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Nada que festejar

Por Cecilia Lavalle

No, no soy una aguafiestas. Pero lamento decir que hay poco que festejar.

¿Acaso podemos sentirnos felices al saber que, en promedio, cada 18 segundos una mujer es violada en nuestro país?

¿Podemos dejar que la felicidad nos embargue tras saber que nueve de cada 10 mujeres en México se siente discriminada por ser mujer?

¿Brincamos de gusto cuando nos enteramos que una de cada cinco mujeres mexicanas es violentada en su propio hogar?

No, no creo que el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, sea un día para celebrar.
¿Qué celebramos?

¿Que en el mundo haya 20 millones de mujeres refugiadas en algún sitio porque la violencia en su hogar ponía en riesgo su vida o la de sus hijos e hijas?

Que, como reconoció el secretario general de la onu, Ban Ki Moon, “la violencia contra las mujeres y las niñas persiste sin disminución y es tolerada en todos los países aunque esté formalmente prohibida en la mayor parte de ellos”.

Festejar un día como el 8 de marzo, con una comida, con un desayuno, con discursos políticamente correctos, sin medidas que en una oficina, institución, empresa o entidad contribuyan a cambiar de raíz alguna de las muchas razones por las que las mujeres somos discriminadas o violentadas en nuestro país o en cualquier otro sitio del mundo, es no sólo demagógico, es insultante.

Insulta a las millones de víctimas de violencia que piden justicia.

Insulta a las millones de mujeres que padecen acoso sexual.

Insulta la memoria de las miles de mujeres que han muerto por ser mujeres.

Insulta la memoria de Ernestina, la indígena de 73 años que murió a fines de febrero como consecuencia de las lesiones que le provocaron la violación tumultuaria de “presuntamente” cuatro militares en la Sierra de Zongolica en Veracruz.

Insulta a las miles de mujeres que están atrapadas en las redes de tráfico y que son sometidas a prostitución forzosa.

Insulta a las miles de niñas que son secuestradas, violadas o presionadas para formar parte de las redes de pornografía infantil.

Insulta, también a las miles de mujeres y hombres que en todo el mundo arriesgan su vida para que otras mujeres vivan sin violencia o tengan acceso al ejercicio pleno de sus derechos como humanas.

No. El Día Internacional de la Mujer no es un día para prodigar abrazos.

A menos, por supuesto, que sean abrazos de apoyo, de solidaridad, de aliento.

A menos que sean abrazos capaces de acompañarnos en la reflexión, en la evaluación. Abrazos que nos permitan mirar hacia atrás sólo para tomar impulso por lo que falta hacia delante.

Porque mientras haya una sola mujer que por serlo corra riesgos de ser violentada, discriminada, asesinada.

Mientras nuestros gobernantes pronuncien discursos políticamente correctos pero en los hechos apoyen, por acción u omisión, la discriminación y la violencia contra las mujeres.

Mientras muera una sola Ernestina y no pase na-da.

Mientras una sola indígena -mujer tres veces discriminada: por ser mujer, por ser indígena y por ser pobre- sea violada y no pase na-da.

Mientras una sola Lydia Cacho deba exponer su vida para proteger los derechos de otras.

Mientras una sola mujer deba trabajar en refugios para proteger a otras de la violencia.
Mientras los Kamel Nacif puedan mandar a encarcelar y pagar para violar y no pase na-da.

Mientras un solo gober precioso siga en el poder a pesar de todos los pesares.

Mientras hombres con uniforme militar, sotana o traje sastre violenten con la impunidad que otorga un fuero.

Mientras eso se presente de manera cotidiana en nuestro país, no creo que haya nada que festejar.

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

07/CL/GG

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