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Ni 100 pesos al día ganan las jornaleras en el norte del país

Por Anayeli García Martínez

El olor a berenjenas, chiles jalapeños y tomates acompaña a Irene desde que tenía cuatro años de edad y comenzó a trabajar como jornalera en los campos agrícolas de Baja California, Sinaloa y Michoacán, lugares donde por un salario de apenas 97 pesos pasa hasta ocho horas diarias en la pizca de verduras.
 
Irene es una de las 49 mil personas que, según el Consejo de Jornaleros Agrícolas de la Montaña (CJAM) y el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, salieron del estado de Guerrero en 2006 y 2012 para emigrar a los campos agrícolas donde les ofrecen el empleo que no encuentran en su lugar de origen.
 
La joven de apenas 19 años tiene las manos endurecidas y pigmentadas por los tantos años que se ha dedicado a cortar verduras, frutos o chiles, y pese a ello dice con orgullo que le gusta su trabajo porque le permite moverse con cierta libertad entre las hortalizas, y porque desde ahí puede ver la lucha de otras mujeres.
 
Esta es la primera vez que Irene Maldonado cuenta su vida de migrante jornalera; nerviosa e incómoda trata de resumir su biografía ante una veintena de legisladores que atentos la escuchan, sin embargo le es difícil expresar sus ideas y por momentos no encuentra palabras, así que su madre, Leonarda Olivera, le da ánimo.
 
Ambas indígenas estuvieron el pasado martes en una reunión ante los diputados de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara baja, para narrar la marginación de las comunidades guerrerenses y las circunstancias que las obligan a seguir a sus maridos, a sus hermanos o a su familia, en un peregrinar constante y sin hogar fijo.
 
Sus testimonios se recogen en el informe “La Montaña de Guerrero, tierra de mujeres migrantes”, elaborado por Tlachinollan y que se presentó en San Lázaro.
 
La lengua materna de la joven es el mixteco, así que trata de encontrar las palabras exactas para hablar y cuenta que nació en Sinaloa, pero creció entre tres estados, que tiene 10 hermanos, que su padre abandonó a su familia, y que aunque las jornadas de trabajo son extenuantes ahora no puede abandonar el trabajo.
 
“Salimos porque tenemos necesidad del dinero porque en Guerrero sí trabajamos, pero lo que pasa es que sembramos maíz, frijol y calabaza para nosotros y no hay trabajo para ganar dinero”, dice Irene.
 
Y si alguien piensa que cortar el chile es una tarea sencilla ella relata que tiene que hacerse con cierto arte y cuidado, primero porque no se pueden usar guantes debido a que con ellos se podría infectar a las plantas con plagas, y segundo, porque cada chile que se corte debe cumplir con ciertas características de color y madurez.
 
Además menciona que estos frutos deben ser cortados correctamente porque son para exportación y de lo contrario hay un capataz que revisa el trabajo y si encuentra alguna anomalía no les paga. En algunos campos agrícolas el sueldo es 4 a 8 pesos por un bote repleto de chiles, chícharos, berenjenas, sandías o tomates. 
 
Leonarda, su madre, agrega que las jornaleras no tienen ninguna medida de protección, ya que sus únicas estrategias de cuidado son lavarse las manos con agua y cloro, y colocarse un pañuelo en la cara para no enfermarse por los químicos que se rocían en los campos para la fumigación. 
 
Y con la voz cada vez más fuerte y un aire de mayor seguridad, explica: “Así andamos trabajando, no hay tiempo ni para platicar, si nos ponemos a platicar ni vamos a ganar”.
 
En varias ocasiones Irene y su madre han viajado del norte al sur del país contratadas para el corte de frutos, pero eso no les permite conocer ciudades y mucho menos tener educación. Con cierta vergüenza Irene admite que apenas sabe leer y hacer cuentas, pues su vida nómada no le permitió estudiar.
 
Sus hermanos pequeños parecen estar destinados al mismo futuro: no estudiar, no conocer un hogar estable y crecer en medio de las hortalizas, porque aunque no trabajen tienen que ir su hermana y su madre a los campos pues no hay nadie más que los pueda cuidar en casa.
 
Irene cuenta que a veces el trabajo es llenar un camión en tres horas, en otras ocasiones tienen una hora para comer, en otras más son sólo 15 minutos y por si alguien duda de su palabra muestra fotografías de los campos michoacanos, donde aparecen “los agachados”, las personas que cargan en hombros las cajas de verduras.
 
La joven termina su relato ante unos legisladores que conmovidos le aplauden, pero que omiten decirle qué piensan hacer para aminorar la explotación en que vive.
 
Así –sin compromisos, acuerdos, ni promesas– ambas mujeres corrieron para salir rumbo a Michoacán, porque ya perdieron un día de trabajo y no se pueden permitir que vuelva a pasar.
 
13/AGM/RMB 

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