madre e imitaba sus gestos todo lo que podía, siempre sin perder la esencia de la gran mujer que iba a ser en un futuro.

A los 16 años debutó como violinista vestida de varón, pero con tan mala suerte que una lesión de muñeca terminó esta ilusión. Al poco tiempo comenzó a estudiar actuación en la escuela de arte dramático de Max Reinhardt, y su debut en la gran pantalla se produjo en 1923, con Der Kleine Napoleon.

En 1924 se casó con Rudolph Sieber, con el que tuvo a su única hija, María. Sería su única boda, ya que aunque mantuvo multitud de romances nunca se divorciaría de Rudy, como Marlene le llamaba. Rudy y Marlene siguieron siendo muy buenos amigos a pesar haber roto su matrimonio en 1929.

Dos años más tarde de su debut en la pantalla Marlene filmó Die Freulosse Gasse (1925), con divas de la talla de Greta Garbo y Asta Nielsen. Sus papeles eran muy insignificantes y tenía que continuar con sus actuaciones en el cabaret.

Se comenta que en la oscuridad de una de aquellas salas berlinesas, y tras una de sus funciones nocturnas, un espectador se dirigió a ella para ofrecerle una prueba para su nuevo proyecto. La película fue El ángel azul (1930) y el espectador no era otro que el gran director Josef Von Sternberg.

Von Sternberg se convertiría en su amante y en su descubridor. El éxito arrollador de El ángel azul provocó que el director y Marlene se trasladaran a Hollywood para debutar en la capital del cine mundial; más concretamente, en los estudios Paramount, que querían convertirla en la réplica alemana de la sueca Greta Garbo.

Marlene y Von Sternberg trabajaron juntos en los años 30 en siete ocasiones; además de El Angel Azul hicieron Marruecos (1930), con Gary Cooper; Fatalidad (1931), con Víctor McLaglen; El expreso de Shangai (1932), con Clive Brook; La Venus rubia (1932), con Cary Grant y Herbert Marsahll; Capricho Imperial (1934), con John Lodge, y El Diablo es una mujer (1935), con César Romero.

Todas fueron auténticas obras maestras del cine, trabajos magistrales de la Dietrich, desbordantes primeros planos únicos en su época y autenticas lecciones del genio indiscutible de Von Sternberg. A su lado Marlene pasó del cine mudo al de banda sonora, sobreviviendo a la gran prueba de la actuación acompañada de la voz.

El éxito de esas películas hizo de Marlene la actriz mejor pagada de su tiempo, especialmente en la primera mitad de la década de los 30. Además de sus filmes con Sternberg destacan, en esa década, cintas como Deseo (1936), de Frank Borzage; Angel, (1937), de Ernst Lubitsch; La condesa Alexandra (1937), de Jacques Feyder, y el western Arizona (1939), de George Marshall, título coprotagonizado con James Stewart que le valió un nuevo contrato con Universal Pictures.

Por aquellos años, Marlene se había hecho ciudadana americana, hecho que -junto a la negativa que ella le dio a Hitler cuando el dictador le pidió que regresara al cine alemán- alimentó una campaña en su contra en su tierra natal Alemania que se acrecentó cuando la actriz, tras el estallido de la 2ª Guerra Mundial, apoyó al ejército aliado.

Aunque contaba ya con una legión de fanáticos, Marlene siguió trabajando con los mejores directores: con Alfred Hitchcock en Pánico en la escena (1950); con Fritz Lang en Encubridora (1952); con Billy Wilder en Testigo de cargo (1957), y con Orson Welles en Sed de mal (1958).

La gran Marlene Dietrich rodó únicamente una película a las órdenes de Hitchcock, pero eso fue suficiente para que la mítica actriz alemana dejara cautivado al director inglés, quien dijo en una ocasión de ella:

“Marlene es una gran actriz profesional…y también era camarógrafa, directora de arte, montadora, diseñadora de vestuario, peluquera, maquilladora…”.

Tuvo el mérito de ser la única actriz a la que Alfred Hitchcock permitió una apreciable libertad creativa durante el rodaje de esta obra maestra. Ella aparecía por la mañana y, como recordarían después los miembros del equipo, procedía a dar instrucciones al director de fotografía respecto a la adecuada iluminación de su persona.

Atónitos, los responsables le comunicaron el asunto a Hitchcock, quien los dejó más atónitos aún cuando les ordenó que la dejaran hacer…y no solo le dio mano libre para diseñar su imagen dentro de la película, sino que también le dejó las riendas en la elección de su vestuario y joyas.

Marlene desafió a la sociedad al ponerse un par de pantalones e invitar a toda una generación femenina a imitarla, así como al calzar un traje completo de varón o un disfraz de gorila sin inmutarse.

Marlene además hizo pública su bisexualidad, de acuerdo con sus biografías, durante la década de los veinte, época en la que se dedicó al teatro con una compañera de reparto, Claire Waldoff, quien la inició en el sexo con mujeres.

Entre las mujeres celebres que Marlene conquistó se encuentran Mercedes Acosta, guionista de Hollywood); la cantante francesa Edith Piaf, y una mujer de la alta sociedad hollywodiense. Todavía a los 73 años de la diva, una joven canadiense llamada Ginette Vachon la acompañaba en sus giras.

A principios de los años 60 Marlene abandonó el cine, ocupándose más de su faceta escénica tanto en Broadway como en Las Vegas. Aún así, apareció en Vencedores o vencidos (1961), de Stanley Kramer.

En 1964 se retiró de la pantalla durante un largo tiempo, regresando estelarmente en los 70 con Sólo un gigoló (1974), una película dirigida por David Hemmings y coprotagonizada por David Bowie y Kim Novak.

Sus giras continuaron: Londres, París, o Sydney, Marlene emergía como el fuego en el escenario luciendo una capa de armiño blanco sobre su traje ajustado, escotado y brillante. Al extinguirse la ovación de rigor, la voz ronca y acariciadora entonaba las canciones La vie en rose o Lili Marlene, que se convirtió en símbolo de la 2da Guerra Mundial.

Marlene Dietrich murió en París el 6 de mayo de 1992, a los 91 años, tras doce años de reclusión voluntaria en su departamento de la ciudad Lux para evitar que la gente viera su vejez.

Marlene Dietrich nos heredó la valentía para desafiar las normas imperantes al vestirse de manera impropia y luchar por su derecho a ejercer su sexualidad.

05/EC/YT

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