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Mujeres de madera en la industria forestal comunitaria

Por Patricia Briseño

Al menos uno de cada 100 empleos que genera la industria forestal en la Sierra Juárez de Oaxaca está ocupado por una mujer. Ellas encontraron en la riqueza de los bosques la oportunidad de trabajar, posponer para más tarde el matrimonio, mantener a sus familias o evitar la migración que, en la mayoría de los casos, las llevaba a ser empleadas domésticas.

Isabel, Francisca y Rosa Elia, quienes ni siquiera se conocen, son apenas tres ejemplos de los cientos de mujeres que han cambiado su destino en la industria forestal de los Pueblos Mancomunados, donde su voz como su voto tienen un peso distinto al que tuvieron sus madres o sus abuelas.

Pero, además, su participación en las diferentes empresas comunitarias no está únicamente limitada a asuntos “propios de las mujeres”, ensamblan puertas, camas o armarios; orientan el funcionamiento del aserradero, la fábrica de muebles y la estación de gasolina; y viajan a Europa para mostrar porque esta organización obtuvo el Premio al Mérito Nacional Forestal y el Premio Nacional de Conservación.

Ahora están en plena expansión, pero bajo un concepto distinto al que supone el neoliberlismo, los Pueblos Mancomunados de la Sierra Juárez comprenden una de las 17 áreas más importantes del mundo por su biodiversidad.

Pueblos Mancomunados –una comunidad conformada por Amatlán, Lachatao y Yavesía- tiene la posesión efectiva de 19 mil 180 hectáreas de bosque manejadas en forma colectiva por 384 comuneros.

Isabel, Francisca y Rosa Elia se refieren a los árboles como “el oro verde”, no sólo por el evidente valor que representa la riqueza forestal que las cobijo desde niñas, sino porque trabajar en los aserraderos, carpinterías y la planta de agua purificada les da derecho a tener voz y voto en las decisiones comunitarias.

Al igual que sus compañeras de trabajo, las tres jóvenes, descendientes del grupo étnico zapoteco de la sierra, cambiaron el escenario del servicio doméstico con familias acomodadas de Oaxaca, México y, en muchas ocasiones, hasta de California, Estados Unidos, por el dominio de las máquinas y herramientas, imprescindibles en la cadena productiva de la empresa forestal comunitaria.

Reconocimiento permanente, adentro y afuera

Como muchas, Rosa Elia Torres Méndez, de 35 años de edad, se incorporó al trabajo luego de que su pareja emigró a Estados Unidos “sin dejar rastro”. La situación la “sorprendió” al verse de la noche a la mañana dirigiendo el destino de sus dos hijos.

Para mantener a sus hijos, tuvo que emplearse como afanadora y lavó ropa ajena por varios años. En 2002, por recomendación de otras mujeres, ingresó a la fábrica de muebles de la empresa social “Unidad Comunal Forestal Agropecuaria y de Servicios” (UCEFAS).

“Al principio fue difícil, porque no sabía la utilidad de la lija, tampoco conocía el funcionamiento del torno, la sierra, el taladro y el trompo”. Ahora conoce eso y más, pues aprendió a medir y limpiar la madera fina. Ensambla con habilidad puertas, camas, armarios y otros muebles.

El trabajo me hace sentir distinta. Valoro lo que hago, me reconozco por lo que soy y estoy segura y de mi esfuerzo. Ahora soy mejor mamá que antes sin necesidad de estar las 24 horas del día en la casa, apunta Rosa Elia.

De su parte, Francisca Santiago Pérez. de 32 años de edad, y cinco de haber ingresado a esta fábrica, confiesa haberse sentido presionada por la dureza de sus compañeros varones, quienes no estaban acostumbrados a compartir con mujeres la carpintería de la UCEFAS.

En un principio, sentía muchos nervios. Para distraerme me ponía a barrer el aserrín, limpiaba una y otra vez, así como hacemos las mujeres en la casa –refiere, aunque sabía que esa no era su tarea.

