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Mujer mexicana

Por Cecilia Lavalle

¿Qué significa ser una mujer mexicana? Me lo preguntaron lectoras argentinas. Comparto poco más o menos lo que contesté:

En principio me es difícil pensar en LA mujer mexicana, así en singular. Me parece que habemos muchos “tipos” de mujeres mexicanas y no todas pasan por las mismas situaciones. No es lo mismo ser una mujer indígena que campesina que citadina.

No se tienen los mismos obstáculos si se es una mujer pobre que rica que de clase media. No se viven las mismas situaciones si se es una mujer con estudios universitarios que apenas con la primaria concluida. No se es igualmente vulnerable si se es casada que soltera, divorciada que madre soltera, adulta que anciana.

Sin embargo, independientemente de nuestras pocas o muchas diferencias, es cierto que las mujeres mexicanas tenemos puntos de intersección, espacios de nuestras vidas en los que podemos converger, para bien o para mal.

De manera general creo que ser mujer mexicana hoy es un reto. Por un lado hay muchas oportunidades que mujeres de generaciones anteriores no tuvieron y que, de hecho, ayudaron a crear tal vez con enormes sacrificios o costos muy altos para ellas; pero por otro, parece que constantemente hay que remar contracorriente.

Por ejemplo, es verdad que ahora podemos estudiar. De hecho muchísimas mujeres cursan estudios universitarios o técnicos y en muchas preparatorias las mujeres constituyen la mayoría de la población estudiantil.

Además, ya no se tiene la percepción de que las mujeres tenemos cabellos largos e ideas cortas –frecuentemente los mejores promedios los ocupan mujeres-. No obstante, las circunstancias económicas hacen extremadamente difícil la obtención de un empleo formal y la discriminación que en los hechos padecen miles de mujeres permite que se privilegie la contratación de varones (a menos que se trate de empleos típicamente femeninos) o bien que ellos tengan mejores salarios o mejores oportunidades de promociones y asensos.

Asimismo, en nuestra época es muy común que la mujer labore fuera de casa, lo cual le ha brindado una mayor e importante autonomía e independencia; pero frecuentemente eso representa para ella una doble jornada porque se sigue asumiendo que las labores de casa corresponden a las mujeres.

Podemos hablar en voz alta, pensar en voz alta; pero el grito tiene que ser muy fuerte para que se nos escuche. Ciertamente hay una especie de acuerdo tácito en que es políticamente correcto que las mujeres expresen sus puntos de vista (ningún varón con tres dedos de sesos aceptaría que las mujeres deben callarse y obedecer); pero los espacios son reducidos, acotados y se suele estar bajo la mirada crítica y descalificativa.

No es desusual que cuando representamos voces críticas seamos juzgadas como neuróticas, como “viejas histéricas” aunque, claro, eso se dirá en voz baja, porque de lo contrario se expondrían a ser tachados de machistas, calificativo que a muchos –así los describa de cuerpo entero- les parece insultante.

Podemos votar y ser votadas, pero apenas ha habido cuatro gobernadoras en toda la historia política de nuestro país. Actualmente sólo hay una mujer gobernando una provincia, sólo tres de cada 100 municipios son gobernados por mujeres, y nuestra representación en la Cámara Alta no rebasa el 19 por ciento y en la Baja no llega al 25 por ciento.

Es decir, hay, muchas y muy variadas oportunidades para que nos desarrollemos como personas, aunque falte un gran trecho para pensar en que vivimos en condiciones de equidad.

Pero quizás lo que más nos define hoy en día es que ser mujer mexicana representa un riesgo.

Cualquier mujer, de cualquier edad, de cualquier estrato social y con cualquier condición civil corre grave riesgo de ser agredida dentro o fuera de su casa. Los crímenes en Ciudad Juárez son sólo el botón de muestra.

Los asesinatos ahí y en otras partes del país continúan y la impunidad también. La violencia hacia las mujeres se aloja en uno de cada cinco hogares, una de cada tres mujeres ha sido agredida al menos una vez en su vida, las violaciones sexuales son cosa de todos los días, el estupro y la pederastia aumentan casi de la mano.

Pero acaso lo que más indigna e inquieta es que pareciera que somos invisibles y que se necesita un titánico y organizado esfuerzo civil para hacernos visibles. Y lo que más duele es que sentimos que en el peor de los casos, el gobierno es cómplice por acción u omisión, y en el mejor, nos ha abandonado.

Ser mujer mexicana es un riesgo y un reto. Y si no me creen pregúntele a las mujeres de Atenco o a Lydia Cacho.

Apreciaría sus comentarios: [email protected]

*Periodista mexicana

06/CL/LR

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