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Medicina de mujer

Por Beatriz Astudillo*

La evocación de las enfermedades padecidas en la infancia, casi en todos los casos, logra olvidarse por completo; sin embargo lo que nunca podría dejar de recordarse es la primera medicina recibida en esos momentos: el apapacho de una mujer.

Apapacho significa abrazar con el corazón. La mujer –por lo general la madre– es la primera en diagnosticar empíricamente lo que le sucede al vástago y si tiene dudas, el papel de la abuela o hermanas mayores es fundamental como referencia.

La función que desempeña es primordial para una pronta y correcta atención en el sistema de salud en el cual se desenvuelven socialmente; y no sólo pretende procurar pronto alivio sino también consuelo, provee los medios para la curación y la sanación de la hija o hijo enfermo, utilizando los recursos a su alcance para devolver al paciente el equilibrio perdido.

Considerar el enfoque de género como factor esencial en el diagnóstico oportuno, reforzaría al sistema nacional de salud, al reconocer y valorar el papel que las mujeres desempeñan como primeras evaluadoras.

Las mujeres son especialistas en plantas medicinales y medicina local, tan es así que en las comunidades sin acceso a servicios médicos y con condiciones de marginación, la atención del embarazo y del parto lo realizan las famosas parteras, mujeres con el reconocimiento y respeto de sus comunidades.

La diferencia de conocimiento sobre plantas medicinales entre mujeres y hombres tiene lecturas sociales en la distribución del poder y participación político-familiar de las comunidades, éstas indican el grado de participación de la mujer en la toma de decisiones.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 80 por ciento de la población mundial recurre a la medicina tradicional, donde las plantas como medicamento representan el principal recurso terapéutico de la medicina indígena y de quienes menor ingreso tienen.

Tradicionalmente, las mujeres han sido las principales guardianas del conocimiento de medicinas derivadas de las plantas, sean medicinales o alimenticias, llegan a constituir verdaderas opciones para el sustento de cientos de familias que habitan en las zonas rurales de nuestro país, especialmente para aquellas comunidades que viven en condiciones de extrema pobreza y más donde la mujer queda al frente del hogar, cuando su pareja, emigra fuera de la comunidad, dejando las parcelas al cuidado de la esposa.

Si se otorgaran mayores apoyos a la producción y comercialización directa de los productos botánicos medicinales, esto incidiría en el mejoramiento de la calidad de vida de quienes menores ingresos perciben.

Por ejemplo, se calcula que el precio del tratamiento con guarumbo para la diabetes está en 350 pesos por mes; o el cuachalalate, que es pagado en 5 pesos el kilogramo al recolector, puede llegar a venderse (en presentaciones comerciales de poco gramaje) en 2 mil pesos en el extranjero.

El impacto económico de la utilización de los recursos vegetales se ha estudiado poco; sin embargo es probable que sea un factor importante de ingreso para las familias más pobres y guardianas a la vez de nuestro patrimonio florístico natural.

Quienes se benefician con el uso directo de la medicina tradicional son: gentes desvalidas de los cinturones de miseria de las grandes urbes, campesinas, rústicos y grupos indígenas, principalmente; pero esto no excluye a las familias de estatus elevados o de la clase social media baja de las ciudades.

La falta de ejecución de verdaderas políticas públicas con perspectiva de género, restringe la participación activa de las mujeres en sus comunidades y subestima el potencial del conocimiento etnobotánico, medicinal y el valor significativo del conocimiento ancestral de las mujeres.

Esta desigualdad o diferenciación del conocimiento entre las mujeres y los hombres, ha creado distintos estratos para manejar las plantas medicinales y preservar sus recursos genéticos, además, ha empobrecido el patrimonio biológico, cultural, financiero y económico, para negociar convenios sobre la repartición equitativa de los beneficios que deriven de la biodiversidad y sus recursos genéticos.

El Estado, entonces, está comprometido a promover una participación efectiva de las mujeres en los procesos de toma de decisiones con respecto a la conservación y distribución de plantas medicinales, a nivel local y que repercuta internacionalmente como es la meta de los convenios firmados por nuestro país en materia de Derechos Humanos y cambio climático.

Abrazar los principios de la equidad de género y reconocer las responsabilidades de género contribuyen a un mejor conocimiento del rol de las mujeres en la generación del conocimiento, aprovechamiento (cuidado, cosecha, producción y comercialización) de las plantas como medicina.

Obviamente el conocimiento asociado al género varía de acuerdo con la edad, la escolaridad, el tiempo de residencia y la ocupación laboral entre otros.

La atención primaria de la perspectiva de género puede llevar a salvaguardar la biodiversidad de las plantas medicinales en tiempos donde la población busca incansablemente alternativas terapéuticas a padecimientos crónico-degenerativos, con calidad y a bajo costo.

* Maestra en Ciencias con especialidad en biología, periodista ambiental de la Federación Internacional de Periodistas Ambientales (FIPA).

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