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Nos dejó Doña Amalia

Por Sara Lovera*

De mi más cara construcción ideológica guardo dos imágenes congeladas: Amalia Solórzano, ataviada con sombrero y capa, elegantísima encabezando la recogida de apoyos para pagar la expropiación petrolera en Bellas Artes, en 1938. Y muchos años después, la viuda, madre y abuela, dignísima recogiendo la medalla post mortem para Lázaro Cárdenas en el Palacio de las Convenciones en Cuba.

Me vi en sus ojos una sola vez. Esa noche en La Habana, cuando se le cayó un abanico y se apresuró, al mismo tiempo que yo, a recogerlo.

Una señora que escribió cómo fue compañera de un hombre singular y definitivo para consolidar el tiempo de un país que se construía con dificultad.

Una mujer valiente que a los 21 años rompió con su familia para casarse ex gobernador de Michoacán, próximo presidente de la República.

Una mexicana capaz de aprehender el valor de la historia y colaborar con firmeza de ideas y un espíritu comprometido: que dio calor a los huérfanos de la República Española, que le dio fuerza y entereza a las comunidades de la sierra Mixteca durante 18 años, ya viuda, quien más allá de dolerse como adicional, como eso que llaman mal, como primera dama, se fundió en el proyecto de nación que lastimosamente vio perderse en el tiempo.

Nos dejó tras 97 años de vida fructífera, sostenida por esa rara e importante convicción de ser ella misma.

La conocí siempre erguida y de talante autónomo, discreta pero no inactiva, como dice su biografía, porque no dudó nunca en sus acciones, lo mismo para asistir a las manifestaciones de 1968, como ella lo cuenta, que para gestionar la paz y la concordia con los amigos del general, en más de una ocasión respaldando los planes certeros de su hijo, o para llevar en alto los ideales que aprendió en plena adolescencia hasta lo minutos más difíciles de México, como en 1994 cuando visitó la selva Chiapaneca y escuchó sin miedo ni estruendo al subcomandante Marcos.

Doña Amalia se fue tranquila. Tuvo una vida plena de aciertos para ella y para el país. Es digna ancestra de nuestro sexo. Abrió su casa a las jóvenes del Partido de la Revolución Democrática para escuchar – cualidad tan importante en estos tiempos-, opinar y dar consejos, sin la más mínima búsqueda de protagonismo.

Millones de palabras van a coincidir conmigo, de distinta manera. Porque Amalia Solórzano Viuda de Cárdenas, si de rendir cuentas se tratara, fue fiel al proyecto de nación que soñaron algunas generaciones de mexicanas y mexicanos.

Habrá quien insista en dos de los papeles en que se nos ha querido definir a las mujeres: esposa y madre. Pero Doña Amalia traspasó esos papeles una y otra vez, sin escándalo y sin necesidad de reflectores, como lo hacen millones de mujeres, diariamente.

El historiador Lorenzo Meyer reconoce, sin ambages, que ella fue la depositaria del legado y de los ideales del general Cárdenas. Doña Amalia se convirtió en guardiana de la herencia de su esposo. Se identificó con ese auténtico nacionalismo revolucionario, definición desgastada y pervertida, “ella hizo su mejor esfuerzo para mantenerla, sobre todo tras la muerte de lo mejor del cardenismo.

Hace algunos años una amiga me regaló su autobiografía titulada Era otra cosa la vida, donde narra las vicisitudes de una mujer de los años 30 mexicanos, cuando todavía se sentía la inquietante barbarie que fue la guerra Cristera, del cómo rompió las amarras familiares para tomar en sus manos su vida, de cómo se adhirió a esa causa que la llamaron México y lo dice así:

Desde que nos vimos, yo desde el balcón de mi casa y él pasó por delante montado a caballo, me saludó desde abajo como a cualquier persona; desde ese momento, fue mutua la simpatía…El flechazo fue fulminante. Tenía 15 años y el militar 33. Al día siguiente coincidieron en una comida que ofrecieron al general en la finca Los Pinos; años más tarde, en claro homenaje de su marido, Cárdenas bautizó la residencia presidencial con ese nombre.

La familia se opuso. Fue enviada a un convento, pero se casó con el general Lázaro Cárdenas cuando tenía 21 años, un 25 de septiembre de 1932; en 1934 su marido fue elegido presidente de la República.

Como depositaria de tareas adicionales, se acogió a las urgencias del Estado. Así recibió, visitó, asistió a 460 niños españoles, hijos o huérfanos de combatientes republicanos de la Guerra Civil. Los fue a recibir al puerto de Veracruz, un 7 de junio de 1937. Ellos, los niños de Morelia, ya adultos en estos días saben de su humanidad y soberanía.

Sus datos de vida son elocuentes y definitorios para perfilarla:
Nación en 1911. A los 17 años se enamoró de Lázaro Cárdenas del Río, 16 años mayor que ella. Se casó a los 21 años ante un juez civil, contra la voluntad de sus padres católicos y conservadores.

Cuando tenía 23 su marido fue presidente. Tenía 25 años cuando estalló la Guerra Civil Española. A los 26 recibió a los niños de Morelia. Cuando tenía 29 años su marido dejó la presidencia.
A los 47 años salió por primera vez de México para conocer el mundo.

A los 59 años quedó viuda y a los 61 años empezó a trabajar con los indígenas de la Mixteca, una zona paupérrima en Oaxaca. A los 78 abandonó esa tarea, para convalidar con su presencia y sus gestiones el intento de construir una República Democrática.

Abrió su casa, su corazón y sus esperanzas sin descanso.
Fue reconocida y querida; agasajada sistemáticamente por los republicanos, por los indígenas, por las mujeres. Nunca olvidó, como dice en su libro, que tendría que haber un tiempo en que desaparecieran los pobres y los humillados, la violencia y la barbarie, el modo ingrato de arreglar las cosas de la vida.

Una mujer de su tiempo, una mujer capaz, como montones de mexicanas, de no huir de su entorno y su circunstancia, de tener ideas y actitudes para el progreso y la justicia, valores ingratos e incomprendidos, en un mundo que se desmorona en nuestras manos, pero del que todavía vale la pena mantener la esperanza.

* Periodista mexicana. Cumplirá 40 años de vida profesional en 2008. Es integrante del Consejo Directivo de CIMAC, corresponsal de Semlac en México, integrante del Consejo del Instituto de las Mujeres del Distrito Federal y todos los lunes forma parte de la Mesa Periodistas del Canal 21, el Canal de la Ciudad de México en TV por Internet. Nominada a 100 mujeres por el Nobel de la Paz.
saralovera@yahoo.com.mx

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