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Paco Ignacio Taibo I: espíritu generoso, amante de la vida

Por Carolina Velázquez

Luego de un hermoso viaje a La Paz, ciudad lejana al Defe allá en nuestra Baja California Sur, me entero que ha muerto Paco Ignacio Taibo I. Lamento que ya no esté en esta Tierra aunque se que su espíritu travieso estará siempre por aquí.

Hombre generoso, alegre, amante de la vida, se encargó de dirigir las páginas culturales de El Universal por varios años, donde día con día publicaba su columna y el cartón de “El gato culto”. Su llegada fue benéfica para el diario y marcó un nuevo rumbo para esta sección que fue siempre plural, diversa y respetuosa de quienes escribían ahí, un espacio de varias páginas reducido hoy, lamentablemente, a una sola.

Gracias a varias casualidades Paco, como todo mundo le decíamos, fue mi primer jefe –junto con Andrés Ruiz, jefe de información de la sección, quien ahora dedica su sabiduría periodística al periódico La Jornada– cuando me inicié en el periodismo en 1986 y ahí me quedé colaborando por seis años.

Trabajaba en ese tiempo como operadora de larga distancia nacional en Teléfonos de México (Telmex) y quería empezar a ejercer lo que había aprendido en la escuela.

Bajo el título de ¿A dónde desea hablar?, sin conocerme y con gran apertura, aceptó mi primer texto para una columna que se inició en octubre de ese año: Cronistas de Guardia, donde tres veces por semana –lunes, miércoles y viernes– varios periodistas escribíamos acerca de la una y mil andanzas de esta ciudad capital.

Hubo ahí un lugar para hablar de la vida cotidiana de las telefonistas, personajes noticiosos en varios momentos por la lucha sindical que habían iniciado en 1976 cuando la base del Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana (STRM) derrocó al “charro” Salustio Salgado y se abrió a la luz pública la esclavitud del trabajo de la operadoras.

Se sabía, sí, de su existencia y condición, pero se hablaba más del nuevo líder sindical y poco o nada de su vida cotidiana.

¿De qué escribía en Cronistas de Guardia? De lo que mis compañeras se ocupaban en su jornada de trabajo, en sus tiempos libres, con la familia, en su turno de trabajo.

Era muy importante para ellas, por ejemplo, enterarse antes de la hora de descanso del menú para la comida. Saberlo, comentarlo, opinar acerca de la sopa o el guisado podía convertirse en el tema del día.

Entre descanso y descanso, de diez minutos, tejían, iban con la delegada, hablaban por teléfono para saber cómo estaban las cosas en casa. Alrededor de la empresa sumaban actividades de la vida familiar: ir a la tienda del ISSSTE, llevar ropa a la tintorería, comprar los útiles escolares.

Vida cotidiana, nada más, que al no conocerse o saberse poco de ella se convirtió en novedad.

Mucho antes de que las hermanas Novaro hicieran la película Danzón, con María Rojo, y de que el tema recorriera varios países del mundo, las páginas culturales de El Universal habían ya dado cuenta de los salones de baile –El Colonia, Los Ángeles, El California Dancing Club– y de la afición de muchas de las operadoras por acudir a sus pistas cada semana, escuchar a las orquestas y bailar.

También hubo espacio para la cotidianidad de la vida sindical y la lucha por mejores condiciones laborales que se daba dentro de la empresa.

Las asambleas a las que asistían las operadoras con sus hijas o hijos, las agresiones de la policía dentro de las instalaciones cuando fueron tomadas por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, la emergencia en el temblor del 19 de septiembre de 1985 cuando se cortó el servicio telefónico en toda la ciudad.

Varias de estas crónicas forman ahora parte hoy del libro que escribí de las telefonistas y que lleva por título el mismo de la primera columna publicada en Cronistas de Guardia: ¿A dónde desea hablar?

Es difícil hablar de Paco y no tocar el tema de la comida, uno de sus más grandes amores junto al cine y la palabra escrita.

Una vez al mes, quienes colaborábamos en esta columna –Víctor Ronquillo, Carlos Martínez Rentería, Víctor Luis González, entre otros– comíamos con Paco. En alguna ocasión fuimos también a su casa. La comida era un motivo de convivencia puntual. Siempre polémicas, dicharacheras, llenas de risa y humor.

Las mujeres ocupamos un lugar importante en su escritura. Ahí están las biografías de María Félix y Dolores del Río, la rebelión de las monjas poblanas del siglo XVIII en la novela “Fuga, hierro y fuego”, como bien lo apunta su hijo Benito Taibo en la revista Proceso de esta semana. Dos de sus tres reporteros de planta fueron mujeres, María Elena Matadamas y Elda Maceda.

Recuerdo a Paco y sonrío. No dejo lugar a la tristeza. Siempre agradecí su apertura. Y me quedo, como mucha gente que lo conoció, con lo que mejor tuve de él: su gusto por la vida.

08/CV/GG

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