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Mujeres agredidas: distintas voces, la misma violencia

Son las nueve de la mañana. Es jueves de terapia grupal en el Centro de Atención y Prevención Psicológica (Cappsi) del DIF municipal.

Las ocho mujeres que asisten a la reunión son muy distintas: unas son muy jóvenes, de veintitantos años, y otras tienen más de cincuenta. Unas se ven muy humildes y a otras se les nota una posición económica holgada. Unas apenas terminaron la primaria y otras son profesionistas.

Pero tienen algo en común: a todas las agreden sus parejas.

La psicoterapeuta Rossina Uranga les recuerda las reglas. Es un grupo en el que todas las participantes pueden hablar cuando lo deseen. Hay que recordar que tienen distintas creencias. Debe imperar el respeto. Ninguna es mejor que otra. No se vale juzgar o criticar a nadie. Todas deben procurar entender a las demás.

Olga, la veterana del grupo, toma la palabra. Recuerda que están ahí porque no son felices, porque sus esposos las tratan mal, porque quieren descubrir qué ocurre, porque desean entender por qué sus parejas las agreden y, sobre todo, porque quieren encontrar la manera de salir del problema que enfrentan.

La violencia que sufrimos no tiene por qué continuar, debe terminar, no merecemos que nos maltraten, podemos ser felices, tenemos que poner límites, puntualiza.

Dice que la terapia grupal le ha ayudado a recuperar su autoestima, las ganas de defenderse, de quererse y de superarse.

Rossina la respalda. Es muy importante entender que las mujeres no debemos permitir que nos maltraten, tenemos que aprender a poner límites, a exigir que nos respeten.

Antes que nada las mujeres somos seres humanos con derechos, no somos parte de nuestras parejas, existimos por nosotras mismas, puntualiza.

La psicoterapeuta lamenta que muchas mujeres no tengan vida propia, que no puedan tomar decisiones, que en todo pidan el permiso de sus parejas.

Tenemos que aprender a ser adultas, capaces de tomar nuestras propias decisiones, por eso es muy importante que no falten a la terapia de grupo, que sean constantes, porque aquí nos ayudamos unas a otras, indica.

Lily pide la palabra. Respira hondo, agarra fuerza y dice lo que siente. Cuenta que llegó al Cappsi porque la escuela donde estudian sus dos hijos, uno de doce y otro de nueve años, le recomendó que los llevara a terapia.

Detalla que sus niños son comedores compulsivos y tienen problemas de comportamiento. A ella le queda claro que la causa es la agresión que viven al interior de la familia.

Mi esposo no se contiene, me grita frente a ellos, también a ellos los maltrata, ya no aguantamos, es mucha presión la que estamos viviendo, revela llorosa.

La señora pide apoyo para salir de la depresión que sufre. Siente que no tiene vida propia, que sus opiniones no cuentan para su esposo.

Describe a su marido como un hombre celoso, mandón, gritón, irrespetuoso, posesivo y chantajista.

Yo también trabajo, pero lo que yo digo no importa, en la casa se hace lo que mi esposo dice, él maneja mi vida y la de mis hijos, ya no aguanto más, dice desesperada.

Lily ya no está dispuesta a aguantar más. Cuenta que hace poco enfrentó a su esposo y le advirtió que se quiere divorciar.

Yo plancho ajeno, trabajo no me falta, puedo sacar a mis hijos adelante sola, pienso que sería mejor porque no tenemos una vida normal, mi familia se está desbaratando, puntualiza.

Detalla que habló con su marido tranquila, sin gritos. Le dijo: Ya no quiero vivir contigo. El le contestó: Si nos dejamos no te voy a mantener. Ella le aclaró: No importa, yo trabajo, no tengo miedo.

Lily todavía no cree que haya podido decirle lo que piensa a su esposo. Está decidida a terminar la vida de martirio que lleva a su lado y pide apoyo a sus compañeras de grupo para lograrlo.

Sé que voy a batallar, pero también sé que lo voy a superar, que voy a salir adelante por mi bien y el de mis hijos, indica.

Patricia interviene. Me doy cuenta que no soy la única que tiene problemas, incluso algunas de ustedes están en peor situación que yo.

La joven es mamá de un niño de tres años. Guapa, de buen vestir, se ve desperada. Confiesa que no se ha atrevido a contarle a su esposo que asiste a la terapia grupal porque tiene miedo a su reacción.

Cuenta que ya le dijo que quiere separarse pero él se puso muy agresivo y prefirió concluir el tema. El le advirtió que si lo deja le quitará al niño. Ella teme que cumpla su amenaza porque tiene influencias en niveles políticos.