Para ellos, pienso, fue difícil acostumbrase a nuestra presencia. Yo al menos me sentía presionada, incluso tenía miedo de sus burlas y, en realidad, ni siquiera me acuerdo si se burlaban. Luego no sabía de qué platicar con ellos. Para los hombres las mujeres deben estar en sus casas y cuando somos niñas no nos enseñan a platicar y menos con los hombres

Un territorio de biodiversidad

El territorio de Ixtlán de Juárez, ubicado a unos 50 kilómetros de la ciudad de Oaxaca, es una de las 17 áreas más importantes del mundo por su biodiversidad. El aprovechamiento de los bosques –19 mil 180 hectáreas- esta bajo la tutela de la comunidad. No existe un acceso individual al aprovechamiento del bosque.

El Gerente Regional de la CONAFOR, Arturo García Aguirre, explica que el manejo de los bosques, tal y como lo realizan los Pueblos Mancomunados no pone en peligro su existencia, pues la intensidad de corta de árboles es baja, se practica la reforestación y el control de incendios es especialmente efectivo.

Así, Pueblos Mancomunados cumple con el objetivo que le dio origen. Proteger sus bosques de la tala irracional, el saqueo por parte de las empresas foráneas y la quema de sus bosques.

García Aguirre coincide con el director estatal de Recursos Forestales, Félix Piñeyro Márquez, cuando aseguran que el aprovechamiento forestal, ha generado fuentes de empleo dignas para una proporción importante de la población.

De acuerdo con ambas fuentes, la industria forestal oaxaqueña genera alrededor de 10 mil empleos directos y por lo menos 30 mil indirectos en las comunidades y ejidos forestales, el diez por ciento de las plazas son ocupadas por mujeres.

Piñeyro Márquez opinó que el proceso de integración de las mujeres es resultado de una política que busca ser congruente. Por un lado, Pueblos Mancomunados busca el equilibrio con la naturaleza y había que generar equidad con las mujeres.

En ese sentido, el presidente del Comisariado de Bienes Comunales de Ixtlán de Juárez, Edgar Edilberto López Pérez, aseguró “al menos en nuestra comunidad, la voz y el voto de las mujeres sí se toma en cuenta”

Al igual que en el caso de los hombres, la opinión de las mujeres orientan el funcionamiento del aserradero, la fábrica de muebles y la estación de gasolina para el beneficio social de los habitantes de la comunidad.

Al referirse a la relación laboral Aquino Matías aseguró que la Unidad Comunal Forestal Agropecuaria y de Servicios, cumple con las prestaciones sociales que por ley exige en beneficio de las y los trabajadores que presentan sus servicios a la empresa comunal.

Nacida en 1980 en Cuajimoloyas, agencia de uno de los municipios que integran los pueblos mancomunados, Isabel López López, quien labora en Inda Pura, una embotelladora de agua de la misma empresa social, considera su incorporación al trabajo es un acierto, debido a la proyección que esta empresa le ha permitido a las mujeres.

A los 17 años, Isabel –responsable de crédito y cobranza- decidió cambiar el trabajo doméstico para incursionar en aquella incipiente embotelladora de agua. “Aquí perdí el miedo de hablar con las personas. Empecé a operar las máquinas y hasta he participado en la capacitación a otras empresas comunitarias de la zona o de la Sierra Sur.

Recientemente, Isabel y otras de sus compañeras viajaron a Alemania e Italia, donde expusieron los proyectos comunitarios de Pueblos Mancomunados, que habría que decirlo obtuvo el Premio al Mérito Nacional Forestal y el Premio Nacional de Conservación.

Otra de las empresas es la deshidratadora de hongos silvestres y frutas orgánicas que comercializa bajo la marca “Sierra Viva”, donde decenas de mujeres son contratadas cada temporada para la recolección de los productos.

La empresa cuenta con la certificación Bioagricert, título que comprueba que son 100 por ciento naturales, así como el reconocimiento Kosher, distinción que Israel otorga a los productos de alta calidad y que pocas empresas en México ostentan.

2005/PB/SJ

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