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Mujeres lidian con la inequidad en el campo cubano

Por Sara Más
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Isis Bello dice tener una fórmula infalible para medir las resistencias que aún persisten a la hora de promover acciones positivas para el avance de las mujeres en zonas rurales.
 
“Lo primero que dicen los directivos cuando se habla de brechas de género es que ‘aquí no hay eso’, lo que da la medida de que el problema sigue oculto, no se reconoce”, relata la integrante de la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales (ACTAF) en Guantánamo, la provincia más oriental de Cuba.
 
Luego aparecen otras expresiones como “ese trabajo es muy difícil”, “las mujeres no asumen cargos porque no quieren” o “este no es el mejor momento”, añade Bello, para quien a veces “hay demasiadas justificaciones” y una gran necesidad de trabajar más coordinadamente entre quienes actúan a nivel local, a partir de sus realidades y necesidades.
 
Las alianzas con las universidades y sus investigaciones son un camino favorable en ese empeño común, dijo Bello al término de la capacitación “Desarrollo rural. Una mirada desde la equidad de género”, realizada del 16 al 18 de julio en la oriental ciudad de Santiago de Cuba, a unos 860 kilómetros de La Habana.
 
Convocado por la Asociación Cubana de Producción Animal (ACPA), la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y el Ministerio de la Agricultura, el encuentro reunió a una treintena de representantes de esas y otras organizaciones no gubernamentales del sector agrario, de los gobiernos provinciales y locales, las universidades y la dirección de medio ambiente de Santiago de Cuba y Guantánamo.
 
Se les unieron, además, una docena de docentes y alumnos de diferentes especialidades de la educación superior que asistieron a este intercambio, considerado un curso precongreso del V Coloquio Internacional del Grupo Equidad de la Universidad de Oriente.
 
Con financiamiento de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), la iniciativa es parte de un proceso continuo de formación que busca incrementar las capacidades locales y preparar agentes de igualdad en ambos territorios, donde esa agencia de cooperación emprende el proyecto Desarrollo Rural del Oriente cubano, con un eje de equidad de género.
 
Junto al interés de incentivar un desarrollo rural con énfasis en lo territorial, que incorpore a diversos actores sociales en el impulso de las potencialidades locales, el proyecto pretende empoderar a las mujeres rurales como actoras de su propio desarrollo, a la vez que frenar las brechas de género en los procesos de crecimiento económico local.
 
El curso, que continuará en septiembre y noviembre próximos con otros encuentros, es impartido por docentes e investigadores del Equipo de Estudios Rurales de la Universidad de La Habana.
 
Con una presencia del 17 por ciento en las actividades de agricultura, pesca y silvicultura, las cubanas se concentran, fundamentalmente, como parceleras y cooperativistas en el café, el tabaco y los cultivos varios (frijoles, maíz, hortalizas), en detrimento de las Unidades Básicas de Producción Cooperativa y las empresas estatales, precisa la profesora Niurka Pérez Rojas.
 
La coordinadora del Equipo de Estudios Rurales señala que existe un patrón reproductivo que ubica a las mujeres, mayoritariamente, en ocupaciones que son una extensión del trabajo doméstico, “lo cual se acepta acríticamente”.
 
“Esta situación genera pocos ingresos y representa para ellas espacios menores de poder. Además, el tiempo libre para la mujer es escaso”, añade.
 
Entre los obstáculos que priman a la hora de que ellas se incorporen o no a las cooperativas, Pérez Rojas menciona el peso de su papel tradicional como “cuidadoras”, el papel pasivo ante decisiones productivas de los hombres (cónyuge, padre, hijo, hermano) y la invisibilización de su aporte a la unidad productiva.
 
Aunque los estudios citados por la profesora Rojas reconocen un leve incremento en empleos no tradicionales como macheteras, conductoras de “combinadas” y camiones, así como alguna influencia en decisiones productivas a nivel de base, las mujeres no llegan a la dirección, agrega.
 
Además, “las amas de casa rurales carecen de reconocimiento social y de compensación económica; se les clasifica como población inactiva que no busca ni tiene empleo, a pesar de sostener y reproducir las fuerzas y energías de la sociedad”, resume.
 
A juicio de Esperanza González, de la FMC en Guantánamo, queda mucho por hacer frente a la cultura machista arraigada en las áreas rurales, “donde el mayor poder lo tiene el hombre, no sólo en la familia, sino también en la comunidad”, comenta a SEMlac.
 
González identifica a la familia como un escenario donde hay que trabajar y seguir promoviendo cambios de mentalidad. “Trabajar con enfoque de género significa también desarrollo, calidad de vida y promover para hombres y mujeres las mismas oportunidades. Ésa es una batalla que se gana en la comunidad”, reflexiona.
 
Además de promover que las mujeres se asocien a las cooperativas y disfruten de sus beneficios, explicó que en Guantánamo, a 900 kilómetros de La Habana, se trabaja para visibilizar el trabajo remunerado o no que ellas hacen y no siempre se tiene en cuenta, así como en velar por la calidad del trabajo que se les oferta.
 
Un espacio ganado y que permite sinergias entre diferentes organizaciones y actores son los Comités de Género, que funcionan en cada provincia, precisó.
 
“Aunque son pocos los proyectos de cooperación, han contribuido a que el avance de las mujeres no se quede en leyes y pretensiones, sino que forme parte de su vida cotidiana”, asegura la también guantanamera Isis Bello.
 
Partidaria de que se haga más sociología rural, se den los resultados de las investigaciones a los actores locales y se luche contra estilos machistas de dirección, aboga también por acciones afirmativas a favor de las mujeres.
 
A ella le queda claro que la inequidad de género en el sector rural hay que enfocarla desde el desarrollo rural sostenible. “La sostenibilidad no es sólo económica y medioambiental; es lo socialmente justo”, dice a SEMlac.
 
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