No sabe qué hacer. Dice que no soporta la vida que tiene con su marido, pero no se atreve a terminar la relación.

La psicoterapeuta le pregunta a Patricia si su miedo es real. La joven contesta que sí. Ella realmente cree que su marido le puede quitar a su hijo.

Es importante detectar los riesgos reales porque a veces nosotras los inventamos, pero otras veces sí existen y debemos tener cuidado, advierte.

Rossina le sugiere a la joven que analice bien hasta qué punto es real su miedo para que tome bien sus decisiones.

Patricia cuenta que la familia de su esposo tiene dinero y relaciones políticas, por eso está convencida de que en un momento dado podrían quitarle a su hijo y eso le da pánico.

Siempre me amenaza, me tiene en sus manos, a veces pienso que hasta es capaz de encerrarme en un manicomio para quitarme a mi hijo, en ocasiones me dan ganas de huir, de irme lejos adonde no me encuentre, comenta y le brotan las lágrimas.

Rossina recuerda que hay refugios para mujeres maltratadas y también asesoría legal. Le sugiere a Patricia que contemple esa posibilidad.

Rocío está en la misma situación que Patricia. Dice que la relación con su esposo está a punto de terminar y teme que le quite a su niño.

El quiere quedarse con mi hijo, la niña no le interesa, sólo quiere al hombrecito, siempre me dice que se lo tengo que dejar, que es suyo, narra y agacha la cabeza para que no vean sus lágrimas.

Menciona que está muy deprimida, que hay días en que no se levanta de la cama ni prueba bocado. Su grito de auxilio es desesperado. Confiesa que en ocasiones quisiera matar a su marido para que no la vuelva a agredir.

Rossina le propone que tome medicamento antidepresivo para que se calme y no vaya a cometer una tontería. Le pide que no falte a las terapias de grupo porque la ayudarán mucho a ver con más claridad su situación y a tomar decisiones acertadas.

Angélica también asiste a la terapia a escondidas de su marido. Es muy jovencita, apenas supera los veinte años. Tiene cuatro niños. Su autoestima está por los suelos.

Cuenta que su esposo los tiene castigados a ella y a sus hijos con el argumento de que se portan mal. El castigo consiste en aislarlos en un cuartito que está atrás de la casa y en no permitirles que coman lo mismo que él. Sólo les comparte frijoles y tortillas.

Siento refeo cuando mis niños abren el refrigerador y ven que hay yogur, leche y otras cosas, ellos ya saben que no los deben tocar, me preguntan por qué esa comida sólo es de su papá y no sé que contestarles, les digo que ahí dejen, que no es de nosotros y me los llevo al cuartito, detalla llorando.

Angélica contagia a sus compañeras de dolor. Se hace un silencio prolongado. A todas se les ponen los ojos vidriosos.

Rossina interviene. ¿Quieres que hable con tu esposo, qué pasaría si hablo con él y le advierto que no puede hacerles eso?, le pregunta.

La jovencita responde rápido en tono asustado. Me reclamaría, me diría que no tengo por qué contar nuestras cosas a otras personas, él no tiene miedo.

Angélica no tiene familia. Está sola. Se siente desamparada, no sabe qué hacer. Pareciera que no tiene fuerzas ni para pedir apoyo.

Magda la apapacha. Es la mayor del grupo. Tiene más de cincuenta años. No estás sola, nos tienes a nosotras, te vamos ayudar en lo que podamos, no dejes de venir a las terapias, verás que vas a salir adelante, la anima.

Rossina la secunda: No estás sola, nosotras te apoyamos, tú no estás pidiendo limosna, tienes derecho a velar por tus hijos, le dice y Angélica asienta con la cabeza.

Magda tiene treinta años de casada y quiere divorciarse de su esposo. El problema es que sus hijos se oponen y ella no sabe qué hacer.

No aguanto más, no puedo vivir con él, le aguanté muchas agresiones, argumenta y lamenta que sus hijos no entiendan su situación.

La sesión dura dos horas. Vanesa y María no hablan. Permanecen calladas.

Después de despedir al grupo e invitarlas a que asistan la siguiente semana, Rossina comenta que este tipo de terapia da buen resultado porque las mujeres se animan y se ayudan unas a otras.

La clave es que recobren su autoestima y entiendan que no son propiedad de sus esposos, que valen por ellas mismas, que tienen derechos y que no deben permitir que las agredan, hace ver.

07/DV/GG

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